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El período 1930-1933

Si bien el comercio de carnes tuvo una importancia menor en cuanto a su volumen en el conjunto de las exportaciones argentinas, ya señalamos la relevancia de su valor relativo, lo cual explicaría la preocupación del gobierno y los sectores interesados por preservar sus mercados, especialmente el británico. Como mencionáramos, en 1929 las exportaciones de carne representaban sólo 10% del total, mientras las de trigo y harina de trigo totalizaban 31,3%, las de maíz 18,4% y las de semillas de lino 13,2%. (1) Durante la década de 1930, el crecimiento de las exportaciones ganaderas, tanto en términos de volumen como de valor, fue mucho menos espectacular que el de las exportaciones agrícolas. Mientras las ventas de granos tenían un comportamiento más diversificado en cuanto a destinos, las exportaciones de carne -y especialmente las de carne enfriada- tuvieron por mercado de colocación principal el británico, donde además enfrentaron la competencia de las exportaciones provenientes de los Dominios. 
    Entre 1929 y 1930, las importaciones británicas de  carne vacuna enfriada y congelada y ovino congelado de origen argentino disminuyeron, frente al aumento de las importaciones provenientes de los Dominios británicos y de Uruguay. Así, la carne enfriada argentina cayó de 6.867.347 hundred-weights (1cwt=50.8 kg) en 1929 a 6.377.345 hundredweight en 1930, mientras que la uruguaya aumentó de 680.374 a 768.381 hundred-weights. Por su parte, la disminución de carne congelada argentina (de 773.813 a 604.293 hundred-weights), contrastó con el aumento de la proveniente de Nueva Zelandia (117.452 a 257.466 hundred-weights), Uruguay (134.138 a 230.094 hundred-weights) y Estados Unidos (26.074 a 40.422 hundred-weights). Y en el caso de las importaciones británicas de ovino congelado y cordero de origen argentino, éstas descendieron de 1.347.563 a 1.243.418 hundred-weights, frente al aumento de las provenientes de Australia (405.640 a 567.373 hundred-weights), Nueva Zelandia (2.530.828 a 2.980.363 hundred-weights) y Uruguay (264.192 a 332.291 hundred-weights). (2) Esta tendencia descendente de las exportaciones argentinas de carne se repitió a lo largo de la década, aunque las exportaciones argentinas de carne enfriada no sufriesen la competencia de los Dominios como en el caso de las de carne congelada. 
    Entre 1932 y 1938, los embarques de carne enfriada y congelada hacia el Reino Unido provenientes de la Argentina cayeron 10,6%. Durante el mismo período, la participación argentina en el conjunto de las importaciones británicas de carne declinó de 75 a 62% del total, mientras que la australiana aumentó de 8% a 19%. Esta contracción argentina estuvo vinculada a las medidas que el gobierno de Gran Bretaña adoptó en favor de sus Dominios en la Conferencia de Ottawa en 1932. (3)
   
En efecto, ante la perspectiva de que en la prevista conferencia del Reino Unido y sus Dominios en Ottawa pudieran tomarse medidas perjudiciales al comercio argentino con Gran Bretaña, el gobierno de la Argentina y los sectores con intereses en dicho comercio pusieron en práctica algunas iniciativas. A comienzos del año 1932 se registraron varios intentos de enviar una misión económica al Reino Unido, bajo el pretexto de devolver la visita efectuada por el príncipe de Gales a la Argentina en marzo de 1931. Además el gobierno argentino intentó demostrar una actitud cooperativa dictando la ley del 13 de junio de 1932 que rebajaba los derechos aduaneros del whisky al 50%, como compensación a concesiones de las autoridades británicas que, atendiendo un pedido de la embajada argentina en Londres, habían incluido cueros, lino y maíz en la lista de productos libres de derechos. (4) Pero no obstante estas disposiciones mutuas, los intentos de una misión económica argentina tropezaron con la oposición del gobierno británico que, ante la insistencia argentina, se vio obligado a decir que no recibiría oficialmente ninguna misión hasta después de la Conferencia de Ottawa.
   
A la vez el delegado del Ministerio de Agricultura argentino en Londres Juan Richelet redoblaba los esfuerzos para desplegar una propaganda comercial en favor de los productos agropecuarios argentinos, y la Cámara de Comercio Argentina en Londres trataba de incentivar al consumidor británico a adquirir carnes, manteca y frutas argentinas. Pero no obstante estos esfuerzos, las restricciones británicas no pudieron ser evitadas. (5) La Conferencia de Ottawa en julio de 1932 instauró la preferencia imperial de Gran Bretaña respecto de sus Dominios coloniales tan temida por los ganaderos argentinos. Los delegados de la Comunidad Británica de Naciones se habían reunido bajo el lema "Home produce first, empire produce second, foreign produce last" (primero la producción local, después la del Imperio y por último la de los extranjeros).  Ya no se trataba más de la amenaza hábilmente utilizada por la diplomacia británica para obtener concesiones de las autoridades argentinas, como fuera en el caso de las negociaciones previas al tratado Oyhanarte-D'Abernon de 1929. En Ottawa se concretaron acuerdos con los Dominios y se impusieron cuotas sobre las importaciones británicas de carne provenientes de la Argentina. Para la carne de bovino enfriada la cuota fue de 100% del nivel del año base o "año de Ottawa" (1º de julio de 1931 al 30 de junio de 1932), mientras que para la carne congelada y la de cordero se estableció una reducción a 65% del nivel del año base. (6) De acuerdo con el testimonio del vicepresidente argentino Julio A. Roca (hijo), las medidas adoptadas en Ottawa, que reflejaban los intereses de los sectores partidarios de la política de preferencia británica hacia sus Dominios coloniales, contaron con la oposición del Board of Trade o Junta de Comercio británica, organismo que lideraría las negociaciones que llevaron a los convenios Roca-Runciman de 1933 y Malbrán-Eden de 1936. (7) 
   
Consecuentemente, el impacto de las cuotas impuestas en Ottawa sobre la carne argentina no fue el mismo en el caso de la carne enfriada que en el caso de la congelada. La carne enfriada o chilled beef soportó finalmente una reducción "temporaria" del 10%, introducida para mantener los precios en Gran Bretaña. Pero éste era un rubro en el que la Argentina no tenía mucha competencia con los Dominios. Argentina, Brasil y Uruguay exportaban la totalidad de la carne enfriada demandada por el mercado británico. En el "año de Ottawa", la Argentina aportó 86,89% de las necesidades de chilled beef  del Reino Unido, mientras que Uruguay representó 6,89% y Brasil 6,22%. (8) En ese período, la Argentina envió a Gran Bretaña 390.000 toneladas de carne enfriada. (9) Esta cifra del "año de Ottawa" representaba un volumen menor que el de 1927, de 463.239 toneladas de carne enfriada. Pero las cifras de los Anuarios del Comercio Exterior demuestran que el volumen de exportaciones de carne enfriada a Gran Bretaña había declinado desde 1927 hasta 1930. En 1928 había caído a 382.572 toneladas, en 1929 a 357.539 toneladas, y en 1930 a sólo 344.549 toneladas. En 1931 se había producido un pequeño repunte a 351.366 toneladas. (10)
 
    Los bovinos y ovinos congelados argentinos, al competir con los de los Dominios británicos, experimentaron restricciones mucho más fuertes que las soportadas por la carne enfriada. El comercio de carne congelada sufrió una contracción del 35% hacia junio de 1934, con la probabilidad de tener que soportar controles aún más drásticos. Las exportaciones de carne bovina y ovina congeladas quedaron reducidas de la siguiente forma: para el primer trimestre de 1933, una reducción del 90% respecto de las exportaciones del año Ottawa; para el segundo trimestre de dicho año, una del 85%; para el tercer trimestre una del 80% y para el cuarto, una reducción del 65 o 75%. (11) De esta manera, las exportaciones argentinas de carne ovina congelada, que habían sido de 75.571 toneladas en 1931 y 66.825 toneladas en 1932, pasaron a 57.230 toneladas en 1933 y a 42.605 en 1934.  A su vez, las exportaciones de carne vacuna congelada, cuyas cifras habían sido de 53.604 toneladas en 1931 y 22.393 toneladas en 1932, se redujeron a 14.358 toneladas en 1933 y 8.331 al año siguiente. (12)
   
Una importante derivación de los acuerdos de Ottawa fue la introducción por parte del gobierno británico de un sistema de licencias de importación para la carne. Este sistema, establecido en cumplimiento de los compromisos contraídos por el Reino Unido con los Dominios durante la conferencia, provocó la oficialización del pool de frigoríficos británicos y norteamericanos.  
    Alarmados por las disposiciones del gobierno británico en la Conferencia de Ottawa, los ganaderos argentinos comenzaron a reclamar un mayor control del Estado frente a los manejos del pool de frigoríficos extranjeros. Este giro en la posición de los ganaderos argentinos, defensores en el pasado de la competencia anglonorteamericana en el comercio de las carnes, se explicaba por los efectos de la depresión económica mundial sobre los precios del ganado. En el bienio 1931-1932, y a diferencia de crisis anteriores, la caída de estos precios afectó incluso a los ganaderos más poderosos, los invernadores, que producían el ganado apto para la carne enfriada. Al estar manejados por los frigoríficos ingleses y norteamericanos, los precios locales de la carne no respondieron al alza de fines de 1932 en el mercado de Smithfield. Ante esta situación, los ganaderos reaccionaron presentando sus reclamos al gobierno argentino. El Ministerio de Agricultura, presionado a su vez por el Congreso, emitió un informe revelador sobre el problema y se impuso una multa a los frigoríficos por negarse a permitir una inspección de su contabilidad. Esta multa fue aplicada de acuerdo con los términos del decreto del 21 de octubre de 1932, que declaraba a la información contable de los frigoríficos como información de interés público. Pero los frigoríficos ingleses se negaron a dar la información, sobre todo por solidaridad con los de propiedad norteamericana, que ya habían enviado sus ganancias a Estados Unidos. (13)  
    No obstante, la comisión directiva de la Sociedad Rural procuró mantener su conexión con el mercado británico lo más intacta posible de los efectos de la crisis mundial y, guiada por este objetivo, entregó en octubre de 1932 un memorial al gobierno del general Agustín P. Justo. En este memorial, la entidad ganadera sugería al gobierno argentino la conveniencia de acordar un tratado comercial con Gran Bretaña, en el que se otorgasen a este último país concesiones en la aduana y el cambio, con el fin de evitar que se adoptasen medidas perjudiciales sobre las exportaciones de carne. Representantes ganaderos y agrícolas solicitaron al presidente Justo el otorgamiento de preferencias a las importaciones británicas y la coordinación del control de cambios "en proporción con el comercio que tenemos con los respectivos países, contemplando por ese medio la defensa de nuestra producción". (14)  
    Como reacción a las medidas aprobadas en Ottawa y ante la creciente presión de los sectores ganaderos, el gobierno argentino produjo una mezcla de amenazas y súplicas en dirección al gobierno del Reino Unido. En primer lugar, las autoridades de Buenos Aires puntualizaron que los británicos eran dueños de una suerte de subeconomía dentro de la República. Esto se basaba en el valor total de las inversiones británicas, estimado en 600 millones de libras esterlinas, y en el hecho de que los ferrocarriles británicos en la Argentina sumaban una extensión total de sólo 4.000 millas menos que la red ferroviaria total en Gran Bretaña. Esta gigantesca apuesta de inversión británica en la Argentina en cierta medida llevaba a las autoridades de Londres a tener un poderoso interés en contribuir a la prosperidad económica argentina con el fin de que dichas inversiones siguieran siendo lucrativas. Tulio Halperín Donghi, Roger Gravil, Pedro Skupch y Rory Miller sostienen que dicha situación otorgaba una potencial capacidad de negociación al lado supuestamente más débil de la conexión anglo-argentina, un elemento que fue a menudo descuidado por el propio gobierno argentino, que por ejemplo no utilizó la amenaza de expropiación. Esta capacidad de negociación de la delegación argentina está mencionada en el memorándum del Foreign Office de noviembre de 1932, que ilustra el punto de vista diplomático británico al iniciarse las negociaciones que culminarían en el convenio Roca-Runciman:  

“... se puede hacer cualquier cosa con una bayoneta excepto sentarse sobre ella. Hemos inducido a los argentinos a negociar por miedo, pero (...) no vamos a poder seguir adelante solamente con miedo. Llegará un momento en que tendremos que decidir si podemos garantizar que sus exportaciones esenciales no sufran por encima de un cierto máximo tanto por vía de tarifas o restricciones. Si dejamos pasar esta etapa hay un peligro real de una reacción violenta en la Argentina, un gobierno inestable puede ser derrocado, aparecería toda la fuerza de la sensibilidad argentina y se perderían de vista consideraciones prácticas. El fracaso y el desorden consiguiente incluso podría significar una revolución, el colapso de la moneda, hostilidad hacia nuestras empresas, la puesta en funcionamiento de un monopolio estatal del comercio de carnes y la expropiación de la propiedad británica”. (15)

Miller sostiene que el informe de la misión D'Abernon identificó tres elementos que distinguían las relaciones económicas anglo-argentinas: la dependencia argentina del consumidor británico, la dependencia británica de las materias primas argentinas (especialmente notoria en el caso de la carne enfriada) y el alcance de las inversiones británicas en la Argentina. A éstos podía haber agregado que para muchos exportadores la Argentina era uno de sus más grandes mercados. (16) De estos cuatro elementos, los tres últimos otorgaban a las autoridades argentinas un potencial poder de negociación frente a sus colegas británicos. 
   
Por otra parte, como ya se mencionara, en octubre de 1931 el gobierno argentino había adoptado el régimen de control de cambios, a través del cual el gobierno centralizó la entrada y salida de divisas. Esta medida, si bien estuvo originalmente destinada a paliar los efectos de la crisis mundial y tener disponibilidad de recursos para el pago de la deuda externa, se convirtió en un poderoso instrumento de política económica, pues este régimen otorgó al gobierno argentino el poder de establecer prioridades para el uso de divisas. En este crítico contexto de caída de los ingresos de exportación y escasas divisas, las autoridades argentinas comprendieron la importancia de racionar la asignación de las últimas. Los servicios de la deuda pública y las importaciones de abastecimientos esenciales fueron considerados prioritarios.
   
En consecuencia, los beneficios de las compañías británicas sin posibilidad de ser remitidos comenzaron a acumularse en Buenos Aires. Se estimaba que alrededor de 8 millones de libras esterlinas en ganancias no habían podido ser remitidas y que incluidas deudas comerciales el total bloqueado llegaba a 30 millones; siendo los mayores tenedores de los pesos congelados los ferrocarriles Central Argentino y del Sur, Harrods-Gath & Chaves y Shell-Mex. Debido a la rápida acumulación de fondos no remitidos por las compañías y a la no disposición de los exportadores británicos a seguir autorizando el embarque de mercaderías sólo contra la prueba del depósito en pesos en Buenos Aires, las autoridades argentinas comprendieron que la distribución de divisas se había convertido en el instrumento más poderoso de la política comercial. Incluso existía la ventaja adicional de que la discriminación en la colocación de divisas por parte del gobierno argentino no constituía en sentido estricto una violación de la cláusula de nación más favorecida de los tratados comerciales argentinos, ya que dichos tratados no hacían referencia alguna a disposiciones cambiarias. No obstante, el temor a las represalias británicas existió entre las autoridades y los ganaderos argentinos, aun a pesar de la teórica libertad de que gozaba el gobierno argentino para conceder tratamiento preferencial a Gran Bretaña en ese campo. (17)  Junto al régimen de control de cambios, otras medidas adoptadas por las autoridades argentinas generaron inquietud en los exportadores británicos, tales como el incremento del 10% en los gravámenes sobre las importaciones. Si bien esta medida tuvo un sentido más tributario que proteccionista, los exportadores británicos se inquietaron ante la posibilidad de una evolución de la política arancelaria argentina que fuera desfavorable para sus intereses. (18) Justamente, como se explicará en la próxima sección, este arancel del 10% sobre las importaciones fue uno de los temas presentes tanto en las negociaciones diplomáticas anglo-argentinas previas a la firma del acuerdo Roca-Runciman en 1933, como en el texto mismo de dicho convenio.  
    No obstante, a pesar de las medidas restrictivas adoptadas por los gobiernos de Gran Bretaña y la Argentina, existió también una recíproca voluntad de acercamiento, alimentada por los intereses de sectores influyentes en uno y otro país. Por el lado argentino, el gobierno y los intereses ganaderos a los que el primero apoyaba no pudieron (o no quisieron) vislumbrar otro mercado que pudiera reemplazar al británico. La industria de la carne argentina había crecido en función de la demanda del Reino Unido y se había adaptado al gusto inglés, especialmente a través del rubro de carne enfriada, del cual la Argentina era el principal proveedor.  
    La Conferencia Imperial de Ottawa había decidido medidas preferenciales para los miembros del Commonwealth, afectando los intereses ganaderos argentinos, dado que implicaban la reducción en un tercio de las compras de carne congelada argentina, y en un 10% de la enfriada, tomando para esto como base las compras de 1932, ya muy bajas en el rubro de la carne congelada. Se trataba de un punto extremadamente sensible, por su importancia económica intrínseca debido al valor relativo de las exportaciones de carne respecto del conjunto de las exportaciones argentinas como por la magnitud de los intereses constituidos en torno a aquéllas: productores, frigoríficos y empresas navieras con capacidad de presión sobre el gobierno argentino.
   
A la vez, el gobierno poseía a través de la política arancelaria y el control de cambios una poderosa arma para negociar con los británicos. Estos mecanismos permitían al gobierno argentino discriminar las importaciones y regular el monto de las divisas que sería utilizado para pagar el servicio de la deuda británica, seguir comprando productos británicos o remitir las utilidades de las empresas británicas instaladas en la Argentina. (19)  
    Por su parte, las autoridades y agentes económicos del Reino Unido temían por los 600 millones de libras esterlinas invertidas en el mercado argentino, uno de cuyos rubros principales de inversión, los ferrocarriles, ya atravesaba dificultades económicas. Además, en ese momento el Reino Unido era un país acreedor de la deuda externa argentina, y no deseaba que su servicio se viera dificultado. Por último, aunque Gran Bretaña había realizado esfuerzos para estimular su propia producción de carnes y depender menos del exterior, no había logrado el autoabastecimiento.
   
En realidad, la Argentina y Gran Bretaña habían llegado a un grado tal de complementación económica que, de acuerdo con un memorándum del Comité Anglo-Argentino en Londres "la prosperidad o el revés en uno, tiene que tener importantes repercusiones en el otro". En otras palabras, la prosperidad o el revés en el campo argentino, no sólo repercutiría en la condición de los ferrocarriles británicos, sino también en los frigoríficos de capitales ingleses y en las compañías marítimas británicas que transportaban los productos argentinos al Reino Unido. (20)  
    Asimismo, los británicos demostraron preocupación por las consecuencias del régimen de control de cambios adoptado por el gobierno argentino. Hacia fines de 1932 se había establecido una posición oficial, con la intervención de Frederick Leith-Ross, el consejero económico más importante del gobierno británico. En su opinión debía solicitarse al gobierno argentino que en la asignación de divisas se concediese algún tipo de preferencias a Gran Bretaña. En forma simultánea, se formuló un esquema, en consulta con las compañías ferroviarias, para que se descongelaran los pesos bloqueados en Buenos Aires. Este esquema consistió en la emisión de un bono en libras que pudiera ser aceptado como garantía bancaria y que sería distribuido entre los tenedores de sumas importantes de dichos pesos. (21) En síntesis, tanto de un lado como del otro de la relación comercial anglo-argentina existían motivaciones suficientes como para iniciar una negociación.

  1. R. Kelly, op. cit., p. 55, cit. por R. Gravil, The Anglo-Argentine Connection..., op. cit., p. 187. 

  2. Ver editorial "Las importaciones de carne argentinas en Gran Bretaña han disminuido mucho en 1930", La Nación, 13 de diciembre de 1930, p. 3.

  3. R. Duncan, "Imperial Preference: The Case of Australian Beef in the 1930’s", Economic Record 39, Nº 86, June 1963, p. 161, citado por Carlos F. Díaz Alejandro, Essays on the economic history of the Argentine Republic, New Haven, Yale University Press, 1970, p. 100.

  4. Pablo Della Costa, Informe sobre la misión Roca al Reino Unido, presentado al señor ministro de relaciones exteriores, Carlos Saavedra Lamas, por el cónsul general retirado, señor Pablo Della Costa, ex jefe de la división comercial del mismo departamento, República Argentina, Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores (en adelante AMRE), año 1932, expediente 152, Convenio con Gran Bretaña, legajo 4: Firma de la Convención Accesoria y Protocolo con el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, 1º de mayo de 1933. Negociaciones Generales, folio 291, fuente citada en Daniel Drosdoff, El gobierno de las vacas (1933-1956). Tratado Roca-Runciman, Buenos Aires, La Bastilla, 1972, p. 20; República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria presentada al Honorable Congreso Nacional correspondiente al período 1932-1933, tomo I, Buenos Aires, 1933, pp. 406-407, cit. por J. Fodor y A. O’Connell, op. cit., p. 45.

  5. Ver al respecto La Nación, 18 de noviembre de 1930, p. 9; La Nación, 20 de noviembre de 1931, p. 4. 

  6. J. Fodor y A. O' Connell, op. cit., p. 44. Ver también respecto de la Conferencia de Ottawa José María Rosa, Historia argentina. Orígenes de la Argentina contemporánea, tomo 12, Década infame (1932-1943), Buenos Aires, Oriente, 1992, pp. 65-67. 

  7. Telegrama de Julio A. Roca al Ministro de Relaciones Exteriores, Londres, 18 de marzo de 1933, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores, Memoria presentada al Honorable Congreso Nacional correspondiente al período 1933-1934, Primera parte: Relaciones Exteriores, Anexo A: Política internacional, Buenos Aires, Guillermo Kraft, 1934, p. 389-390. 

  8. Ver J.M. Rosa, op. cit., p. 67. Consultar también D. Drosdoff, op. cit., p. 16, quien cita como fuente República Argentina, Ministerio de Agricultura, Conferencia Económica Imperial de Ottawa, traducción y explicación de los principales convenios celebrados entre el Gobierno del Reino Unido y sus Dominios, Buenos Aires, 1932, p. 8. De hecho, Brasil y Uruguay preocuparon mucho más que Australia a los productores argentinos de chilled beef  en esta etapa. Ver al respecto R. Gravil, The Anglo-Argentine Connection..., op. cit., pp. 183 y 205, cuyas fuentes son: Imperial Economic Committee, Meat: A Summary of Figures of Production and Trade, 1936, 25, y Banco de la Nación Argentina, Revista Económica, 3, abril de 1932, 60. En la última figura el crecimiento de las exportaciones de chilled beef brasileño al mercado británico: las mismas habían ascendido de 1070 toneladas en 1926 a 30.500 toneladas en 1931. También se había registrado en el mismo período un incremento de las exportaciones uruguayas: de 35.000 a 39.500 toneladas. 

  9. Las cifras son tomadas de República Argentina, Ministerio de Agricultura de la Nación, Conferencia Económica Imperial de Ottawa, traducción y explicación de los principales convenios celebrados entre el Gobierno del Reino Unido  y sus Dominios, Buenos Aires, talleres gráficos del Ministerio de Agricultura de la Nación, 1932, p. 4, cit. por D. Drosdoff, op. cit., p. 15. 

  10. Anuarios del Comercio Exterior de la República Argentina, años 1928/1929 y 1932. 

  11. Daniel Drosdoff y Alberto Conil Paz y Gustavo Ferrari coinciden en estos porcentajes salvo en el caso del cuarto trimestre de 1933, donde el primero cita un porcentaje del 75% y los últimos uno del 65%. Los porcentajes de reducción de las exportaciones trimestrales argentinas de carne ovina y bovina congelada en relación a las correspondientes al "año de Ottawa", están mencionados en República Argentina, Ministerio de Agricultura de la Nación, Conferencia Económica Imperial de Ottawa..., op. cit., p. 4, fuente citada por D. Drosdoff, op. cit., p. 16 y por Alberto Conil Paz y Gustavo Ferrari, Política exterior argentina 1930-1962, Buenos Aires, Huemul, 1964, p. 14. 

  12. Anuarios del Comercio Exterior de la República Argentina, años 1932 y 1935.

  13. Informe del Ministerio de Agricultura, La Prensa, 2 de diciembre de 1932; F.O. 371 A78/78/51-1932, fuentes citadas por J. Fodor y A. O' Connell, op. cit., p. 45, n. 85. 

  14. Esta declaración del 14 de octubre de 1932 fue firmada por nombres prestigiosos de la industria ganadera y agrícola argentina tales como Eduardo F. Bullrich, Guillermo Seré, Pedro Ichauspe, Enrique Duhau, Leonardo Pereyra Iraola, Enrique Santamarina, Sociedad Anónima Pereda Limitada, Rodolfo de Alzaga Unzué, José Santamarina e hijos, Carlos Lattuada, Nicolás Bruzone e hijos y Guillermo Martínez de Hoz. Ver esta declaración en La Nación, 15 de octubre de 1932, p. 5; La Prensa, 15 de octubre de 1932, p. 11. 

  15. Tulio Halperín Donghi, "Crónica del período", en J.A. Paita (editor), Argentina 1930-1960, Buenos Aires, 1961, 34, cit. por R. Gravil, The Anglo-Argentine Connection..., op. cit., p. 183. Memorándum del Foreign Office de noviembre de 1932, en F.O. A 7753/1040/2, 18/11/1932, citado por Pedro Skupch, "El deterioro y fin de la hegemonía británica sobre la economía argentina (1914-1947)", en M. Panaia, R. Lesser, P. Skupch, Estudios sobre los orígenes del peronismo, vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 1975, pp. 38-39, y por R. Miller, op. cit., p. 217. 

  16. R. Miller, op. cit., p. 216.

  17. Virgil Salera, Exchange Control and the Argentine Market, Nueva York, 1941, cit. por J. Fodor y A. O' Connell, op. cit., pp. 46 y 48. Ver también L.A. Romero, op. cit., p. 97; Joseph S. Tulchin, "Foreign Policy", en Mark Falcoff & Ronald H. Dolkart (eds.), Prologue to Perón: Argentina in depression and war, 1930-1943, Berkeley, UCP, 1975, pp. 90-91, y D. Drosdoff, op. cit., pp. 14-15. 

  18. Idem nota anterior.

  19. L.A. Romero, op. cit., pp. 101-102.

  20. J. Fodor y A. O'Connell, op. cit.,  pp. 19-20.

  21. Minutas de la primera reunión del Comité Interministerial sobre Restricciones Cambiarias del gobierno británico en A 70/70/2, del F.O. 371-1933; también A 859/70/2, del F.O. 371-1933, fuentes citadas en ibid., p. 49.

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