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El comienzo de la Segunda Guerra Mundial en 1939 produjo un innegable impacto sobre las relaciones económicas de la Argentina con Gran Bretaña. Por el lado de las exportaciones argentinas, el progresivo cierre de los mercados europeos, producido por las victorias alemanas, redujo en forma drástica las exportaciones agrícolas. Las dirigidas al Reino Unido cayeron pero en cambio aumentaron mucho las ventas de carne a este país, tanto en el rubro de carne enfriada como en el de congelada.
   
De acuerdo con las cifras del Anuario del Comercio Exterior de la República Argentina, hubo una sensible caída en el valor de las exportaciones de productos agrícolas argentinos hacia el Reino Unido, especialmente entre 1939 y 1942. En ese lapso cayeron de un valor de 205.306.455 pesos moneda nacional a uno de 36.017.527 pesos moneda nacional.  En cambio, en ese mismo lapso, el valor de las exportaciones ganaderas saltó de 341.974.388 pesos moneda nacional a 530.234.444 pesos moneda nacional, alcanzando en 1944 un valor de 772.280.137 pesos moneda nacional. El incremento de la exportación de carne, aunado a la disminución de las importaciones de origen británico, permitió mantener un saldo comercial favorable a la Argentina en su intercambio con el Reino Unido. (1)  
    Otra importante tendencia que registró el comercio exterior argentino a partir de 1939 fue la exportación de productos industriales a países limítrofes, aprovechando tanto las dificultades que la guerra generó en el comercio internacional a partir de su estallido, como una suerte de "vacío de poder" en el ámbito regional. De este modo, las ventas de textiles, confecciones, alimentos y bebidas, calzado y productos químicos acentuaron el crecimiento del sector industrial argentino, iniciado con la sustitución de importaciones que tuvo lugar a partir de la Primera Guerra Mundial. Como resultado de esta tendencia, la Argentina comenzó a tener saldos comerciales favorables, incluso con Estados Unidos. 
   
Este panorama del comercio exterior argentino confirmaba que los cambios generados por la crisis de 1930 se tornaban cada vez más profundos y que la vuelta a la situación anterior a la crisis se hacía cada vez más remota. Mientras las exportaciones tradicionales parecían tener pocas perspectivas en el largo plazo, una vez que pasara la coyuntura bélica que temporalmente estaba beneficiando a los ganaderos, las exportaciones industriales argentinas parecían tener un horizonte mucho más prometedor a futuro. La opción por las exportaciones industriales implicaba la profundización de los cambios de política económica provocados por la crisis de 1930: mayor intervención del Estado en la regulación económica y también un mayor cierre de la economía local. (2)
   
En cuanto a la política doméstica, también tuvo su impacto sobre las relaciones económicas anglo-argentinas. En noviembre de 1940, Federico Pinedo, designado Ministro de Hacienda por el presidente Ramón Castillo, propuso un Plan de Reactivación Económica que, de haber tenido chances de ser respaldado políticamente, habría clausurado el férreo bilateralismo con el Reino Unido impuesto por los tratados Roca-Runciman de 1933 y Malbrán-Eden de 1936.  
    El Plan Pinedo propuso, como salida a las dificultades que la guerra generaba en la economía argentina, tres objetivos: a) insistir en la compra de las cosechas por parte del Estado, para sostener el precio de las mismas; b) estimular la construcción pública y privada, por su efecto multiplicador sobre muchas otras actividades de la economía; y c) incentivar la producción industrial. Pinedo sostenía que si el comercio exterior seguía siendo la "rueda maestra" de la economía, las actividades industriales, "ruedas menores", contribuían al equilibrio general de dicha economía. Pinedo advirtió claramente el problema de una economía excesivamente cerrada en sí misma y propuso estimular las llamadas "industrias naturales", que elaboraran materias primas locales y las exportasen a mercados tales como los países vecinos y Estados Unidos. Por esa vía, a largo plazo, la Argentina solucionaría el problemático déficit comercial que mantenía con el país del Norte, que indudablemente se incrementaría a la par del crecimiento del sector industrial argentino, y, con este último, el aumento de la demanda de insumos, máquinas, repuestos y combustibles, elementos de los cuales el mercado norteamericano era el principal proveedor.
   
La propuesta no preveía que la Argentina interrumpiera su provisión de alimentos a Gran Bretaña, país que pagaría estas compras entregando de manera gradual sus ferrocarriles instalados en la Argentina. A la vez, la Argentina podría adquirir de Estados Unidos sus necesidades de productos manufacturados, para lo cual el gobierno argentino recibiría del país del Norte un préstamo de 110 millones de dólares. De haberse concretado en la práctica la propuesta de Pinedo, ésta habría implicado una modificación de los términos de la relación triangular Argentina-Gran Bretaña-Estados Unidos y una inserción de la Argentina en el mundo sustancialmente distinta a la de las décadas anteriores. El plan exigía un Estado con instrumentos de intervención económica poderosamente desarrollados, que pudiese movilizar el crédito privado y orientarlo hacia inversiones de largo plazo, entre ellas las industriales. Además, dicho plan preveía un estímulo a las exportaciones de productos manufacturados a través de sistemas de reintegros, leyes contra el dumping y una intensa promoción del intercambio. (3)  
    Asimismo, por ese entonces volvió a reflotarse el tema de las libras bloqueadas, íntimamente ligado al comercio bilateral. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939, el Bank of England llegó a un acuerdo provisional con el Banco Central de la República Argentina. Este acuerdo de pagos, cuyos detalles se mantuvieron en secreto, proporcionó las bases del comercio anglo-argentino durante la guerra. El principal objetivo del gobierno británico durante la coyuntura bélica fue el de obtener productos argentinos sin tener que utilizar sus escasos recursos en dólares u oro. Por su parte, el objetivo de las autoridades argentinas fue el de preservar a toda costa el mercado británico. 
    Finalmente, el acuerdo de 1939 estableció que la Argentina aceptaría libras esterlinas como pago de sus exportaciones a Gran Bretaña. Estas libras serían depositadas en una cuenta especial en el Bank of England y usadas exclusivamente para pagar las exportaciones británicas a la Argentina o para comprar títulos argentinos retenidos en Gran Bretaña. De este modo, las autoridades británicas lograban su objetivo de no emplear sus escasas tenencias de dólares. Además, los saldos en libras constituyeron un mercado cautivo para las exportaciones británicas después de la guerra, ya que dichos saldos estaban bloqueados y serían liberados lentamente a medida que se recobraran las industrias de exportación británicas.
 
    Esta fue principalmente la posición del Board of Trade, mientras el Bank of England esperaba que las libras esterlinas acumuladas fuesen empleadas en la Argentina para comprar una parte importante de los ferrocarriles británicos, sector que estaba dando pérdidas. Para que los anhelos de las autoridades del Bank of England se concretaran en la práctica, era necesario que la Argentina lograra acumular una cantidad sustancial de libras. Particularmente, los miembros del Bank of England temieron que las libras esterlinas acumuladas fueran utilizadas por el gobierno argentino no para comprar los ferrocarriles sino para repatriar paulatinamente su deuda externa en Londres.
   
No obstante, los temores de las autoridades del Bank of England no se vieron reflejados en la realidad, pues el gobierno argentino no empleó sus libras ni en repatriar su deuda externa ni en comprar acciones de los ferrocarriles. En consecuencia, mientras sus deudas con Gran Bretaña pagaban interés, las deudas británicas con la Argentina no hacían lo mismo. En la práctica, el acuerdo entre los bancos significaba que la Argentina proporcionaba a Gran Bretaña un crédito ilimitado al cero por ciento de interés. El gobierno británico obtuvo este acuerdo ventajoso debido a dos causas: a) las simpatías que las autoridades del Reino Unido tenían en el Banco Central y b) el hecho de que en las primeras etapas de la guerra los compradores dominaran el mercado. Como ejemplos de la última tendencia, Fodor y O'Connell señalan que en 1939

“… los precios de los cereales habían experimentado una caída por debajo de los peores precios durante la Depresión, y con el comienzo de la guerra los problemas argentinos se vieron agravados por una cosecha extraordinaria de maíz que se presentaba como invendible. Ante la situación crítica del transporte marítimo y la pérdida de los mercados continentales luego de la caída de Francia, la Argentina estaba dispuesta a ofrecer condiciones cada vez más ventajosas a Gran Bretaña para conservar su último mercado abierto”. (4)

Ahora bien, a medida que la Segunda Guerra Mundial se prolongaba, se registraron importantes cambios en el equilibrio de poder que definía las relaciones anglo-argentinas, aun cuando la clase gobernante argentina pareció no advertirlo y mantuvo e incluso profundizó su disposición a conceder ventajas a las autoridades y agentes económicos británicos.
   
El primer cambio importante en el equilibrio de poder entre Buenos Aires y Londres consistió en que el arma principal que el gobierno británico había utilizado durante la década de 1930, esto es, la amenaza de reducir sus importaciones de carne provenientes de la Argentina, había perdido buena parte de su poder disuasorio. Ante la falta de fuentes tradicionales de abastecimiento que planteó la nueva coyuntura bélica, la carne argentina se volvió indispensable para la continuación del esfuerzo de guerra. Esta necesidad por parte de Gran Bretaña cambiaba las reglas de juego, si bien los negociadores británicos intentaron seguir utilizando a su favor la amenaza del cierre del mercado. (5)
   
El segundo cambio importante en el equilibrio de poder entre la Argentina y Gran Bretaña fueron los cambios a nivel de la política interna argentina, y especialmente la crisis de los vínculos tradicionales entre el partido Conservador argentino y Gran Bretaña. Durante los primeros años de la década de 1930 los miembros conservadores de la élite argentina fueron a la vez pro-británicos en términos económicos (pues la prosperidad de criadores e invernadores dependía del mercado del Reino Unido) y profascistas en términos político-ideológicos -tendencia que iba a tono con la aparición en el mundo de expresiones conservadoras antiliberales como el falangismo-franquismo, el fascismo y el nazismo. Un buen ejemplo de esta extraña combinación de tendencias probritánicas y a la vez profascistas fue Ezequiel Ramos Mejía, Ministro de Obras Públicas y figura clave en la aprobación de la ley que exceptuó de gravámenes a los ferrocarriles. Este conservador amigo del capital británico y director de dos ferrocarriles ingleses fue designado para encabezar una misión argentina en Roma en 1933, donde expresó sin tapujos sus simpatías por el partido fascista italiano a pesar de su conocida trayectoria filobritánica. (6)  
    Con la guerra, los miembros de este Partido Conservador se solidarizaron con el Eje, factor que erosionó los vínculos que tenían con Gran Bretaña.  Cuando los gobiernos de la Unión Soviética y Estados Unidos entraron en la guerra, el temor al comunismo y su posible incremento de poder como consecuencia de una victoria aliada condicionaron a los conservadores argentinos a esperar que el Eje no fuese derrotado. Con el estallido de la guerra, los británicos se encontraron en una situación muy particular, por la cual sus principales defensores en la Argentina pasaron a ser los partidos que durante la década de 1930 se opusieron a los privilegios concedidos al capital británico: los socialistas en primer lugar y en menor grado los radicales. A este factor se sumó el reemplazo de Ortiz por Castillo, que disminuyó aún más el poder de los conservadores probritánicos, ya que Castillo provenía de Catamarca y no era un representante del grupo de criadores de ganado. (7)
   
Según Tulchin, la conducta argentina durante los años de la depresión, la firma de los tratados Roca-Runciman de 1933 y Malbrán-Eden de 1936, y su neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial fueron producto de la preocupación de las autoridades argentinas por preservar los mercados tradicionales de exportación. Esta obsesión por proteger los mercados tradicionales de exportación estaba vinculada a la percepción de que el contexto internacional se estaba volviendo crecientemente hostil para el país. En los años precedentes al estallido de la Segunda Guerra, el nexo con Gran Bretaña ya no proporcionaba el apoyo que la clase dominante argentina necesitaba; Estados Unidos no quería ocupar el lugar de Gran Bretaña, como lo comprobó Justo al intentar inútilmente un tratado comercial con Washington. Esta percepción de hostilidad del contexto internacional desembocó en una creciente inclinación por la autosuficiencia económica vinculada al intervencionismo y al antiliberalismo y que recibió el rótulo de "nacionalismo".
   
La política de neutralidad era el resultado de un consenso bastante amplio dentro de la sociedad, incluyendo numerosos grupos que tenían sentimientos pro-aliados. (8)  Tal el caso, por ejemplo, de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), agrupación que percibía la necesidad de continuar la neutralidad observada por Yrigoyen durante la Primera Guerra, pues percibía esta segunda conflagración como una lucha entre imperialismos, extraña a los intereses económicos argentinos.
   
Autores nacionalistas como Raúl Scalabrini Ortiz también defendían la neutralidad sosteniendo:  

“… trescientos mil argentinos morirán en la guerra europea, si el pueblo no defiende la neutralidad como lo hizo Yrigoyen. Morirán protegiendo al imperialismo británico en su lucha contra el imperialismo germánico e italiano, morirán en defensa de los intereses de Gran Bretaña que es dueña indebida de nuestros ferrocarriles, de gran parte de nuestras tierras, de casi toda la Patagonia, del comercio de importación, de los frigoríficos, de las pocas industrias locales y que maneja discrecionalmente nuestro crédito externo e interno y nuestra moneda desde el Banco Central. Morirán arrastrados a la contienda por grandes frases y por la creencia de que defienden a la democracia y a la libertad del mundo". (9) 

Esta posición era criticada por los socialistas desde La Vanguardia, quienes sostenían que "neutralidad es fascismo".
   
Por su parte, las autoridades británicas evidenciaron una constante preocupación por resguardar sus intereses económicos en el mercado argentino, una plaza donde existía la competencia anglogermana, muchos años antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939.  A la visita del príncipe de Gales y su hermano Jorge en marzo de 1931, se sumaron en 1937, el mariscal Alemby, el canciller del Tesoro británico, Halshman, y el ex virrey de la India, lord Sillingdon, quienes llegaron a Buenos Aires en misión de confraternidad, procurando proteger los importantes intereses británicos en la Argentina.
   
También la Cámara de Comercio británica en Buenos Aires tuvo por costumbres agasajar en sus banquetes mensuales del Plaza Hotel a los ministros de gobierno, con el fin de mantener fluidos los contactos con las esferas oficiales. Así, agasajó al titular de Obras Públicas del gobierno de Justo, Roberto M. Ortiz, a quien incluso los integrantes de la Cámara propusieron como posible candidato a la sucesión presidencial. También fueron agasajados el Ministro de Agricultura Miguel Angel Cárcano, el del Interior Ramón Castillo, el de Relaciones Exteriores Carlos Saavedra Lamas y el de Hacienda Carlos A. Acevedo.  
    La neutralidad adoptada por la Argentina en la Segunda Guerra Mundial no afectaba los intereses de aprovisionamiento británicos, pero favorecía los planes alemanes de intercambio comercial e infiltración ideológica. Ya desde antes de la guerra, la prensa escrita en inglés opinaba la conveniencia de que la Argentina "fuese neutral, pero amiga y proveedora de Gran Bretaña en la próxima guerra". (10)
   
El secretario de Estado norteamericano, Cordell Hull, buscó torcer la voluntad neutralista del gobierno argentino, y buscó para ello la colaboración británica. Su subsecretario, Sumner Welles, se contactó con el embajador británico en Estados Unidos, Lord Halifax, en diciembre de 1942, sin obtener el resultado esperado por Hull. Welles declaró al respecto que: "a pesar de las manifestaciones oficiales del gobierno británico al argentino, muchas importantísimas figuras comerciales y financieras de la colonia británica en la Argentina manifestaban consecuente y públicamente que este país no debía romper relaciones con el Eje, y que los intereses británicos favorecerían la posición argentina de neutralidad". 
   
En los años de la Segunda Guerra, el gobierno de Gran Bretaña actuó como el "abogado" del de la Argentina frente a la política de hostigamiento aplicada por Washington entre 1942 y 1949 en perjuicio de las autoridades de Buenos Aires. Las autoridades del Reino Unido ordenaron el retiro de su embajador de Buenos Aires para no chocar con la Casa Blanca, pero, lejos de adherirse a un embargo, decidieron seguir adquiriendo productos argentinos.
   
A fines de 1943, y debido a sus sospechas sobre la intervención argentina en la situación interna de Bolivia, las autoridades norteamericanas presionaron a las británicas para imponer en forma conjunta sanciones a la Argentina. El Foreign Office rechazó la propuesta, puntualizando que en 1944 la Argentina representaba para Gran Bretaña 14% de sus importaciones totales de trigo, 70% de sus importaciones de semilla de lino, 29% de su carne conservada y 35% de sus importaciones de cuero. Aunque el Foreign Office hacía declaraciones de repudio a la actitud neutral argentina, a la vez cuidaba que ningún factor perturbara el intercambio entre la Argentina y el Reino Unido. (11)
   
Cuando el Presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt le pidió al Primer Ministro británico Winston Churchill que no renovara un convenio de carnes con la Argentina que vencía en octubre de 1944, y le propuso reemplazar las compras de carne argentina por las de cerdo norteamericano, Churchill le contestó:  

“Estamos muy agradecidos a los norteamericanos por la carne que quieren mandarnos. No creo que Uds. puedan mandarnos una cantidad tal para suplir el vacío que la suspensión de abastecimientos argentinos dejaría. De cualquier modo, esa carne adicional sería fundamentalmente cerdo y nosotros ya tenemos demasiada cantidad de esa carne. La carne que tenemos de la Argentina es de vacunos y ovinos. Mi contrato actual con la Argentina termina en octubre. Yo estoy deseando renovarlo por tres o cuatro años, para asegurar que el pueblo de este país tenga la carne que quieran y necesiten, no solamente para el período que quede de guerra sino para el tiempo de escasez que sobrevendrá”. (12)

En otra ocasión, los diarios ingleses reprodujeron una declaración del Primer Ministro que decía que "aunque ellos (los británicos) tampoco quieren el nazismo en la Argentina, prefieren la carne argentina al cerdo norteamericano". (13)  
    A pesar de que el gobierno británico actuó en los años de guerra apaciguando la hostilidad norteamericana contra la Argentina, cuando el gobierno de Gran Bretaña, presionado por la crisis de posguerra, decretó la inconvertibilidad de la libra en agosto de 1947, comprometió seriamente los intereses económicos argentinos y demostró que su rol de abogado tenía serias limitaciones. A partir de ese momento y hasta 1949, ya sin el paraguas protector británico, la economía argentina fue seriamente perjudicada por la política de hostigamiento de las autoridades norteamericanas.

  1. L.A. Romero, op. cit., p. 118. Ver también Anuarios del Comercio Exterior de la República Argentina, años 1939 a 1945. 

  2. L.A. Romero, op. cit., pp. 118-119. 

  3. L.A. Romero, op. cit., pp. 119-120. Ver también J.M. Rosa, op. cit., p. 244 y el artículo de Juan J. Llach, "El Plan Pinedo de 1940, su significado histórico y los orígenes de la economía política del peronismo", en Desarrollo Económico, Nº 92, Buenos Aires, 1984, pp. 515-558.

  4. Ibid., p. 57.

  5. Ibid.

  6. Ibid., pp. 57-58.

  7. Ibid., p. 58.

  8. Joseph S. Tulchin,"Una perspectiva histórica de la política argentina frente al Brasil", Estudios Internacionales, Nº 52, Revista del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile, Santiago, octubre-diciembre 1980, pp. 468-470.

  9. Diario de la Historia Argentina, Nº 121, septiembre 1939, p. 2, en J. Perrone, tomo 3, op. cit., p. 104.

  10. La Prensa, 12 de mayo de 1937, cit. por J.M. Rosa, op. cit., pp. 197-198. 

  11. R.A.Humphreys, Latin America and the Second World War, volume II, London, Athlone Press, 1982, p. 140; R. Stemplowski, "Castillo’s Argentina and World War II: economic aspects of the Argentine-British-United States", Beiträge zur Wirtschaftgeschichte, 8, pp. 812-813, fuentes citadas por R. Miller, op. cit., p. 226.

  12. Telegrama de W. Churchill a F.D. Roosevelt del 17 de abril de 1944, citado en Juan Archibaldo Lanús, Del Chapultepec al Beagle. Política exterior argentina, 1945-1980, volumen I, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 26. 

  13. The Manchester Guardian, Londres, 30 de septiembre de 1944, citado en ibid., p. 26. 

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