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Una de las claves para entender el paulatino involucramiento económico de Estados Unidos en nuestro país antes mencionado, reside en la evolución de las relaciones comerciales bilaterales.  
    En el caso de las exportaciones argentinas, es manifiesta la brecha existente, al comienzo del período, entre la importancia del mercado británico y la relativa irrelevancia del norteamericano, tanto en términos de valor como de participación. Estados Unidos estuvo relegado a un quinto lugar de importancia entre 1882 y 1913. En cambio, Gran Bretaña pasó de un tercer a un segundo lugar en la década de 1880, y logró el primer lugar en 1893 y 1894 y desde 1900 hasta 1930. La diferencia cuantitativa y cualitativa entre Gran Bretaña y Estados Unidos como destinos de los productos agropecuarios argentinos estaba íntimamente vinculada al carácter competitivo de las economías argentina y norteamericana, que contrastaba con el carácter complementario de la vinculación comercial argentino-británica.  
    Cabe señalar al respecto que, durante las décadas de 1880 y 1890, el crecimiento de las exportaciones argentinas hacia Estados Unidos se vio trabado por una serie de barreras tarifarias norteamericanas. A este obstáculo se sumó la falta de un servicio regular de transporte marítimo entre Buenos Aires y Nueva York, que hizo correr a Estados Unidos con desventaja frente a la competencia europea. Dados estos inconvenientes, no sorprende que el ministro argentino en Washington, Martín García Mérou, comentara al canciller Amancio Alcorta en una nota de octubre de 1896, que mientras “a Europa mandamos de 82 á 85 por ciento de nuestros productos exportables, (...) á los Estados Unidos no nos es posible mandar sino el 5 por ciento de lo que exportemos”. (1)  
    Además, las exportaciones agrícolas de Estados Unidos competían con las de la Argentina en el mercado mundial y británico. Con todo, en la década de 1900 las exportaciones argentinas crecieron, mientras que las norteamericanas tendieron a declinar, como consecuencia del desequilibrio existente entre un rápido crecimiento demográfico y un decreciente ritmo de producción. Entre 1900 y 1910, Estados Unidos estuvo entre el primero y el segundo lugar en el comercio mundial de trigo (en alternancia con Rusia), y la Argentina ocupó el tercero. Incluso, en 1905 momentáneamente la Argentina llegó a desplazar del segundo lugar a Estados Unidos. (2) Entre 1900 y 1913, los embarques anuales de maíz y harina de maíz norteamericanos al Reino Unido cayeron de un promedio de 1.809.000 a 375.000 toneladas. En cambio, las exportaciones argentinas saltaron de 412.000 a 1.188.000 toneladas en esos mismos años. La misma tendencia ocurrió con las exportaciones de avena y harina de avena al Reino Unido. Mientras los envíos norteamericanos cayeron de 322.896 a 74.707 toneladas, los provenientes de la Argentina crecieron de prácticamente cero a 327.605 toneladas. Asimismo, la Argentina y Estados Unidos compitieron por el abastecimiento de carne al mercado británico. Las exportaciones norteamericanas de carne declinaron a principios del siglo XX, hasta el punto de que la economía norteamericana se convirtió en una neta importadora de carnes hacia 1913, factor que le permitió a la Argentina constituirse en el principal abastecedor de carne del Reino Unido. (3)
   
Como consecuencia del mencionado carácter competitivo de las economías argentina y norteamericana, las exportaciones argentinas hacia Estados Unidos dependían para su incremento de falencias coyunturales de la producción interna norteamericana (como ocurrió en el caso de las carnes entre 1900 y 1913, o en el del maíz en determinadas coyunturas de crisis), o de rubros que Estados Unidos produjera de manera deficiente (tales como lana, cueros y pieles). (4)  
    A partir de 1896, el extracto de quebracho comenzó a ser un rubro importante en las exportaciones argentinas hacia Estados Unidos, demandado por las industrias del cuero norteamericanas debido a sus virtudes para el curtido. Las ventas de este producto al mercado norteamericano tuvieron un aumento porcentual del 12.400% entre 1896 y 1911 en términos de valor. Este factor hizo a su vez que también su volumen creciera de 105 toneladas en 1896, a 1765 toneladas en 1900 y 28.402 toneladas en 1913. (5) En 1911 y 1912, la Argentina desalojó a sus competidores del mercado norteamericano debido al enorme rendimiento del quebracho. En los años inmediatamente previos a la Primera Guerra Mundial, la Argentina llegó a ocupar con los rollizos de quebracho el primer lugar en las importaciones norteamericanas de productos brutos empleados en la tintorería o el curtido. (6)
   
Sin embargo, el rubro exportable que llegó a ser más valioso en las exportaciones argentinas hacia el mercado norteamericano fue el cuero. Como en el caso del extracto de quebracho, su importancia derivó de la demanda generada por el crecimiento de la industria que lo manufacturaba. Por cierto, el crecimiento de las exportaciones de cuero hacia Estados Unidos estuvo condicionado por las tarifas aduaneras norteamericanas. La tarifa Dingley de 1897, sancionada para proteger los intereses de los ganaderos norteamericanos, anuló el status libre del que gozaba el cuero importado, generó irritación no sólo entre los exportadores argentinos, sino también entre los fabricantes de cuero norteamericanos, que necesitaban del cuero importado para bajar costos y expandir su industria. Ante la presión de los sectores vinculados a la industria del cuero norteamericana, el Congreso volvió a colocar a los cueros en la lista libre de aranceles en agosto de 1909 por la tarifa Payne-Aldrich. La nueva tarifa incidió en el crecimiento de las exportaciones argentinas de cuero a Estados Unidos, que pasaron de un promedio anual de 64.900 toneladas en los tres años anteriores a la anulación de la tarifa Dingley, a uno de 132.200 toneladas en los tres años posteriores. (7)
    Ahora bien, a diferencia de las exportaciones argentinas, donde la importancia británica fue abrumadoramente superior a la norteamericana, el panorama de las importaciones argentinas reveló la creciente presencia de Estados Unidos como abastecedor de manufacturas, que contrastó con una declinación de la productividad y de las exportaciones industriales británicas. Con el paso del tiempo, la inicial ventaja británica respecto de la norteamericana de fines del siglo pasado se fue desdibujando a tal punto que, ya en los años anteriores a la Primera Guerra, muchos de los productos provenientes de Estados Unidos ocupaban una posición de liderazgo en el comercio de importación argentino. En las décadas de 1880 y 1890, el Reino Unido ocupó el primer lugar de importancia. Estados Unidos estuvo entre el tercer y cuarto lugar en la década de 1880. De acuerdo con el Anuario del Comercio Exterior, entre los años 1901 y 1914, fluctuó entre el segundo y tercer lugar de importancia en las importaciones argentinas, o sea, tuvo una participación cercana al 15% del total de las importaciones argentinas, porcentaje mayor que el alcanzado en las décadas anteriores (entre el 7 y algo más del 10% en la de 1880 y alrededor de un 11% en la de 1890). En los años inmediatamente previos a la Primera Guerra y, como contrapartida del ascenso de la presencia norteamericana, se dio un estancamiento de la presencia británica, cuya participación rondó entre 30 y 35% del total de las importaciones argentinas, porcentaje menor al registrado en años anteriores (en 1885 había llegado a 38,4%; en 1890 a 40,6%; en 1895 a 41,6%; y en 1900 a 34,1%).
   
Un claro indicio del crecimiento de la presencia norteamericana y del estancamiento de la británica en el conjunto de las importaciones argentinas durante los años inmediatamente previos al estallido de la Primera Guerra Mundial fueron los cambios operados en las adquisiciones de material vinculado al sector ferroviario, hasta ese momento controladas en forma prácticamente hegemónica por Gran Bretaña. Los ferrocarriles argentinos comenzaron a adquirir rieles de hierro de Estados Unidos, y los británicos recurrían a fabricantes norteamericanos en caso de emergencia. Hacia 1913 fueron las mismas compañías ferroviarias británicas las que reemplazaban sus vagones de carga hechos en Inglaterra, de 10 a 18 toneladas de capacidad, por los fabricados en Estados Unidos, de una capacidad de 30 a 40 toneladas. (8)
   
Entre 1900 y 1913 Estados Unidos era un serio competidor e incluso llegó a desplazar a Gran Bretaña en el abastecimiento de una serie de rubros crecientemente demandados por los consumidores argentinos. Entre ellos, los más importantes fueron hierro y manufacturas derivadas (especialmente alambres, herramientas y maquinaria eléctrica), maquinarias agrícolas (sembradoras, trilladoras, segadoras y desgranadoras), madera y sus manufacturas derivadas, y aceites lubricantes. Estos cuatro grupos de productos constituyeron aproximadamente 65% de las exportaciones totales de Estados Unidos a la Argentina. (9) Por su parte, ya en los años inmediatamente anteriores al inicio de la Primera Guerra, sobresalieron las importaciones de automóviles y máquinas de escribir norteamericanas. (10)
   
Las importaciones de alambre de hierro galvanizado norteamericano prácticamente se duplicaron entre 1900 y 1913, desplazando además a la variedad británica tanto en términos de valor como de participación. Por su parte, las máquinas de coser de origen norteamericano, que en 1900 habían llegado a las 13.669 unidades, para 1913 más que cuadruplicaron esa cantidad. También en este caso, los modelos británicos se vieron ampliamente superados en cantidad y valor por los norteamericanos. (11) Las máquinas de escribir norteamericanas incrementaron casi ocho veces su cantidad y valor, de 700 unidades en 1900, valuadas en 22.440 pesos oro en 1900, a 5378 unidades, con un valor de 187.186 pesos oro, alcanzando registros superiores a las máquinas de escribir británicas. (12) Por su parte, la maquinaria agrícola fue un rubro donde Estados Unidos tenía la ventaja de producir modelos que respondían satisfactoriamente a las necesidades geográficas argentinas, notoriamente similares a las norteamericanas. Además, la variedad norteamericana era más barata, eficiente y duradera que las maquinarias agrícolas europeas y australianas. Por ejemplo, en el caso de las máquinas desgranadoras de trigo, mientras la variedad británica usaba a 32 hombres y extraía entre 300 y 350 bolsas de grano de trigo por día, la norteamericana usaba sólo 20 hombres y extraía entre 500 y 600 bolsas. En un país con escasez de mano de obra como el caso de la Argentina, el modelo norteamericano era claramente preferible al británico. (13) Dentro de las maquinarias agrícolas, se destacaron especialmente por su demanda en el mercado argentino las sembradoras, trilladoras, segadoras y desgranadoras. La importación de sembradoras se incrementó notablemente, tanto en cantidad -pasaron de 1531 unidades en 1900 a 14.535 unidades en 1913- como en valor -de 41.170 pesos oro a 351.912 pesos oro en esos mismos años-. Por su parte, las trilladoras saltaron de 38 unidades en 1900 a 815 en 1913, pero su incremento en valor fue mucho más significativo, pasando de 37.527 a 901.659 pesos oro. La importación de segadoras también aumentó tanto en términos de cantidad como de valor entre 1900 y 1913. (14)  
    Como resultado del mayor peso de las importaciones sobre las exportaciones, la balanza comercial bilateral arrojó déficits para la Argentina en todo el período 1880-1914, salvo en los años 1880, 1891, 1895 y 1914. Pero el gobierno y los agentes económicos argentinos nunca aceptaron esta situación como una condición permanente, ya que confiaban en que tarde o temprano el mercado norteamericano se abriría a los productos argentinos.  
    Mientras tanto, la persistencia de desacuerdos comerciales entre la Argentina y Estados Unidos, fruto del carácter competitivo de sus respectivas economías, fue uno de los obstáculos de la agenda bilateral que ocupó la atención de los diplomáticos en el período comprendido entre 1880 y el inicio de la Primera Guerra Mundial. Uno de los desacuerdos comerciales bilaterales más importantes estaba vinculado a las altas tarifas que desde 1867 pesaban sobre las exportaciones argentinas de lana. (15) Aunque en las décadas de 1870 y 1880 el Congreso norteamericano bajó ligeramente los derechos sobre este producto, los funcionarios argentinos trataron de persuadir a sus colegas de Washington para que colocasen a la lana en la lista de productos libres de impuestos aduaneros. 
    Estos intentos se vieron desbaratados por la presión ejercida desde el Congreso por el lobby de los productores laneros. En 1883, el ministro argentino en Washington Luis L. Domínguez envió al secretario de Estado F. T. Frelinghuysen un informe donde subrayaba los efectos negativos del arancel de 1867 en el intercambio bilateral. En este informe, y en una nota enviada al sucesor de Frelinghuysen, Thomas F. Bayard, en 1885, Domínguez se quejaba de la falta de reciprocidad comercial. Mientras las autoridades de Buenos Aires admitían la madera, los materiales ferroviarios y la maquinaria agrícola de procedencia norteamericana libres de barreras o con aranceles muy bajos, las de Washington le cerraban la puerta a la lana argentina. Las quejas de Domínguez reflejaban la realidad, ya que si bien en 1883 la Tariff Commission, encabezada por el secretario de la American Wool Manufacturers Association, John L. Hayes, propuso una serie de reformas en esta materia, las mismas no implicaron ninguna salida para los exportadores argentinos. (16)
   
Por su parte, el representante norteamericano en Buenos Aires, Bayless W. Hanna, comentaba en noviembre de 1887 que la tarifa sobre la lana era discriminatoria, pues la variedad argentina debía pagar una tarifa mayor que la proveniente de Australia y Nueva Zelandia. El diplomático norteamericano exhortaba a una mejora de las condiciones de intercambio entre la Argentina y Estados Unidos sosteniendo que el restablecimiento de las antiguas relaciones comerciales entre los dos países era de vital interés para ambos. (17)  
    No sólo los sectores diplomáticos norteamericanos reclamaban a su gobierno un cambio en la política comercial con la Argentina. También lo hicieron los importadores, interesados en incrementar el intercambio bilateral a través de la compra de cueros, lanas, semillas de lino y otros productos primarios valiosos para el sector industrial norteamericano. (18)
   
Pero a pesar de los intentos de distintos actores estatales y no estatales argentinos y norteamericanos por mejorar la enojosa situación creada en torno a la tarifa impuesta sobre la lana, del proyecto de unión aduanera americana impulsado por el secretario de Estado James Gillespie Blaine en la Primera Conferencia Panamericana de Washington en 1889, y de la cláusula de reciprocidad que contemplaba la ley de tarifas McKinley en 1890, las relaciones bilaterales se tornaron aún más tensas precisamente porque la lana estaba exceptuada de dicha cláusula de reciprocidad.  
    Cabe aclarar que la ley de tarifas aduaneras de McKinley, sancionada por el Congreso norteamericano el 1º de octubre de 1890, contemplaba la libre entrada en el mercado norteamericano “de todos los azúcares que no excedan los 16 grados holandeses, como norma, en color; melazas, café, té, cueros, pieles”. El secretario de Estado norteamericano, James Gillespie Blaine, buscaba aplicar esta ley con el fin de eliminar las barreras comerciales mediante tratados bilaterales de reciprocidad comercial y concretar por esta vía su proyecto de unión aduanera panamericana, que había sido bombardeado por la tenaz oposición de la delegación argentina en la Primera Conferencia Panamericana, celebrada en Washington, en 1889.
   
La ley McKinley resultó irritativa para los intereses exportadores argentinos, por dos motivos. El primero, porque mantenía el gravamen sobre la lana, uno de los dos principales productos argentinos de exportación hacia el mercado norteamericano. Y los argentinos no estaban dispuestos a llegar a un acuerdo comercial con Estados Unidos si la reciprocidad contemplada por la ley McKinley no incluía en su alcance a la lana. El segundo motivo irritante era el carácter condicional de la libre entrada de los mencionados productos. Si bien los cueros, el otro producto de exportación clave hacia Estados Unidos, estaba ubicado en la lista libre de arancel, el inciso 3º de la ley McKinley otorgaba al presidente norteamericano el poder para reimplantar el gravamen “sobre cualesquiera de los precitados artículos (o sea, sobre los artículos libres de arancel), siempre que los países de origen no acuerden favores recíprocos á productos de los Estados Unidos”. (19) En otras palabras, si el titular de la Casa Blanca lo juzgaba conveniente, los cueros argentinos podían ser eventualmente gravados con un impuesto de 6% ad valorem, o sea 1 ½ centavo por libra.
   
A principios de enero de 1890, antes de sancionarse la mencionada tarifa, el secretario de Estado James Blaine había invitado al ministro argentino en Washington, Vicente G. Quesada, a cerrar un acuerdo mutuo, ofreciéndole como propuesta la libre admisión de los cueros en Estados Unidos a cambio de la libre entrada en la Argentina del cuero curtido, zapatos y suelas norteamericanos. No obstante, ambos demostraron escasa voluntad de hacer concesiones mutuas y, por esta vía, llegar a un acuerdo. Quesada evitó comprometerse con el ofrecimiento de Blaine, y argumentó como excusa la falta de instrucciones del gobierno argentino respecto de la cuestión. A su vez, el Secretario de Estado norteamericano hizo lo mismo respecto del pedido de Quesada de flexibilizar el arancel sobre la lana.
   
Luego de sancionada la ley McKinley y disgustado porque la anunciada reciprocidad comercial del gobierno norteamericano se limitaba a un solo producto argentino (los cueros) y en forma condicional, el diplomático argentino dejó deslizar una velada amenaza: la de un eventual aumento tarifario sobre el pino blanco norteamericano, en el caso de que las autoridades de Washington llegaran a establecer el derecho de 1 ½ centavo por libra establecido por el inciso 3º de la ley McKinley. (20) Ante el tenso tono al que habían llegado las conversaciones entre Blaine y Quesada, el secretario de Estado norteamericano optó por trasladar la espinosa cuestión de las tarifas sobre la lana a una nueva ronda de negociaciones.  
    El dilema de las autoridades argentinas quedaba claramente explicitado en la siguiente nota del canciller Eduardo Costa, dirigida al Ministro de Hacienda Vicente F. López en abril de 1891, como consecuencia de las conversaciones de Quesada con Blaine:  

“Por la copia adjunta se instruirá V.E. de la conferencia que ha celebrado nuestro Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en Washington (Vicente G. Quesada), relativa á la reciprocidad comercial, de que tanto se preocupa actualmente el Gobierno de los Estados Unidos.
Considerando que es conveniente enviar las instrucciones que el mismo señor Ministro pide para el caso en que fuera requerido nuevamente a abrir negociaciones, ruego á V.E. se sirva indicarme la forma en que debo comunicar á nuestro Representante el pensamiento del Gobierno. (...)
Debo ante todo hacer notar que, existiendo en todos nuestros tratados la cláusula de que la Nación contratante será considerada á la par de la más favorecida, la concesión de favores especiales, colocaría al Gobierno en una situación difícil, por cuanto cada una los pretendería para sí. Podría observarse que la Nación favorecida, habría a su vez acordado á la Argentina tal ó cual concesión especial. Pero, en este mismo caso, las no favorecidas, podrían solicitar colocarse en la situación de las que lo han sido.
Si se concediera a Estados Unidos, por ejemplo, la introducción libre de las maderas, en cambio de igual libertad para los cueros ó las lanas, la Francia pedirá con igual derecho se le permitiera introducir libres sus vinos, por la exoneración que acuerda á nuestros cereales. La Italia haría valer igual consideración en favor de sus pastas y aceites, y así las demás naciones.
De esta manera se encontraría ligada la República por convenciones, arreglos ó compromisos internacionales; y habría comprometido su sistema rentístico de que tanto necesita en la actualidad, á la vez que su libertad para fomentar las industrias nacionales.
(...) la República permite la introducción libre de un número considerable de artículos de producción americana: libros, materiales para ferro-carriles, tramways, usinas de gas, luz eléctrica, arados, palas, etc. En el artículo de mayor importancia, la madera, los derechos, 10%, no pueden ser más moderados. Sólo son de alguna importancia para aquellos artículos manufacturados, que vienen á hacer competencia á la producción nacional.
Podría así decirse, en vista de esta liberalidad de nuestras leyes fiscales, que la República se ha colocado de antemano en el caso de ser acreedora á los beneficios del artículo 3º de la ley Mac-Kinley, pues que la exoneración de derechos sobre artículos americanos equipara, si no excede, á la introducción libre de los cueros argentinos. Podría aun sostenerse que, sin mayores concesiones de nuestra parte, estaríamos autorizados para solicitar la introducción libre de nuestras lanas”. (21)  

El reemplazante de Bayless W. Hanna en la legación norteamericana en Buenos Aires desde 1889 hasta 1893, John R.G. Pitkin, insinuó a las autoridades argentinas la posibilidad del restablecimiento del arancel sobre los cueros en el caso de que éstas no otorgaran concesiones a los productos norteamericanos. El canciller argentino, Estanislao Zeballos, en una nota enviada a Pitkin a fines de diciembre de 1891, protestó sosteniendo que la colocación de un derecho de 1 ½ centavo por libra contradecía lo estipulado en el artículo 3º del Tratado del 27 de julio de 1853, firmado entre los gobiernos de la Confederación Argentina y Estados Unidos, por el cual sus signatarios no podían adoptar medidas mutuamente discriminatorias. Dadas las concesiones otorgadas a Brasil por el convenio de reciprocidad Blaine-Mendonça firmado en 1891, el tratado de 1853 obligaba a las autoridades norteamericanas a permitir el ingreso de cueros argentinos en forma libre de derechos al mercado estadounidense. 
    En esa misma nota, Zeballos, en nombre del gobierno argentino, ofreció a Pitkin una propuesta de negociación, que contenía los siguientes puntos: a) mantenimiento, por parte del gobierno argentino, de la exención de derechos aduaneros a los productos importados provenientes de Estados Unidos que ya gozaban de ese status; b) derogación del arancel a las importaciones de maquinaria agrícola y kerosene; c) mantenimiento, por parte de las autoridades norteamericanas, de la libre introducción de cueros argentinos; y d) introducción de las lanas argentinas en la lista de productos libres de derechos. Pero estas gestiones del ministro de relaciones exteriores argentino cayeron en saco roto. Pitkin, en una nota dirigida al canciller Zeballos en mayo de 1892, sostenía que la Ley de Tarifas de 1890 no incluía en su alcance la lana. (22)
 
    Por cierto, la profundidad alcanzada por la crisis de 1890, la necesidad del gobierno argentino de contar con ingresos aduaneros para enfrentarla (que hacía prácticamente inviable cualquier reducción aún más amplia de las tarifas comerciales), el doble deseo de las autoridades argentinas de no ofender los intereses bancarios europeos (claves en la resolución de la crisis de Baring) y no violar el principio de nación más favorecida vigente en los tratados comerciales firmados con naciones europeas y, finalmente, la desconfianza del gobierno argentino respecto de la durabilidad de una tarifa recíproca con el gobierno norteamericano, fueron todos factores que conspiraron contra la posibilidad de renovación de un acuerdo comercial entre Buenos Aires y Washington. (23)  
    En definitiva, durante los años de vigencia de la ley McKinley (entre 1890 y 1894), los exportadores argentinos de lana no lograron la ansiada reducción, aunque los cueros siguieron ingresando a Estados Unidos libres de derechos. (24)
   
Además, como ya se ha mencionado, otro obstáculo que entorpeció el crecimiento del intercambio bilateral durante la década de 1890 fue la imposición de altas tarifas a los navíos en dificultades que anclaban en los puertos de Buenos Aires y Montevideo. Este inconveniente, ya presente en las décadas anteriores, irritó a los comerciantes norteamericanos pues los colocó en una posición desventajosa frente a sus competidores europeos, que contaban con fletes más económicos y  un servicio marítimo más fluido. Ante los reclamos efectuados por el secretario de la Junta Nacional de Aseguradores Marítimos (National Board of Marine Underwriters), J. Raymond Smith, al Departamento de Estado respecto de esta cuestión, el ministro norteamericano en Buenos Aires, John R.G. Pitkin, pidió explicaciones a las autoridades argentinas. A su vez, éstas respondieron detallando las disposiciones del Ministerio de Hacienda en materia de política aduanera, por las que no existían cargas hacia los navíos norteamericanos en especial, sino que éstas eran aplicables a todo barco que ingresara al puerto de Buenos Aires para efectuar operaciones de carga y descarga en las condiciones ordinarias. Estas disposiciones preveían que los barcos que llegaran al puerto de Buenos Aires en condiciones extraordinarias -es decir, por razones de fuerza mayor y no porque fuera su destino inicial- estuvieran exentos de cargas. (25)
   
Ahora bien, a fines de 1893 comenzó a avistarse alguna solución al conflicto comercial argentino-norteamericano. El Congreso argentino aprobó en esa fecha una lista de productos norteamericanos libres de tarifas aduaneras (petróleo crudo y refinado, aceites lubricantes y madera). Por su parte, el gobierno de Estados Unidos colocó a la lana en la lista libre de tarifas, a través de la ley de tarifas aduaneras Wilson-Gorman, impulsada por los sectores demócratas dentro del Congreso, que entró en vigor el 13 de agosto de 1894. (26) Los efectos de estas concesiones mutuas se reflejaron rápidamente en las cifras de intercambio comercial, ya que las exportaciones totales argentinas al mercado norteamericano alcanzaron en 1895 el valor más alto de la década: 8,9 millones de pesos oro. El Anuario del Comercio Exterior indica que este valor más que duplicaba el alcanzado en 1881. 
    Particularmente, la tarifa Wilson-Gorman estimuló las exportaciones argentinas de lana al liberarlas de derechos aduaneros, a tal punto que, según el informe del Consulado argentino en Washington correspondiente a 1900, los criadores de ganado norteamericanos consideraron al año de 1896, época de las “lanas libres”, como el peor en los anales de ese producto. El mencionado informe señalaba que “las fuertes cantidades que por tal motivo entraron al país, ejercieron mucha presión sobre el valor del artículo (...)”. Mencionaba además que los productores norteamericanos “pasaron por un período de continua depresión y liquidación de las grandes existencias á precios que arrojaban serias pérdidas”. (27) Las estadísticas confirmaron el efecto positivo de la tarifa Wilson-Gorman para las exportaciones argentinas, ya que las exportaciones de lana sucia pasaron de 4449 toneladas en 1893 a 6129 en 1894, y en 1895 casi se duplicaron, saltando a 12.187 toneladas. En 1896 el volumen de lana sucia exportada cayó, pero aun así representaba casi el doble del registro obtenido en 1893. (28)
   
No obstante, la tregua comercial impuesta por la ley Wilson-Gorman de 1894 tuvo corta vida. En 1897, el gobierno republicano de William McKinley (1897-1901) impulsó mayores tarifas sobre la lana, e impuso una tasa sobre los cueros, hasta entonces libres de arancel. McKinley respondió de este modo a las presiones provenientes tanto de los criadores de lanar, perjudicados por las “lanas libres” importadas de la Argentina, como de los elementos de su propio partido, partidarios del proteccionismo comercial. Las nuevas tarifas impuestas por la ley Dingley, establecida a partir del 24 de julio de 1897, eran de 11 centavos por libra sobre la lana de primera clase (Merina, mestiza u otras merinas o lana para ropa); 12 centavos por libra sobre la lana de segunda (Lincoln o lana de peine) y sólo 4 centavos por libra la lana de tercera (lana criolla o lana para alfombras). Por su parte, los cueros dejaron de figurar en la lista de productos libres de arancel y fueron gravados 15% ad valorem. (29)
   
El impacto de la ley Dingley fue directo en el caso de las exportaciones de lanas de clase superior (de primera y segunda),  que se habían incrementado en los primeros seis meses de 1897 aprovechando la cláusula libre de la antigua tarifa Wilson-Gorman. Estos envíos de clases superiores de lana prácticamente cesaron cuando en agosto comenzaron a aplicarse los gravámenes aprobados por la ley Dingley. En cambio, la nueva ley tarifaria no afectó mayormente a las exportaciones de lana de tercera o “lana criolla”, de menor calidad y utilizada para la fabricación de alfombras en Estados Unidos. Por cierto, la tarifa diferencial se debía a que las lanas norteamericanas de tercera -a diferencia de las de primera y segunda clase- existían en una proporción insignificante en el consumo interno (5%), razón por la cual no eran afectadas por las importaciones. (30)
   
El informe del consulado argentino en Washington correspondiente a 1898 señaló que el ingreso de lana argentina a Estados Unidos en ese año había sido mucho menor que en 1897 y que su venta era lenta. (31) De acuerdo con las estadísticas oficiales, el efecto de la tarifa Dingley sobre las exportaciones argentinas de lana sucia a Estados Unidos no deja margen de duda: en 1898 éstas cayeron a una tercera parte del volumen de 1897. Existió una leve recuperación en 1899 y 1900, pero sin alcanzar los registros de 1896 y 1897. (32) No obstante, los informes consulares argentinos desde Washington mencionan, a partir de 1901-1902, un crecimiento de la demanda de las lanas más finas o mestizas (de primera clase o también llamadas crossbreds) a pesar de la existencia de la tarifa Dingley, impulsado por los comerciantes de Boston. Pero como la fuente se limita a reproducir los desembarques de lanas argentinas sólo en ese puerto, hay que tomar con precaución dicha afirmación. (33)
   
El impacto de la ley Dingley sobre las exportaciones argentinas de cueros, al derogar su status libre de derechos aduaneros, fue evidente. La nueva ley tarifaria influyó negativamente sobre las exportaciones de cueros vacunos secos hacia Estados Unidos que, tras incrementar su volumen de 9643 toneladas en 1896 a 12.808 toneladas en 1897, cayeron a 10.758 toneladas en 1898 y, tras una leve recuperación en 1899, llegaron a 11.100 toneladas en 1900. (34) En cuanto a las ventas de cueros vacunos salados, si bien las estadísticas oficiales no otorgan registros de los años 1897 y 1898, se puede apreciar una fuerte caída en términos de volumen y valor en los dos años siguientes. En 1899 la Argentina exportó a Estados Unidos 358 toneladas de cueros vacunos salados, con un valor de 69.617 pesos oro. Para 1900, sólo vendió 22 toneladas de este producto, valuados en 5110 pesos oro. (35)
   
No obstante, se registraron algunos matices. Por ejemplo, las ventas de cueros lanares sucios parecen no haber sido afectados inmediatamente por el impacto de la nueva tarifa, ya que prácticamente se duplicaron de 1897 a 1898, pasando de 7 toneladas con un valor de 780 pesos oro a 13 toneladas con un valor de 1949 pesos oro. Para 1899, las ventas de este rubro se habían triplicado en volumen respecto del año anterior y más que sextuplicado respecto de 1897, al llegar a 45 toneladas, con un valor de 8103 pesos oro. Sin embargo, en 1900 no se registra exportación de este rubro. (36)
   
Ante la inminencia del tratamiento del proyecto de ley Dingley en 1897, el entonces ministro argentino en Estados Unidos, Martín García Merou, argumentaba en su informe que la lana que llegaba de la Argentina al mercado norteamericano era de calidad inferior -para alfombras-, que precisamente no se producía en Estados Unidos y, por lo tanto, no había necesidad de gravamen. Incluso García Merou apostó a la posibilidad de que la tarifa Dingley generara protestas en los importadores norteamericanos fabricantes de alfombras. (37)
   
Esta apuesta no fue del todo infundada ya que, en el caso de los cueros, las autoridades del Estado de Massachusetts combatieron su arancelamiento. Incluso el representante de ese Estado en el Congreso norteamericano, Ernest W. Roberts, presentó un proyecto de ley para anular el derecho del 15% ad valorem sobre los cueros importados. En su opinión, esta tarifa era desastrosa para el fabricante de calzado norteamericano que deseaba exportar sus productos, pues “aumenta el costo de éstos en un 15%, mientras el curtidor de cueros extranjero, por medio de la cláusula de la ley “Dingley”, que concede un drawback al exportador de cueros curtidos, puede vender sus cueros al fabricante de calzado extranjero con un 10 ó 12% de rebaja sobre el precio á que los vende el fabricante norteamericano”. (38) Asimismo, la presión de los importadores de cueros de Boston, entre ellos de la empresa Shoes & Leather Manufacturers, para reducir el derecho del 15% ad valorem que pesaba sobre las importaciones de cueros argentinos generó en la legación argentina la esperanza de que los cueros volvieran al status de artículos libres de arancel. (39) 
   
Frente a la sanción de la ley Dingley, el gobierno argentino amenazó con altas tarifas sobre productos norteamericanos como maquinarias agrícolas y madera, entre otros rubros. Aunque el Congreso rechazó la actitud del Ejecutivo, la tarifa de 1898 gravó productos norteamericanos tales como prendas de algodón para marineros (57%), cinturones de cuero (133%) y aceite lubricante (cerca de un 164%). (40)
   
Estas medidas de represalia generaron la reacción del lado norteamericano. Los miembros de la Asociación de Madera de la Costa del Golfo (Gulf Coast Lumber Association), integrada por los exportadores de pino amarillo norteamericano, pronto hicieron oír su voz de protesta, pues sostenían que las medidas adoptadas eran discriminatorias y favorecían a la madera canadiense. A su vez, los miembros de la Compañía de Aceite de Algodón de Estados Unidos (American Cotton Oil Company) protestaron ante el aumento de la tarifa sobre el aceite de semilla de algodón. El Congreso argentino justificó la tarifa alegando que la misma buscaba proteger a los productores de aceite de maní de las provincias de Santa Fe y Corrientes, amenazados por la competencia del aceite de semilla de algodón proveniente de Estados Unidos. Este argumento fue rechazado por el representante norteamericano William Buchanan, quien sostuvo que el precio de la semilla de algodón en Nueva York en ese momento era más alto que el precio del aceite de maní en Buenos Aires, y por lo tanto los productores argentinos no necesitaban una legislación protectora. (41)
   
Cabe aclarar que, a pesar de los inconvenientes provocados por la ley Dingley,  el canciller argentino, Amancio Alcorta, y el ministro norteamericano en Buenos Aires, William Buchanan, negociaron durante 1898 un acuerdo comercial que establecía concesiones mutuas. La convención Alcorta-Buchanan, firmada el 10 de julio de 1899, establecía las siguientes cláusulas: a) rebaja del 20% de los derechos a azúcares, cueros secos o salados, lana de primera, segunda y tercera categoría, por parte de las autoridades de Estados Unidos; b) reducción del 50% sobre los derechos a conservas, frutas y molinos de viento y limitación del impuesto sobre maderas norteamericanas al 15% ad valorem, por parte del gobierno argentino. (42) Pero esta convención nunca  llegó a ser ratificada por el gobierno norteamericano, pues la presión de los criadores de lanares norteamericanos impidió su aprobación en el Senado. (43) 
    Años más tarde, factores externos volvieron a influir sobre la relación comercial bilateral. Las reducciones arancelarias dispuestas por las nuevas tarifas Payne-Aldrich (1909) y Underwood-Simmons (1913), aprobadas por el Congreso norteamericano en los años inmediatamente anteriores a la Primera Guerra Mundial, estimularon las exportaciones argentinas a Estados Unidos. De acuerdo con el Anuario del Comercio Exterior correspondiente, éstas duplicaron su valor entre 1908 y 1909, pasando de 13 millones de pesos oro a 26,1 millones de pesos oro. Si bien en 1910 y 1911 mostraron una tendencia levemente descendente con respecto a 1909, nunca volvieron a los bajos niveles anteriores a dicho año, lo cual evidenciaba el efecto positivo de las rebajas arancelarias. El examen de los porcentajes de participación de las exportaciones argentinas a Estados Unidos sobre el total exportado de cada año revela idéntica tendencia: de un 3,6% en 1908 saltan a un 6,6% en 1909 y, salvo 1913 (con un 4,4%), los porcentajes se mantuvieron por encima de los registrados antes de 1909.
 
    La tarifa Payne-Aldrich, aprobada por el Congreso norteamericano el 5 de agosto de 1909, concedió a las exportaciones argentinas el beneficio de tarifa mínima, y pasó a tener vigencia a partir del 31 de marzo de 1910. (44) Por su parte, la tarifa Underwood-Simmons de 1913 colocó cerca de 90% de las exportaciones argentinas en la lista libre de aranceles (incluyendo en esta categoría el maíz y cereales en general, la carne, los cueros, la lana, y el extracto de quebracho), mientras redujo los derechos sobre muchos otros rubros exportables (entre ellos la semilla de lino). (45) Las ventas argentinas de maíz a Estados Unidos casi se duplicaron entre 1913 y 1914, lo cual significó en valor un aumento de 2.105.913 a 3.458.000 pesos oro. (46) Asimismo, la exportación de bovinos y carneros congelados se incrementó en volumen, pero mucho más en valor. Idéntica tendencia tuvieron las exportaciones de bovino enfriado, que saltaron de 416 a 6802 toneladas entre 1913 y 1914, mientras su valor se incrementó de 41.616 pesos oro a 680.132 pesos oro. (47) Las exportaciones de lana sucia, al ser incluidas en la lista libre de aranceles, registraron un crecimiento espectacular, duplicando su volumen y valor entre 1913 y 1914 (pasaron de 8.854 toneladas, con un valor de 3.338.056 pesos oro, a 17.100 toneladas, con un valor de 6.880.333 pesos oro). (48) 
   
A su vez, las exportaciones de cueros también se vieron estimuladas por su colocación en la lista libre de aranceles. Rubros como cueros lanares salados y cueros lanares sucios saltaron de 657 a 1424 toneladas y de 128 a 174 toneladas y prácticamente duplicaron sus respectivos valores entre 1913 y 1914. Las exportaciones de cueros vacunos salados pasaron de 10.918 a 36.391 toneladas en esos mismos años, siendo sus valores 4.082.268 y 13.209.349. Las de los cueros vacunos secos en cambio cayeron en mínima proporción. (49)
   
Curiosamente, las exportaciones de extracto de quebracho, a pesar de su importancia para la industria del cuero norteamericana y a pesar de estar en la lista de productos exentos de arancel, cayeron de 28.402 toneladas con un valor de 1.772.039 pesos oro en 1913, a 13.144 toneladas con un valor de 855.147 pesos oro en 1914. (50) Pero si bien las reducciones arancelarias norteamericanas entre 1909 y 1913 produjeron efectos positivos para las exportaciones argentinas, el crecimiento de éstas en esos años no se dio de manera uniforme en todos los rubros y además estuvo atenuado por el incremento de las importaciones. Las rebajas arancelarias norteamericanas entre 1909 y 1913 no fueron suficientes para revertir los déficits en la balanza comercial argentina con respecto a Estados Unidos. Recién en 1914 la Argentina tuvo una balanza comercial favorable con Estados Unidos.
   
Por otra parte, de modo similar a lo ocurrido con las exportaciones argentinas hacia Estados Unidos, las de manufacturas norteamericanas hacia la Argentina tampoco estuvieron exentas de barreras tarifarias en la década de 1900. Tal fue el caso de los aranceles sobre las partes y los repuestos de las máquinas agrícolas, que trabaron el ingreso de uno de los rubros más importantes de las exportaciones norteamericanas hacia el mercado argentino.  Las autoridades argentinas alegaron, para defender la existencia de esta tarifa protectora, que las partes no se consideraban como parte integral de la maquinaria importada, y por ello debían pagar una tarifa ad valorem del 25%. Las norteamericanas replicaron que estas partes constituían, por su carácter elemental para el funcionamiento de la maquinaria, partes integrales de la misma y, por lo tanto, juzgaron como injustas las medidas aduaneras adoptadas. (51) Finalmente, el Comité de Presupuesto del Senado argentino falló en 1905 parcialmente en favor de la postura norteamericana, extendiendo a las partes de las máquinas agrícolas los beneficios acordados a las máquinas enteras. (52)  
    Ahora bien, el intercambio comercial bilateral también se vio afectado en este período por cuestiones relativas a infraestructura y transporte. En efecto, a las barreras arancelarias que obstaculizaban el intercambio comercial entre la Argentina y Estados Unidos se sumaba la falta de transporte marítimo regular entre los puertos de Buenos Aires y Nueva York. Por cierto, la presencia de los navíos comerciales norteamericanos en Buenos Aires en este período fue irrelevante en comparación con la de los barcos británicos.  En 1873 ningún barco de vapor norteamericano llegó al puerto de Buenos Aires. En 1887, los barcos de vela de origen británico que arribaron a dicho puerto sobrepasaron a los norteamericanos en una proporción de 662 contra 74. En el caso de los barcos de vapor, la proporción fue de 363 contra 7. En 1889, en el puerto de Buenos Aires se registró la entrada de un solo barco de bandera norteamericana. (53) 
   
A lo largo de la década del 80 algunos hombres de empresa norteamericanos, como el coronel W.P. Tisdel (agente de la United States and Brazil Mail Steamship Line), intentaron revertir esta situación estableciendo una línea marítima directa de barcos de vapor entre Buenos Aires y Nueva York. Tisdel encontró el respaldo del gobierno argentino, pero ésta y otras iniciativas individuales no lograron concretarse hasta mucho después de 1900. (54) 
   
En el informe anual del consulado argentino en los Estados Unidos correspondiente al año 1894 se señalaba claramente que las tres firmas entonces encargadas de la navegación de barcos a vapor entre Nueva York y Buenos Aires (Norton y Son, Lamport y Holt y John C. Seager) no asignaban fechas fijas a los viajes de sus barcos de vapor, despachándolos según el flete que ofrecía la plaza. Rara vez estos barcos efectuaban el regreso de Buenos Aires directamente y cuando llegaban a este puerto, lo hacían después de haber hecho escala en Brasil para recoger cargas de café, azúcar y otros productos. (55) La falta de una línea marítima directa entre Buenos Aires y Nueva York llevó a los exportadores norteamericanos a enfrentar el dilema de aceptar la conocida travesía del Atlántico hacia Europa y subordinarse al control de los comerciantes europeos o aventurarse a los embarques irregulares y a las tarifas no competitivas de la ruta Buenos Aires-Nueva York. (56) 
   
A este inconveniente se sumaba el de la lentitud de los barcos norteamericanos en comparación con los europeos. (57) En 1906, los barcos de vapor provenientes de New York tardaban 35 días para hacer el viaje hacia Buenos Aires, mientras los de origen europeo completaban su viaje en 19 a 25 días. Por su parte, los veleros norteamericanos, que todavía constituían el medio principal del intercambio comercial, requerían alrededor de 90 días. Para 1910, el tiempo de viaje para los barcos de vapor provenientes de Estados Unidos mejoró sustancialmente, aunque mantenían la desventaja respecto de sus competidores europeos. Mientras las primeros tardaban en promedio 26 días, los provenientes de Europa lo hacían en sólo 15. En consecuencia, una orden de compra argentina desde Estados Unidos podía demorar cerca de 90 días para ser concretada, mientras los europeos lo hacían en la mitad de ese tiempo. (58)
 
    Como consecuencia de las demoras y la lentitud de los cargamentos de retorno, el servicio entre Buenos Aires y Washington sufrió altas cargas, que fueron particularmente notables en el caso del servicio de pasajeros. De hecho, un viaje desde la Argentina hacia Estados Unidos vía Europa llegó a costar menos que un pasaje directo entre Buenos Aires y Nueva York. Asimismo, no caben dudas de que si los productores norteamericanos de hierro galvanizado hubieran tenido los mismos económicos servicios navieros que sus contrapartes europeos, aquellos habrían controlado en forma monopólica el mercado argentino. En consecuencia, no sorprende que el cónsul general norteamericano en Buenos Aires considerase el pobre sistema naviero como el principal obstáculo a un incremento de las  relaciones comerciales bilaterales. (59) Evidentemente al no existir un intercambio comercial fluido, producto de los aranceles proteccionistas, no había aliciente para el establecimiento de un servicio de barcos de vapor directo y  regular entre ambos países. (60)  
    Otros problemas que entorpecieron el intercambio comercial entre la Argentina y Estados Unidos fueron la ineficiencia y demora del servicio de correo marítimo norteamericano  (sujeto a demoras no menores de 90 días), la dependencia respecto del servicio de correo europeo y los bajos fletes de los barcos europeos en comparación con los norteamericanos. (61) Los exportadores norteamericanos tampoco pudieron hallar una salida alternativa en los negocios por telégrafo, monopolizados por firmas británicas en Brasil, Uruguay y la Argentina. Aunque la empresa norteamericana Centraland South American Telegraph Company logró en 1892 el acceso directo a Buenos Aires a través de Valparaíso, la primera línea de cable atlántico entre Estados Unidos y la Argentina no se abrió hasta 1919. (62)  
    La lista de inconvenientes quedaría incompleta si se pasara por alto la escasa inversión norteamericana en el mercado argentino durante la década de 1880 -escasa en comparación con la abrumadora presencia del capital británico y la creciente importancia de las inversiones francesas y alemanas. Ante esta realidad, los exportadores norteamericanos se encontraban desprotegidos frente a los poderosos exportadores provenientes de países europeos. Si bien hubo promotores norteamericanos individuales, éstos dependían de Europa para la financiación de sus proyectos. (63) 
   
Además de no contar con un fuerte respaldo inversor, la estrategia adoptada por las casas comerciales norteamericanas no era lo suficientemente agresiva como para inquietar a sus colegas británicas, francesas y alemanas, con una presencia mucho más antigua y enraizada. A diferencia de las británicas, las casas comerciales norteamericanas no lograron establecer sucursales, o enviar representantes. A diferencia de las alemanas, no estudiaron las necesidades de la sociedad argentina y revelaron escaso interés en satisfacer sus gustos. Al contrario de la mayoría de los comerciantes europeos, los norteamericanos se negaron a otorgar crédito en términos liberales. Finalmente, la comunidad mercantil norteamericana era pequeña (menos de 600 norteamericanos vivían en Buenos Aires en 1887) y no logró tener la capacidad de presión e influencia en la sociedad argentina que caracterizó a los residentes británicos, franceses, alemanes o italianos. (64)
   
Un claro testimonio de las falencias apuntadas fueron los informes del cónsul norteamericano en Buenos Aires,  E. L. Baker, correspondientes a los años 1894-1895. Baker sostenía:  

“... La verdad es que, social y comercialmente hablando, somos gente extraña para el pueblo de la Argentina. No hay aquí en todo el país cien ciudadanos de los Estados Unidos; y de éstos, menos de 25 están ocupados en asuntos comerciales con los Estados Unidos, y sólo uno ó dos en la importación de productos manufacturados de nuestro país. Apenas si se puede decir que, en las clases comunes de mercancías manufacturadas, haya ninguna casa de los Estados Unidos en el Río de la Plata. El comercio de importación de los Estados Unidos está todo en manos extranjeras -inglesas, francesas y alemanas. Bien puede inferirse de esto que, en el curso ordinario del comercio, ninguna orden se envía á los Estados Unidos, si iguales efectos pueden conseguirse en sus casas corresponsales de Europa, y en iguales circunstancias, prefieren comprar á los últimos, si les es posible, por la razón de que les es más conveniente y más expedito. (...) Ellos (los manufactureros norteamericanos) no pueden contentarse, como hasta aquí, en seguir esperando y admirándose de que el comercio de la Argentina no sea dominado por ellos. Si lo desean, tendrán que ganarlo; si lo pretenden, tendrán que hacer esfuerzos para conseguirlo. Tendrán que buscarlo aquí, donde está. Las importaciones de la Argentina se hacen principalmente por comerciantes ingleses, alemanes, belgas, y franceses, quienes tienen sus establecimientos en el Río de la Plata, y quienes, estando aquí mismo, no sólo saben la clase de efectos que el país requiere, sino también saben donde pueden colocarse con la mayor ventaja al llegar aquí. Hasta que los productos y manufactureros de los Estados Unidos tengan aquí en Buenos Aires, casas de su país que los anuncien y busquen donde venderlos en los términos más favorables, no debe esperarse que los productos de los Estados Unidos se encuentren en situación satisfactoria. No debe esperarse que las casas extranjeras se interesen en la venta de los efectos de los Estados Unidos en la Argentina, excepto cuando ella no dificulte la venta de los productos de sus propios países. Si ellos dan órdenes por efectos de los Estados Unidos, es tan sólo en aquellas clases que no pueden conseguirse en sus propios países. (...) Cuando tengamos aquí casas de los Estados Unidos que vendan los productos de nuestro país, observaremos un cambio favorable en las relaciones comerciales de ambas naciones, y no debemos esperar hasta entonces que este cambio se realice”. (65)

Sin embargo, cabe destacar que, frente a la actitud conservadora del capital británico, el de origen norteamericano procuró aprovechar las escasas oportunidades que ofreció el mercado argentino entre 1880 y 1914. Además de tener un gran interés en los campos manufacturero y comercial, los financistas norteamericanos hicieron una serie de intentos por desplazar la primacía europea –particularmente, británica- en materia de préstamos al gobierno argentino.
   
Asimismo, durante los años de la resolución de la crisis Baring se registraron algunos intentos de las autoridades de Estados Unidos por atraer a la Argentina a su órbita de influencia financiera. En marzo de 1892, el ministro norteamericano en Buenos Aires, John R.G. Pitkin, ofreció al gobierno argentino la concesión de un préstamo de 100 millones de pesos. Este empréstito finalmente no pudo concretarse porque el gobierno de Washington exigía que se estableciera, mediante una legislación especial, un banco de propiedad norteamericana. Esta exigencia norteamericana ponía en un serio aprieto a las autoridades argentinas, que no deseaban adoptar ningún paso que pudiera causar recelo en los banqueros europeos, en manos de los cuales estaba la resolución de la crisis Baring. En consecuencia, el gobierno argentino condicionó la aceptación de esta exigencia norteamericana a que el futuro banco trabajara de acuerdo con la legislación en vigor para  las operaciones del Banco de Londres y Río de la Plata. (66) 
   
Según fuentes británicas, esta propuesta norteamericana iba más allá de la simple concesión de un empréstito para desplazar el protagonismo financiero británico en la resolución de la crisis de Baring. Revelaba también un deseo de la administración norteamericana por desplazar al Foreign Office en términos de influencia político-diplomática en el Cono Sur. En este sentido, las autoridades norteamericanas procuraban consolidar el protagonismo político insinuado en la mediación de sus embajadores en Buenos Aires y Santiago -los Osborn- en las negociaciones que llevaron al tratado de límites argentino-chileno de 1881. De acuerdo con esta intención, el gobierno de Estados Unidos propuso al de la Argentina un acuerdo político que explicitaba el compromiso de Washington de apoyar a las autoridades de Buenos Aires en cualquier conflicto que pudiera estallar entre la Argentina y Chile, con el objeto de “destruir la influencia británica en el Pacífico” e impedir “toda intervención extranjera en el caso de que surjan dificultades por la deuda externa argentina”. (67)
   
De este modo, las autoridades norteamericanas procuraron desplazar la influencia política y económica británica en la Argentina y países vecinos utilizando un arma económica en un momento de angustia financiera. Otro indicador del deseo del gobierno norteamericano de revertir la influencia británica en el Cono Sur fueron los intentos, registrados entre abril y mayo de 1892, por comprar una base naval en la Argentina o Uruguay. Esta movida norteamericana generó resquemor en Londres, dado que la presencia naval en las costas argentinas era una de las llaves del predominio británico.
   
En particular, los miembros del Foreign Office se inquietaron con el rumor de una alianza argentino-norteamericana, propuesta aparentemente por el almirante de una flota naval norteamericana de visita en Buenos Aires. El titular de la legación norteamericana en Buenos Aires intentó disipar estos rumores aclarando al encargado de negocios británico que no había hecho otra cosa que proponerse como árbitro en las disputas entre Estados sudamericanos. En su informe al Foreign Office, el encargado de negocios británico Alfred Herbert admitió dos posibilidades: o bien el Ministro de Relaciones Exteriores argentino entendió más de lo que los norteamericanos realmente ofrecieron, o bien el ministro norteamericano no propuso la polémica alianza, que en realidad habría sido propuesta por el citado almirante norteamericano. (68)
   
Pero los intentos de Washington por ligar un posible préstamo a la Argentina a una eventual alianza argentino-norteamericana, fuera cual hubiere sido su real alcance, pronto se desvanecieron. A la reticencia de las autoridades argentinas por adoptar cualquier paso que obstaculizara sus negociaciones con los banqueros europeos en el marco de la crisis de Baring, se sumó el problema de las tarifas aduaneras (e.g., la ley McKinley de 1890, que colocaba derechos sobre la lana que el gobierno argentino consideraba prohibitivos).  
    En el plano de las relaciones financieras bilaterales, debe mencionarse el problema generado con una de las dos compañías de seguros norteamericanas instaladas en la Argentina debido a la decisión del Congreso argentino de aplicar a todas las compañías de seguros extranjeras una serie de recargos impositivos. George B. Williams, representante de la firma The Equitable Life Assurance Society de Nueva York, envió al secretario de Estado James G. Blaine una carta a fines de 1890, en la cual se quejaba de que el Congreso argentino había propuesto tarifas excesivas y a la vez discriminatorias hacia las compañías de seguros extranjeras, dado que sus pares argentinas no pagaban impuesto. Según la carta de Williams a Blaine, la propuesta presentada ante el Parlamento argentino consistía en la imposición de un derecho de licencia de $10.000 con un depósito de $100.000, un impuesto del 7% sobre las primas, un 7% sobre dividendos o ganancias y, en ausencia de dividendos, un 7% sobre el monto destinado al fondo de reserva. Williams sostenía que esta medida intentaba dejar a las compañías extranjeras fuera del negocio. (69)
   
Consecuentemente, la legación norteamericana en Buenos Aires presentó dos notas de protesta al gobierno argentino durante el mes de enero de 1891. En la segunda, el ministro norteamericano en Buenos Aires, John R. G. Pitkin, sostenía que la disposición contradecía el contenido del artículo 9º del tratado de julio de 1853, firmado por los gobiernos de la Confederación Argentina y Estados Unidos, que establecía que los ciudadanos de ambas partes contratantes no debían pagar impuestos o contribuciones más altos que los ciudadanos nativos. (70)
   
Finalmente, la compañía de seguros logró una resolución favorable: el 2 de mayo de 1891, el gobierno argentino sacó a luz un decreto en el que declaraba que la firma The Equitable Life Assurance Society podía continuar sus operaciones en las mismas condiciones que las compañías de seguros argentinas, bajo la condición de que estuvieran en la Argentina tanto su directorio como la radicación del 50% de su capital adeudado. Como el resto de las compañías extranjeras optara por retirarse del mercado, la compañía norteamericana gozaría de menor competencia y de una posición firme respecto de las compañías nativas. (71)  
    En 1909 la firma J.P. Morgan y Compañía ofreció al gobierno argentino un empréstito de 50.000.000 de dólares, aprovechando la negativa de los financistas y del gobierno francés a conceder un préstamo pedido por las autoridades de Buenos Aires para financiar obras públicas. (72) La oferta de la casa financiera norteamericana le permitió al gobierno argentino atraer intereses financieros europeos y obtener un empréstito interno de 48.235.000 dólares de los banqueros de Londres, París, Berlín y Nueva York. El consorcio de J.P. Morgan, the First National Bank y the National City Bank compraron un valor de 9.647.000 dólares. De acuerdo con los informes del encargado de negocios norteamericano Robert W. Bliss en 1913, J.P. Morgan estaba aparentemente comprando bonos argentinos de la Baring Brothers de Londres. (73)
   
También un grupo de banqueros particulares norteamericanos intentó financiar los armamentos navales argentinos, entonces bajo construcción en Estados Unidos, pero chocó con la negativa del gobierno argentino. A pesar de las reservas de las autoridades de Buenos Aires, los financistas norteamericanos no se limitaron a ofrecer préstamos: según una estimación, entre 1900 y 1913 se fundaron 34 corporaciones en las que fue invertido capital norteamericano, y cuyos rubros fueron variados, como manufacturas de metal, empresas de electricidad y operaciones de hacienda. (74) En 1907, por ejemplo, los norteamericanos recibieron concesiones para instalar plantas de energía eléctrica en Córdoba y Tucumán. Incluso los hombres de negocios argentinos y norteamericanos combinaron sus fuerzas en un malogrado esfuerzo por explotar los depósitos de oro en la costa de Tierra del Fuego. (75)  
    A pesar de los mencionados intentos protagonizados por financistas y empresarios norteamericanos, lo cierto es que hasta 1914, la presencia financiera norteamericana en el mercado argentino no tuvo la relevancia suficiente como para competir con la británica. Poco dinero norteamericano fue a parar a los títulos públicos argentinos durante la década de 1880, y hasta después de 1900 ni los bonos ni las industrias instaladas en la Argentina atrajeron mucho capital norteamericano. El hecho estaba vinculado a la vigencia de una ley norteamericana que prohibía el establecimiento de sucursales bancarias en el exterior. Esta situación sufrió un vuelco clave en noviembre de 1914, cuando, utilizando la Ley de Reserva Federal de 1913, el National City Bank of New York estableció la primera sucursal de un banco norteamericano en Buenos Aires. (76)  
    Un factor que indudablemente alivió los obstáculos presentes en los vínculos comerciales entre Buenos Aires y Washington hacia 1913 fue la aprobación de la Ley de Reserva Federal (Federal Reserve Act), que reforzó la posición competitiva de Estados Unidos en el mercado argentino. Antes de la sanción de esta ley, los exportadores norteamericanos estaban obligados a recurrir a los bancos extranjeros para obtener la mayor parte de su información sobre créditos de ultramar. Además, pocos bancos estatales norteamericanos tuvieron antes de 1913 autorización para establecer sucursales de ultramar, y ninguno lo había hecho en la Argentina. Incluso, los bancos tenían prohibido por decisión judicial aceptar giros o letras de cambio provenientes de transacciones comerciales. 
    Este inconveniente obligó a las casas comerciales norteamericanas a relacionarse con bancos extranjeros para realizar las transacciones, dándole a otras naciones la oportunidad de adquirir información acerca de los negocios norteamericanos. Los hombres de negocios norteamericanos llegaron a pagar en 1913 un promedio de ¼ del 1% a los bancos británicos por utilizar letras de cambio de Londres. Pero una vez que estas letras de cambio arribaban a Londres, los exportadores argentinos tendían a gastar sus fondos más en Gran Bretaña que en Estados Unidos. La ley de Reserva Federal alteró radicalmente esta situación. Autorizó a los bancos norteamericanos a establecer sucursales en el exterior. Los bancos podrían aceptar letras de cambio o giros provenientes del comercio exterior y la Reserva Federal podría hacer redescuentos de esos mismos papeles. Esta flexibilización permitió el incremento del monto de capital financiero norteamericano disponible para préstamos en la Argentina. (77)
 
    El National City Bank of New York fue el primero en utilizar las ventajas de la nueva legislación. El banco comenzó a estudiar la situación bancaria argentina en 1908 y, estimulado por el ministro Sherrill y el Departamento de Estado, logró un completo conocimiento del mercado argentino hacia 1913. Tan pronto como fue aprobada la ley de Reserva Federal, el banco anunció que su primera sucursal de ultramar sería abierta en Buenos Aires al año siguiente.  
    En consonancia con estos desarrollos y, contrastando con la escasa presencia inversora y comercial de Estados Unidos en la Argentina en las décadas de 1880 y 1890, en el período 1900-1914 se registró un importante avance de las inversiones norteamericanas. Si bien éstas no fueron aún tan importantes como las británicas en cuanto a volumen, tuvieron un comportamiento más diversificado. Las firmas norteamericanas instaladas en el mercado argentino cubrieron un amplio espectro de actividades, desde frigoríficos (Swift, Armour, Frigorífico Wilson), bancos (el National City Bank of New York, autorizado para radicarse en la Argentina en 1914) o la construcción de cables submarinos (caso de la firma All American Cables, autorizada en 1900), pasando por la fabricación de maquinarias agrícolas (como la I.I. Case de Wisconsin, autorizada en 1902) y de oficinas (la Remington Tapewriter de Nueva York, la National Cash Register de Ohio, autorizadas en 1911 y 1913, respectivamente), de medios de transporte (Pullman Standard Car Export Co. y Middletown Car Co., ambas firmas de Pittsburgh y ambas autorizadas en 1913), de productos químicos y farmacéuticos (Droguería americana, autorizada en 1909), hasta la explotación de petróleo (Vacuum Oil Co. y West India Oil, ambas de Nueva York, autorizadas a instalarse en la Argentina en 1909 y 1911, respectivamente). (78)  
    No obstante, el intento por ingresar a los ferrocarriles de propiedad británica fue indudablemente el más ambicioso de los proyectos de inversión del capital norteamericano, dada la tradicional primacía del capital inglés en este rubro. En 1912, un grupo de financistas norteamericanos fundó la firma the Argentine Railway Corporation en Maine. La corporación negoció el control de cuatro ferrocarriles menores y obtuvo la concesión para construir una línea adicional de 25 millas. Obtuvo su éxito mayor en enero de 1913, cuando logró el control sobre las operaciones del Ferrocarril Central Córdoba, una de las cinco grandes compañías británicas. Sin embargo, dicha corporación ferroviaria norteamericana entró en quiebra cuando no pudo obtener los fondos suficientes para cubrir sus obligaciones con los propietarios de varios ferrocarriles. (79)  
    Sin duda, las inversiones norteamericanas en la industria frigorífica fueron la primera inversión importante de Estados Unidos en el mercado argentino en los primeros años del siglo XX. La firma norteamericana Swift and Company ingresó en el mercado argentino y compró en 1907 el control del frigorífico La Plata Cold Storage Company en Berisso, de capital británico. Esta fue la primera inversión norteamericana en este rubro. La Plata Cold Storage pasó a ser Swift and Co. La Plata. (80) En 1909, en un segundo paso, la National Packing Company, una combinación de las firmas norteamericanas Swift, Morris y Armour, compró La Blanca en Avellaneda, de capitales argentinos, pagando un tentador precio de 144 pesos por acciones que valían 77. (81)
   
La clave de la fuerza de los capitales norteamericanos radicó en su enorme poder financiero, capaz de hacer frente tanto a la débil presencia argentina como al entonces hegemónico capital británico. Los norteamericanos demostraron un enorme interés en invertir en este sector en la primera década del siglo XX, y esta tendencia estuvo probablemente vinculada a la escasez de ganado en Estados Unidos. Hacia 1910, los frigoríficos norteamericanos con sede en Chicago estaban embarcando más de la mitad de la carne enfriada que se exportaba desde la Argentina. En 1914, los grupos frigoríficos norteamericanos, liderados por las empresas Armour y Swift, controlaban entre la mitad y las dos terceras partes de la producción frigorífica en la Argentina. (82)  
    Por su parte, alarmados por el avance norteamericano en la industria frigorífica, los intereses británicos utilizaron todo tipo de recursos para frenarlo. Exhortaron a los estancieros argentinos a establecer plantas cooperativas con las británicas para prevenir los gigantescos monopolios norteamericanos. Pero la mayoría de los ganaderos argentinos frustraron las expectativas británicas, sosteniendo que la competencia entre las compañías frigoríficas inglesas y norteamericanas era beneficiosa para el productor, al elevar los precios del ganado en Buenos Aires a niveles hasta entonces desconocidos. Aun durante la intensa matanza de ganado provocada por los años de sequía entre 1909 y 1912, el precio de aquél se había mantenido excepcionalmente alto, estimulado por la creciente competencia entre los frigoríficos británicos y los norteamericanos. Mientras los precios del ganado se mantuvieran altos, los estancieros verían con optimismo dicha competencia anglonorteamericana, y no tomarían partido en ella, desairando los pedidos de auxilio de los frigoríficos británicos. (83) 
   
El gobierno argentino adoptó idéntica actitud ante los pedidos de intervención de los frigoríficos británicos contra sus competidores norteamericanos. El Ministro de Agricultura de Roque Sáenz Peña, ganadero él mismo, manifestó que su departamento no tomaría ninguna acción contra los frigoríficos norteamericanos, “salvo que se descubriera propósito de trust”. (84) También señaló que “la acción de los frigoríficos norteamericanos, lejos de perjudicar los intereses de nuestra industria ganadera, los ha favorecido, desde que ha provocado una gran valorización en el precio de nuestras vacas y novillos; valorización que, desde un punto de vista general, es también benéfica a los intereses del país...”. (85) 
    La competencia entre las firmas frigoríficas británicas y norteamericanas elevó los precios del ganado, desatando la “primera guerra de las carnes”. Cuando los frigoríficos no pudieron soportar por más tiempo las pérdidas económicas que generaba la suba del precio de la carne, formaron un pool en noviembre de 1911 para acordar cuotas de los envíos totales. De acuerdo con este convenio entre las firmas, los frigoríficos norteamericanos recibieron 41,35%, los británicos 40,15% y los argentinos 18,5%. (86) El primer pool se disolvió a los dos años, en abril de 1913,  porque Armour se expandió y pretendió una participación mayor en el mercado británico (un incremento del 50% como condición para mantenerse en el pool, exigencia que los frigoríficos británicos no aceptaron). (87) Se desató así la “segunda guerra de las carnes”, que culminó en junio de 1914, cuando los frigoríficos competidores acordaron un segundo pool en el cual las firmas norteamericanas incrementaron su participación en las exportaciones, obteniendo 58,5%. Las firmas británicas y argentinas redujeron la suya a 29,64% y 11,86% respectivamente. (88)
   
En cuanto a las inversiones en el sector petrolero, cabe aclarar que entre 1900 y 1914 el petróleo resultaba aún un producto novedoso para los consumidores argentinos y, por lo tanto, proporcionaba menos del 5 % del total de la energía consumida en el país en vísperas de la Primera Guerra. En este contexto caracterizado por la casi ausencia de la producción interna de petróleo, eran las compañías de propiedad extranjera las que importaban los productos derivados del mismo. La más importante de ellas fue la firma West India Oil Company (WICO). Subsidiaria de la Standard Oil de Nueva Yersey, la WICO, gran importadora de combustible, ingresó en el negocio de la refinación en la Argentina en 1911 al conseguir el control de una firma argentina, la Compañía Nacional de Petróleos Limitada (CNP). (89) En 1917 la WICO llegó a proporcionar el 95% de las necesidades argentinas de kerosene y el 80% de las de gasolina. Este factor, sumado a sus grandes ganancias -del 21,2% sobre el capital invertido entre 1912 y 1915- hicieron de la Standard Oil el blanco favorito de los ataques del ingeniero Luis A. Huergo. Si bien la Standard Oil no comenzó a comprar abiertamente tierras petrolíferas en la Argentina hasta 1920, Huergo estaba convencido de que los agentes de la gigantesca corporación norteamericana intentaban someter a su control las mejores reservas petrolíferas. La presión ejercida por Huergo en contra de la política de concesiones petroleras del gobierno de Sáenz Peña ciertamente influyó en el ánimo del Presidente, quien en mayo de 1913 emitió un decreto que declaró nulas y vacantes todas las concesiones no puestas en actividad y amplió la reserva estatal, unas 160.000 hectáreas en el territorio de Chubut. (90)  
    Por otra parte, el capital norteamericano también hizo su aporte en el rubro de armamentos y transporte marítimo. Entre la celebración de la Tercera Conferencia Internacional de Estados Americanos en Río de Janeiro (1906) y la Cuarta Conferencia en Buenos Aires (1910), la competencia armamentista naval desatada entre los gobiernos de la Argentina y Brasil, impulsada por sus respectivos cancilleres, Estanislao Zeballos y el Barón de Río Branco, hacía peligrar el espejismo de unidad panamericana que había surgido en la reunión de Río. En estos años de carrera armamentista argentino-brasileña, los fabricantes de armas norteamericanos procuraron asegurarse un lugar en las compras argentinas de armas y barcos, aunque este esfuerzo implicara la competencia con empresas y astilleros de diversas naciones europeas.
   
Sus reclamos fueron escuchados recién con el reemplazo de Theodore Roosevelt y Elihu Root por el Presidente William Taft (1909-1913) y su Secretario de Estado Knox. La nueva administración norteamericana inauguró la “diplomacia de los acorazados”, una política complementaria de la “diplomacia del dólar” y congruente con los intereses de los fabricantes norteamericanos de armas y barcos de guerra de ganar un espacio en el mercado argentino. Así, durante los años 1909 y 1910 tuvo lugar un importante juego diplomático encabezado por el presidente Taft, el Departamento de Estado y el ministro norteamericano en la Argentina, Charles Sherrill, tendiente a lograr la firma de un contrato con compañías norteamericanas para adquirir dos grandes barcos de guerra y más de un millón de dólares en armamentos. Sherrill tenía el visto bueno de Taft para tratar de persuadir a las autoridades argentinas recordándoles la existencia de un empréstito de 10.000.000 de dólares, recientemente lanzado en Estados Unidos. Incluso, en un momento crítico de las negociaciones, el gobierno norteamericano levantó los derechos a los cueros argentinos. (91)
   
Por cierto, la tarea de Sherrill no fue nada sencilla.  Aunque obtuvo el visto bueno del Canciller y del Presidente Figueroa Alcorta, el Ministro de Marina argentino, evidenciando una clara y tradicional preferencia por sellar contratos con empresas británicas, se opuso a la compra de armas y barcos de guerra a las firmas estadounidenses. La oposición del Ministro de Marina surgió como reacción a la tentativa del ministro norteamericano en Buenos Aires de utilizar en su favor la ruptura de relaciones entre la Argentina y Bolivia para concretar el convenio de armamentos con las empresas norteamericanas. Por iniciativa propia, Sherrill sugirió que la Argentina, en vista de las tensas relaciones con todos sus vecinos, debía cultivar la amistad de Estados Unidos. Ante la reticencia del Ministro de Marina a esta maniobra diplomática y la inminencia de la celebración en Buenos Aires de la Conferencia Panamericana de 1910, el Presidente Taft optó por dejar en suspenso esta cuestión, a pesar de la presión ejercida por los fabricantes norteamericanos de armas y barcos de guerra. (92)  
    Las autoridades de Washington temían que Bolivia no fuera invitada a la Conferencia por el gobierno argentino, debido a la ruptura de las relaciones diplomáticas. De acuerdo con esta percepción, el Departamento de Estado ordenó a Sherrill la misión de asegurar la invitación de Bolivia a la Conferencia, prescindiendo de toda consideración de los contratos navales. Incluso el Departamento de Estado lo instruyó respecto de obtener una prórroga en el plazo de presentación de la oferta de las empresas norteamericanas hasta fines de noviembre de 1909. Sherrill objetó la última instrucción, argumentando que el gobierno argentino ya estaba casi prácticamente decidido por la alternativa de comprar los armamentos y barcos de guerra a las firmas norteamericanas, y que éstas ya estaban preparadas para presentar a las autoridades argentinas los diseños de los barcos. No obstante, el Departamento de Estado rechazó revocar su orden.
   
De esta manera, el ministro Sherrill se expuso a recibir el rechazo del Ministro de Relaciones Exteriores argentino, quien sostuvo que la Argentina había sido frecuentemente criticada por su demora y por lo tanto no podía otorgar prórrogas. Esta dificultad, añadida a la cuestión de Bolivia, disminuyó seriamente la influencia del ministro Sherrill y atentó contra sus posibilidades de éxito. (93) El gobierno argentino también tenía en cuenta en esos momentos que un arreglo con las compañías norteamericanas podía anular los progresos alcanzados en la relación con Chile -cuyo gobierno había sido protagonista de una controversia diplomática con Washington-y los cuales eran funcionales a las autoridades argentinas para compensar la hostilidad brasileña. (94)  
    No obstante, tras siete meses de acción constante, los esfuerzos de Sherrill en Buenos Aires dieron sus frutos. El 21 de enero de 1910, el gabinete argentino otorgó un contrato de 23.000.000 de dólares a la firma norteamericana Fore River Company para construir los barcos, con permiso para construir uno en el depósito de la firma New York Shipbuilding Company. Por su parte, la empresa Bethlehem Steel Corporation recibió una orden adicional de artillería, por un valor de 1.000.000 de dólares, para usar en barcos torpederos entonces en construcción en Europa. (95) El factor determinante para que la negociación con el gobierno argentino se destrabara parece haber sido la eliminación de los derechos aduaneros sobre los cueros argentinos en los Estados Unidos. (96)

  1. Anexo XXVI, Legación en los Estados Unidos de América, Legación de la República Argentina, M. García Mérou a Amancio Alcorta, ministro de Relaciones Exteriores de la República Argentina, Washington, octubre 10 de 1896, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores presentada al Honorable Congreso Nacional en 1898, Buenos Aires, Imprenta de M. Biedma é hijo, 1898, p. 280.

  2. Las exportaciones argentinas de trigo alcanzaron en ese año un volumen de 3.075.000 toneladas, casi el doble de las norteamericanas, que fueron de 1.625.000 toneladas. Vicente Vázquez Presedo, Estadísticas históricas argentinas (comparadas), primera parte 1875-1914, Buenos Aires, Macchi, 1971, Cuadro IV. 14, p. 84. 

  3. James Ferrer Jr., United States-Argentine Economic Relations, 1900-1930, Ph.D. dissertation, Berkeley, University of California, 1964, pp. 25-26. 

  4. Dana Royden Sweet, A History of United States-Argentine Commercial Relations, 1918-1933: A Study of Competitive Farm Economies, Ph.D. dissertation, Syracuse University, 1972, p. 11.

  5. Ver exportaciones de extracto de quebracho en Anuario de la Dirección General de Estadística correspondiente al año 1896, tomo I, Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco, 1897, pp. 177 y 201; Anuario de la Dirección General de Estadística correspondiente al año 1900, tomo I, Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco, 1901, pp. 224 y 299; Anuario de la Dirección General de Estadística correspondiente al año 1913, Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco, 1914, pp. 462 y 710.

  6. Ernesto Bosch, Ministro de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina, a Rómulo S. Naón, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de la República Argentina en los Estados Unidos, Buenos Aires, Febrero 21 de 1913, cit. en República  Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores y Culto presentada al Honorable Congreso Nacional correspondiente al año 1913-1914, Buenos Aires, Talleres Gráficos de Selin Suárez, 1915, Anexo R, Comercio, p. 443. 

  7. J. Ferrer Jr., op. cit., p. 52. 

  8. Ibid., p. 67.

  9. Ibid., p. 19.

  10. D.R. Sweet, op. cit., p. 19.

  11. Mientras las importaciones norteamericanas de alambre de hierro galvanizado pasaron de 8.044.519 kilogramos, con un valor de 541.450 pesos oro en 1900 a 16.437.633 kilogramos, con un valor de 885.529 pesos oro en 1913, la variedad británica se incrementó, para los mismos años, de 2.451.506 kilogramos (valuados en 154.622 pesos oro) a 7.023.083 (con un valor de 413.097 pesos oro). Por su parte, mientras la variedad británica de máquinas de coser alcanzaba para 1900 una cantidad de 7391 unidades, la norteamericana llegó a 13.669 unidades. En 1913, la Argentina importó 20.538 máquinas de coser británicas y 59.329 norteamericanas. La brecha en términos de valor también fue evidente. Mientras las máquinas de coser británicas alcanzaron un valor de 87.562 pesos oro en 1900, el monto de las norteamericanas fue de 163.044 pesos oro. En 1913, las primeras saltaron a 235.982 pesos oro, mientras las segundas llegaron a 725.982 pesos oro. Anuario...1900, op. cit., pp. 134, 148-149, 296-297, 331-332; y Anuario...1913, op. cit., pp. 271-272, 296-297, 684 y 686, 698-699 y 702-703.

  12. Anuario...1900, op. cit., pp. 148-149, 296, 332; y Anuario...1913, op. cit., pp. 296-297, 686, y 702-703.

  13. J. Ferrer Jr., op. cit., p. 48, y D.R. Sweet, op. cit., p. 11.  

  14. Anuario...1900, op. cit., tomo I, p. 296; y Anuario...1913, op. cit., pp. 343 y 345.

  15. Estados Unidos dependía del suministro externo de lana, pues la producción interna no alcanzaba para cubrir la demanda norteamericana. No obstante este factor que aparentemente abría inmejorables oportunidades para las expectativas exportadoras argentinas, el lobby lanero en el Congreso norteamericano, integrado por criadores de ovinos y fabricantes de lana, tuvo un rol muy activo en la adopción de medidas proteccionistas en materia comercial. Pero la capacidad de presión de estos sectores dependía de las prioridades y condicionamientos del gobierno de turno. Así, durante la Guerra Civil norteamericana, los productores laneros no pudieron frenar el importante crecimiento de las importaciones de lana provenientes de la Argentina, provocada por la escasez de algodón. De este modo, los exportadores argentinos habían logrado tomar ventaja de la creciente demanda de uniformes de lana para el Ejército de la Unión. Pero, en 1867, con el fin de la Guerra Civil, el lobby lanero logró obtener del Congreso norteamericano la sanción de una tarifa protectora que implicó una virtual exclusión de las exportaciones de lana cruda argentina a Estados Unidos. Esta pérdida, coincidente con una caída de los precios de la lana atribuida a una oferta excesiva de este producto a nivel mundial, deprimió la industria argentina. Ver al respecto D.R. Sweet, op. cit., pp. 6-7; David Rock, Argentina 1516-1987. Desde la colonización española hasta Alfonsín, Buenos Aires, Alianza, 1989, p. 185, y Harold Peterson, La Argentina y los Estados Unidos, 2 vols., Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, vol. I, pp. 267-268.

  16. En la nota que el ministro argentino en Estados Unidos, Luis L. Domínguez, envió al secretario de Estado Thomas F. Bayard en agosto de 1885, Domínguez mencionaba claramente el impacto negativo de los  aranceles sobre la lana en el intercambio comercial entre la Argentina y Estados Unidos:

    “Sírvase V.E. observar que en ninguna parte del mundo convendría más a los fabricantes americanos comprar esta materia prima (la lana) que en la República Argentina, porque siendo el término medio del precio de las lanas en este país de 35 centavos por libra, en Buenos Aires podrían comprarla por la mitad ¿Por qué no lo hacen? No puede ser sino porque la tarifa americana impone sobre nuestras lanas derechos tan fuertes que aumentan su precio á punto de no poder competir con las que vienen de otros países más cercanos, de donde son transportadas á éste con menor recargo de gastos. Por consiguiente, si en los Estados Unidos se suprimieran ó rebajaran los derechos de importación sobre las lanas argentinas, el comercio exterior aumentaría, porque tendríamos con qué pagar las producciones americanas que recibiéramos en cambio.
    Es inútil buscar medios de acrecentar el comercio entre dos países, si no se remueven los obstáculos que el gobierno les opone por medio del impuesto. Nosotros recibimos las maderas, los materiales para ferrocarriles, las maquinarias para la agricultura y otros productos americanos, libres de derechos de importación, o con impuestos muy moderados, y en este país se recarga el más importante de los nuestros con un impuesto de importación que lo excluye de este mercado. Inglaterra, Francia, Alemania, tienen con el Río de la Plata un comercio mucho más considerable que los Estados Unidos, por la sencilla razón de que, recibiendo libremente nuestros productos, tenemos con que pagarles las manufacturas suyas que necesitamos para nuestro consumo. Del mismo modo, nuestras comunicaciones marítimas, son incomparablemente mayores con la Europa que con esta parte de América, porque á Europa mandamos de 82 á 85 por ciento de nuestros productos exportables, mientras que á los Estados Unidos no nos es posible mandar sino el 5 por ciento de lo que exportamos.
    Creo que es un error suponer que este estado de cosas cambiaría solamente con acordar subvenciones á las compañías de navegación á vapor. No son barcos que hagan el comercio entre los dos países lo que nos falta. Lo que falta son productos que puedan cambiarse, y me parece indudable que los habrá, si la tarifa no aumenta artificialmente sus precios (...)”.

    Texto de la nota del ministro argentino Luis L. Domínguez al secretario de Estado norteamericano Thomas F. Bayard, New London, Connecticut, agosto 15 de 1885, citada en Anexo XXVI, Legación en los Estados Unidos de América, Legación de la República Argentina, M. García Mérou a Amancio Alcorta, ministro de Relaciones Exteriores de la República Argentina, Washington, octubre 10 de 1896, República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria...1898, op. cit., pp. 279-280. Ver también D.R. Sweet, op. cit., p. 7, y H.F. Peterson, op. cit., vol. I, p. 268, cuyas fuentes son Domínguez a Frelinghuysen, 29 de setiembre de 1883, y a Bayard, 15 de agosto de 1885, National Archives, Department of State, Notes from Argentine Legation, II, III, impreso en Memoria, 1897, pp. 277-280; y Martín García Merou, Estudios americanos, Buenos Aires, 1900, pp. 401-405.

  17. Ver palabras de Bayless W. Hanna, titular de la legación norteamericana en Buenos Aires, en Foreign Relations of United States (FRUS), 1888, Volume I, Correspondence. Argentine Republic, Nº 1, Mr. Hanna to Mr. Bayard, Extract, Nº 93, Legation of the United States, Buenos Ayres, November 19, 1887, p. 2. Por su parte, en FRUS, 1887, Correspondence. Argentine Republic, Nº 9, Mr. Hanna to Mr. Bayard, Nº 74, Legation of the United States, Buenos Aires, February 23, 1887, pp. 10-11, Bayless W. Hanna menciona a Bayard además del problema de las tarifas sobre la lana argentina, otras importantes dificultades del comercio bilateral, entre ellas la enorme demanda europea (y especialmente británica) de los productos argentinos, los derechos aduaneros norteamericanos sobre los cueros y la lana argentinos y la ausencia de una línea de navegación fluida entre Buenos Aires y Nueva York.

  18. Para consultar declaraciones de George F. Brown, importador de Nueva York, acerca de la tarifa norteamericana sobre la lana argentina, ver FRUS, 1888, Volume I, Correspondence. Argentine Republic, Nº 1, Mr. Hanna to Mr. Bayard, Extract, Nº 93, op. cit., pp. 1-2.

  19. Legación de los Estados Unidos, septiembre 17 de 1891, Estados Unidos. Negociaciones comerciales, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria del Ministerio de Relaciones Exteriores presentada al Congreso Nacional, octubre de 1891 a agosto de 1892, Buenos Aires, Empresa “La Nueva Universidad”, 1892, p. 367. Ver también H.F. Peterson, op. cit., vol. I, p. 269.

  20. El pino blanco importado de Estados Unidos pagaba un derecho de importación de 10% el metro cuadrado en el caso del pino sin labrar, y de 25% en el caso del labrado y demás clases de pino. Ante la exclusión de las lanas argentinas de la cláusula de reciprocidad contemplada por la ley McKinley y la posibilidad de que fuera reimplantado algún derecho sobre los cueros, el ministro argentino en Estados Unidos, Vicente G. Quesada, amenazó: “(...) En mi país el pino blanco paga pocos derechos, y si ustedes impusieran derechos diferenciales sobre los cueros, quizá el Gobierno se vería obligado á imponerlos sobre el pino blanco, que recibimos también del Canadá y Norte de Europa (...)”. Ver Legación en Estados Unidos. Reciprocidad comercial, Informe del ministro argentino en Estados Unidos, Vicente G. Quesada al Ministerio de Relaciones  Exteriores, cit. en Legación Argentina, Washington, Febrero 12 de 1891, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores presentada al Honorable Congreso Nacional en 1891, Buenos Aires, Imprenta de Juan A. Alsina, 1891, pp. 210-211 y 213.

  21. Legación en Estados Unidos. Reciprocidad comercial. Ministerio de Relaciones Exteriores, Buenos Aires, abril 22 de 1891, Eduardo Costa al ministro de hacienda Vicente López, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria... 1891, op. cit., pp. 215-216.

  22. Nota del Ministerio de Relaciones Exteriores, Buenos Aires, Diciembre 24 de 1891, dirigida al ministro norteamericano en Buenos Aires, J.R. G. Pitkin; y Nota del ministro norteamericano en Buenos Aires, J.R.G. Pitkin, al canciller Zeballos, Buenos Aires, Mayo 30 de 1892, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria...1891-1892, op. cit., pp. 400-404 y 431-432.

  23. H.F. Peterson, op. cit., vol. I, p. 270. 

  24. Pitkin a John W. Foster, secretario de Estado, 11 de julio de 1892 y adjuntos, National Archives, Department of State, Desp. Arg., XXX, fuente citada por H.F. Peterson, op. cit., vol. I, p. 271. 

  25. Ver, respecto del tema de las tarifas sobre los navíos norteamericanos, la siguiente correspondencia citada en FRUS, 1891: Correspondence. Argentine Republic. Mr. Blaine to Mr. Pitkin, Nº 96, Department of State, Washington, February 13, 1891, p. 4; Inclosure in Nº 96, Mr. Smith to the Bureau of American Republics, The National Board of Marine Underwriters, 25 William Street, New York, February 3, 1891, p. 4; Mr. Pitkin to Mr. Blaine, Nº 129, Legation of the United States, Buenos Ayres, May 27, 1891, pp. 10-11; Mr. Pitkin to Mr. Blaine, Nº 141, Legation of the United States, Buenos Ayres, July 7, 1891, p. 12; Inclosure in Nº 141 (Translation), The Minister of Foreign Affairs to Mr. Pitkin, Argentine Republic, Ministry of Foreign Affairs, Ministry of Hacienda, Buenos Ayres, June 25, 1891, pp. 12-13.

  26. Anexo XXXIII, Consulado General en los Estados Unidos, Informe anual, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores presentada al Honorable Congreso Nacional en 1895, Buenos Aires, Imprenta de M. Biedma, 1895, p. 286. Los efectos positivos de las mutuas exenciones tarifarias (la del Congreso argentino a fines de 1893 declarando libres de tarifas al petróleo crudo y refinado, los aceites lubricantes y la madera provenientes de Estados Unidos, y la del gobierno norteamericano colocando la lana y otros productos agrícolas en una lista libre de arancel en 1894) pueden rastrearse en FRUS, 1894, Correspondence. Argentine Republic. Proposed Tariff Legislation. Señor Zeballos to Mr. Gresham, Argentine Legation, Washington, January 30, 1894,  pp.3-4 y Mr. Uhl  to Señor Zeballos, Department of State, Washington, February 3, 1894, p. 4; Mr. Buchanan to Mr. Gresham, Nº 28, Legation of the United States, Buenos Ayres, June 20, 1894, pp. 4-5; Señor Zeballos to Mr. Gresham (Translation), Argentine Legation, Washington, July 30, 1894, pp. 5-6; Inclosure-Telegram, Señor Costa to Señor Zeballos, Buenos Ayres, June 18, 1894, p. 6; y Mr. Adee to Mr. Buchanan, Nº 23, Department of State, Washington, August 9, 1894, p. 6. Ver también J. Ferrer Jr., op. cit., p. 18.

  27. Anexo XXX, Informe anual del Consulado General de la República en los Estados Unidos de América, Consulado General de la República Argentina, Nueva York, febrero 28 de 1900, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores y Culto presentada al Honorable Congreso Nacional en 1900, Buenos Aires, Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, 1900, p. 216. 

  28. Los valores de las exportaciones de lana sucia crecieron de forma acorde al incremento de sus volúmenes: de 906.227 a 1.076.906 pesos oro entre 1893 y 1894, pasaron a 1.821.719 pesos oro en 1895. En 1896 alcanzaron un valor levemente menor que el año anterior, pero que era el doble del registrado en 1893. Anuario de la Dirección General de Estadística correspondiente á 1894, Buenos Aires, Compañía Sud- Americana de Billetes de Banco, 1895, pp. 141 y 180; Anuario de la Dirección General de Estadística correspondiente al año 1895, tomo I, Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco, 1896, pp. 152 y 195; y Anuario...1896, op. cit., tomo I, pp. 157 y 201. 

  29. Ver tarifas de los tres tipos de lana (Merino, cruza Lincoln y criolla) en Anexo XXIX, Consulado General en los Estados Unidos de América, Informe anual correspondiente al año de 1897, presentado al ministro de relaciones exteriores por el cónsul general argentino, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria...1898, op. cit., pp. 226-227. Ver también Anexo XXIII, Consulado General en los Estados Unidos de América, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores y Culto presentada al Honorable Congreso Nacional en 1899, Buenos Aires, Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, 1899, p. 298 y 313-314.

  30. Anexo XXIX, Consulado General en los Estados Unidos de América, Informe anual...1897, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria...1898, op. cit., p. 233. Ver también Anexo VIII, Informes consulares anuales, A, Estados Unidos, Consulado General de la República Argentina, New York, Febrero 14 de 1903, IX: Lanas, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores y Culto presentada al Honorable Congreso Nacional correspondiente al año 1902-1903, Buenos Aires, Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, 1904, p. 297.

  31. Anexo XXIII, Consulado General en los Estados Unidos de América, Informe anual del Consulado argentino en los Estados Unidos correspondiente a 1898, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria...1899, op. cit., p. 298. 

  32. La exportación de lana sucia cayó de 17.740 toneladas en 1897 a 5333 toneladas al año siguiente. Su valor descendió de 3.288.938 pesos oro en 1897 a 1.062.382 en 1898. Anuario de la Dirección General de Estadística correspondiente al año 1897, tomo I, Buenos Aires, Compañía Sudamericana de Billetes de Banco, 1898, pp. 153 y 211; Anuario de la Dirección General de Estadística correspondiente al año 1898, tomo I, Buenos Aires, Compañía Sudamericana de Billetes de Banco, 1899, pp. 166 y 224; Anuario de la Dirección General de Estadística correspondiente al año 1899, tomo I, Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco, 1900, pp. 195 y 287; y Anuario...1900, op. cit., tomo I, pp. 200 y 298. 

  33. Según el informe del Consulado argentino, este tipo de lanas se incrementó de una cantidad de 1.215.947 libras en 1898 a 5.284.572 en 1899; 9.775.006 en 1900; 13.538.099 libras en 1901 y 17.118.416 libras en 1902. Ver Anexo VIII, Informes consulares anuales, A; Estados Unidos, Consulado General de la República Argentina, New York, Febrero 14 de 1903, IX: Lanas, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria...1902-1903, op. cit., pp. 295-298.

  34. La evolución de las exportaciones de cueros vacunos secos argentinos hacia Estados Unidos en términos de valor fue la siguiente: de 2.939.360 pesos oro en 1896, saltaron a 3.759.333 pesos oro en 1897, para caer a 3.195.664 pesos oro en 1898. Tras recuperarse levemente en 1899, alcanzando un valor de 4.136.997 pesos oro, volvieron a caer en 1900, registrando una cifra de 3.648.617 pesos oro. Anuario...1897, op. cit., tomo I,  pp. 152 y 211; Anuario...1898, op. cit., tomo I, pp. 165 y 224; Anuario...1899, op. cit., tomo I, pp. 194 y 286; y Anuario...1900, op. cit., tomo I, pp. 199 y 298.

  35. Anuario...1899, op. cit., pp. 194 y 286; Anuario...1900, op. cit., pp. 199 y 298.

  36. Para exportaciones de cueros lanares sucios ver Anuario...1897, op. cit., pp. 151 y 211; Anuario...1898, op. cit., pp. 164 y 224; Anuario...1899, op. cit., pp. 193 y 286; y Anuario...1900, op. cit., p. 198 y 298.

  37. Anexo XII, Memoria de la Legación, Legación de la República Argentina, Washington D.C., abril 21 de 1897, República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores presentada al Honorable Congreso Nacional en 1897, Buenos Aires, Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, 1897, pp. 111-113. García Merou decía en su informe:

    “Sin exagerar los peligros que amenazan a nuestro comercio con este país por medio de la elevación de derechos de la nueva tarifa, insisto en mi opinión antes manifestada a V.E. de que ella es agresiva e injusta en lo que se refiere a nosotros. Hemos dado al comercio importador americano, todas las facilidades compatibles con nuestro sistema fiscal. Somos hoy el más fuerte comprador de las máquinas agrícolas de este país. Los derechos sobre el pino de diferentes clases fueron reformados en tal forma, á pedido del ministro americano en Buenos Aires (...). Empezábamos a notar un progreso evidente en las transacciones recíprocas de ambos pueblos y nuestro intercambio se equilibraba casi (...) Es en estos momentos en que, bruscamente, se proyecta una tarifa exagerada que grava fuertemente uno de nuestros más importantes artículos de exportación. (...) Los Estados Unidos (...) excluyendo los cereales, pueden introducir á la República Argentina la mayor parte de sus más ricos productos naturales (carbón, kerosene ó naphta cruda, madera, etc.,) y casi la totalidad de sus productos industriales o manufacturados (géneros de lana y algodón, tejidos de hilo y seda, máquinas, armas, instrumentos, herramientas, artículos de hierro y acero; ferretería, etc., etc.,) que nosotros recibimos de todas partes del mundo. ¿Qué podemos nosotros, bajo las provisiones de la nueva ley, y suponiendo que ella sea aceptada sin modificación por las cámaras, enviar á este país? (...)”. Ibid., pp. 112-113.

  38. Anexo VII, Memorias de las Legaciones argentinas, F. Estados Unidos, Legación Argentina en Norte América, Washington, D.C., mayo 23 de 1903, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria...1902-1903, op. cit., pp. 183-184. 

  39. Anexo VIII, Informes consulares anuales, A, Estados Unidos, Consulado General de la República Argentina, New York, febrero 14 de 1903, XI: Cueros, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria...1902-1903, op. cit., p. 299.

  40. Cabe aclarar que la tarifa de 1898 no se limitó a una medida de represalia por la sanción de la Ley Dingley en 1897. Respondió también a importantes condicionantes internos. La crisis de 1890 y, particularmente, la devaluación del peso, había encarecido notoriamente las importaciones, estimulando la producción industrial local. La gradual apreciación del peso después de 1894 no logró revertir esta expansión. Finalmente, las tarifas de 1898 otorgaron la suficiente protección a los intereses industriales locales como para compensar la apreciación de la moneda argentina. La presencia de una alta barrera tarifaria era una condición necesaria para las ventas de los productos industriales argentinos -vino, azúcar, calzado y textiles-, que eran básicamente no competitivos. No obstante la tarifa de 1898, los argentinos se vieron obligados a importar muchos rubros que la industria local podía haber fabricado. Ver J. Ferrer Jr., op. cit., pp. 12-13 y 18. 

  41. Ver respecto de la cuestión de la madera norteamericana FRUS, 1897, Correspondence. Argentine Republic. Discrimination against American Lumber, Mr. Olney to Mr. Buchanan, Nº 187, Department of State, Washington, December 31, 1896, p. 1; y Mr. Buchanan to Mr. Olney, Nº 304, Legation of the United States, Buenos Ayres, February 1, 1897, pp. 1-2. Respecto de la cuestión del aceite de semilla de algodón consultar FRUS, 1897, Correspondence. Argentine Republic. Discriminating Duty on cotton-seed oil. Mr. Olney to Mr. Buchanan, Nº 186, Department of State, Washington, December 30, 1896, p. 2; y Mr. Buchanan to Mr. Olney, Nº 303, Legation of the United States, Buenos Ayres, February 1, 1897, pp. 3-4.

  42. Anexo IV, 2a Conferencia Pan Americana, Informe de la delegación argentina, V, Reciprocidad comercial, 3, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores y Culto presentada al Honorable Congreso Nacional correspondiente al año 1901-1902, Buenos Aires, Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, 1904, p. 94.

  43. D.R. Sweet, op. cit., p. 8. 

  44. Así lo hizo saber al gobierno argentino el propio Presidente norteamericano William Howard Taft (1909-1913) a través del decreto del 9 de febrero de 1910, cuyo texto se reproduce a continuación:

    “(...) Yo, William Howard Taft, Presidente de los Estados Unidos de América hago saber y decreto por las presentes, en virtud de la facultad conferídame por dicha Ley del Congreso, que desde y después del 31 de marzo de 1910 y durante todo el tiempo que esté en vigencia dicha Ley del Congreso y que el Gobierno de la República Argentina no aplique términos ó restricciones á la importación ó venta en la República Argentina de productos de los Estados Unidos que perjudicaran á los Estados Unidos, todos los artículos importados de la República Argentina á los Estados Unidos ó á alguna de sus posesiones (con excepción de las islas Filipinas y de las islas de Guam y Tutuila) deberán ser admitidos de acuerdo con los términos de la tarifa mínima de los Estados Unidos, según las disposiciones establecidas en el artículo 1º de la Ley de avalúos de los Estados Unidos, aprobada el 5 de agosto de 1909 (...)”.

    Decreto Del Excmo. Señor Presidente de los Estados Unidos de América, acordando á los productos argentinos el beneficio de tarifa mínima, Washington, 9 de febrero de 1910, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores y Culto presentada al Honorable Congreso Nacional correspondiente al año 1910-1911, Buenos Aires, Imprenta y Casa editora “Juan A. Alsina”, 1911, Anexo VII, Comercio, A, pp. 339-341.

  45. D.R. Sweet, op. cit., p. 19 y J. Ferrer Jr., op. cit., p. 73. 

  46. Exportaciones de maíz a Estados Unidos en Anuario...1913, op. cit., p. 449 y 710; Anuario de la Dirección General de Estadística correspondiente al año 1914, Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco, 1915, pp. 467. 

  47. Exportaciones de bovinos congelados y enfriados y de carneros congelados a Estados Unidos en Anuario...1913, op. cit., pp. 428-429 y Anuario...1914, op. cit., pp. 444-445.

  48. Exportaciones de lana sucia a Estados Unidos en Anuario...1913, op. cit., pp. 433 y 710; y Anuario...1914, op. cit., p. 449.

  49. Exportaciones de cueros lanares salados, lanares sucios, vacunos salados y vacunos secos en Anuario...1913, op. cit., pp. 430-432 y 710; y Anuario...1914, op. cit., pp. 447-448. 

  50. Exportaciones de extracto de quebracho a Estados Unidos en Anuario...1913, op. cit., pp. 462 y 710 y Anuario...1914, op. cit., p. 482.

  51. Ver, respecto de la tarifa argentina sobre las partes de las máquinas agrícolas norteamericanas, la siguiente correspondencia: FRUS, 1905, Argentine Republic. Prohibitory Tariff on parts of agricultural machinery, etc. The Acting Secretary of State to Minister Beaupré, Telegram-Paraphrase, Department of State, Washington, September 14, 1905, p. 45; Minister Beaupré to the Secretary of State, Telegram-Paraphrase, American Legation, Buenos Aires, September 15, 1905, p. 45; The Acting Secretary of State to Minister Beaupré, Telegram-Paraphrase, Department of State, Washington, September 16, 1905, p. 46: Minister Beaupré to the Secretary of State, Telegram-Paraphrase, American Legation, Buenos Aires, September 16, 1905, p. 46; y Minister Beaupré to the Secretary of State, Nº 229, American Legation, Buenos Aires, October 5, 1905, pp. 46-47.

  52. No obstante, no serían considerados como repuestos o como formando parte integral de la maquinaria llaves inglesas, cadenas, filtros de cualquier naturaleza,  paquetes de amianto, tuercas, ruedas con o sin incisiones de metal o tela, limpiadores, ganchos, pernos, pernos para coches, pasadores o clavijas de metal para la maquinaria, latas de aceite manuales, niveladores, llaves fijas, poleas, sierras, grifos y tuercas, que deberían seguir pagando las tarifas correspondientes. Ver FRUS, 1905, Argentine Republic. Prohibitory Tariff on parts of agricultural machinery, etc, Minister Beaupré to the Secretary of State, Nº 236, American Legation, Buenos Aires, October 10, 1905, p. 47. 

  53. Datos extraídos de H.F. Peterson, op. cit., vol. I, p. 274 y Ricardo M. Ortiz, Historia económica de la Argentina 1850-1930, Buenos Aires, Plus Ultra, 1964, tomo II, p. 19.

  54. Estos intentos del empresario y coronel W.P. Tisdel de colocar una línea de navegación directa entre Nueva York y Buenos Aires sin necesidad de hacer escalas en la costa brasileña están mencionados en las fuentes diplomáticas norteamericanas. Ver, al respecto, FRUS, 1887, Nº 4, Mr. Hanna to Mr. Bayard, Nº 65, Legation of the United States, Buenos Ayres, January 1, 1887, p. 6; Inclosure 1 in Nº 65, Mr. Costa to Mr. Hanna, December 29, 1886, p. 6; Inclosure 2 in Nº 65, Mr. Hanna to Mr. Costa, Legation of the United States, Buenos Ayres, December 30, 1886, p. 7; Nº 8, Mr. Bayard to Mr. Hanna, Nº 42, Department of State, Washington, February 12, 1887, pp. 9-10. Existen también referencias al proyecto de Robert Houston, representante del capital británico, para establecer dos líneas de barcos de vapor oceánico, una que uniera el norte de Europa con el Río de la Plata y otra entre Nueva York y Buenos Aires. Ver FRUS, 1888, Volume 1, Nº 2, Mr. Hanna to Mr. Bayard, Nº 94, Legation of the United States, Buenos Ayres, November 20, 1887, pp. 2-3; Inclosure Nº 94, Terms agreed upon between the Executive and R.P. Houston, for direct navigation from the United States to the ports of the Republic, p. 4; Nº 10, Mr. Hanna to Mr. Bayard, Extract, Nº 150, Legation of the United States, Buenos Ayres, May 3, 1888, p. 12.

  55. Anexo XXXVI, Consulado General en los Estados Unidos, Informe anual, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores presentada al Honorable Congreso Nacional en 1894, Buenos Aires, Imprenta de Martín Biedma, 1894, p. 278. 

  56. La falta de un servicio directo de barcos de vapor entre Buenos Aires y Nueva York aparece repetidamente mencionada en las fuentes diplomáticas. La Legación norteamericana en Buenos Aires exigió ante las autoridades de Washington la presencia de una línea directa de barcos de vapor que quebrara el monopolio europeo. Ver al respecto FRUS, 1888, Volume I, Correspondence. Argentine Republic, Nº 12, Mr. Hanna to Mr. Bayard, Extract, Nº 166, Legation of the United States, Buenos Aires, July 25, 1888, pp. 13-14; FRUS, 1889, Mr. Hanna to Mr. Blaine, Nº 222, Legation of the United States, Buenos Ayres, April 11, 1889, p. 3. 

  57. En el informe anual del consulado argentino en Estados Unidos correspondiente a 1882, se sostenía que “(...) Las mercaderías despachadas por buques de vela (de Nueva York a Buenos Aires) tardan de dos á tres meses en llegar á nuestros puertos; mientras que las enviadas por vapor, vía Europa, llegan, próximamente, en treinta días á su destino. De aquí viene que, en gracia de la prontitud, se prefiera la segunda vía (...)”. Informe del Consulado General de la República Argentina en Estados Unidos, Nueva York, Febrero 20 de 1882, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria del Ministerio de Relaciones Exteriores presentada al Honorable Congreso Nacional en 1882, Buenos Aires, Imprenta de “La Pampa”, 1882, sección tercera: Informes consulares,  p. 360. 

  58. J. Ferrer Jr., op. cit., p. 70.

  59. Unnumbered dispatch of December 18, 1906, from Snyder. National Archives, Record Group 59, NF1700/30, cit. en ibid., p. 71.

  60. Es necesario puntualizar que este fue uno de los temas de agenda tratados en la Cuarta Conferencia Internacional de Estados Americanos celebrada en 1910 en Buenos Aires. Ver, al respecto, FRUS, 1910, Fourth International Conference of American States, Buenos Aires, July 12-August 30, 1910, The Secretary of State to the Delegates of the United States of America to the Fourth International Conference of American States, Department of State, Washington, June 14, 1910, VII. Consideration of the conditions under which the establishment of more rapid mail, passenger, and express steamship service between the American Republics can be secured, p. 18; Delegates of the United States to the Fourth International Conference of American States to the Secretary of State, Consideration of the conditions under which the establishment of more rapid mail, passenger, and express steamship service between the American Republics can be secured, pp. 33-34.

  61. Bayless W. Hanna, titular de la legación norteamericana en Buenos Aires, envió al respecto una explícita queja al secretario de Estado norteamericano James G. Blaine por el “insuficiente e ineficiente” servicio de correo marítimo norteamericano. Denunció que la compañía Direct United States Mail Line era en gran medida responsable de que muchos miembros de la comunidad norteamericana en la Argentina, al sufrir las demoras y accidentes de este servicio de correo, optaran por los más directos y efectivos servicios de correo europeos. Ver, al respecto, FRUS, 1889, Correspondence. Argentine Republic, Mr. Hanna to Mr. Blaine, Nº 233, Legation of the United States, Buenos Ayres, May 18, 1889, p. 6.

  62. Robert Lansing, secretario de Estado, a los ministros de relaciones exteriores del Uruguay y de la Argentina, 19 de diciembre de 1919, National Archives, Department of State, 835.73/34a, 109. Para ese entonces la Central and South American Telegraph Company se había combinado con la All American Cables, Inc. Fuente citada por H.F. Peterson, op. cit., vol. I, p. 276. 

  63. J. Ferrer Jr., op. cit., p. 19.  

  64. H.F. Peterson, op. cit., vol. I, p. 276.

  65. Informe del cónsul norteamericano en Buenos Aires, E.L. Baker, correspondiente a los años 1894-1895, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores presentada al Honorable Congreso Nacional en 1896, Buenos Aires, Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, 1896, pp. 309-310 y 315-316. 

  66. Según Ferns, este empréstito fue propuesto por las autoridades norteamericanas y según McGann por el presidente argentino Carlos Pellegrini. F.O. 6/423, Packenham a Salisbury, 28 de marzo de 1892, cit. en H.S. Ferns, Argentina y Gran Bretaña en el siglo XIX, Buenos Aires, Solar-Hachette, 1968, p. 466; Thomas F. McGann, Argentina, the United States and the Inter-American System, 1880-1914, Cambridge, Harvard University Press, 1957, p. 166, citado también en ibid.

  67. F.O. 6/425, Telegrama secreto y confidencial de Herbert, 29 de marzo de 1892, cit. en H.S. Ferns, op. cit., p. 466.

  68. Ver al respecto F.O. 6/423, Herbert a Salisbury, 3 de mayo de 1892, cit. en ibid., p. 467.

  69. Consultar, respecto de este tema, la siguiente correspondencia: FRUS, 1891, Correspondence. Argentine Republic, Mr. Blaine to Mr. Pitkin (Telegram), Washington, January 5, 1891, p. 1; Mr. Blaine to Mr. Pitkin, Nº 88, Department of State, Washington, January 8, 1891, p. 1; Inclosure in Nº 88, Mr. Williams to Mr. Blaine, 700 Fourteenth Street, Washington, D.C., December 22, 1890, pp. 1-2; Telegram of J. Stahel to George B. Williams, New York, December 31, 1890, p. 2; Mr. Pitkin to Mr. Blaine, Nº 94, Legation of the United States, Buenos Ayres, February 5, 1891, p. 2; Inclosure 1 in Nº 94, Mr. Fishback to Señor Costa, Legation of the United States, Buenos Ayres, January 10, 1891, p.2; Inclosure 2 in Nº 94, Mr. Pitkin to Señor Costa, Legation of the United States, Buenos Ayres, January 30, 1891, pp. 3-4 y Mr. Pitkin to Mr. Blaine, Nº 102, Legation of the United States, Buenos Ayres, February 26, 1891, p. 7; and Inclosure 1 in Nº 102 (Translation) Señor Costa to Mr. Pitkin, Argentine Republic, Ministry of Foreign Affairs, Buenos Ayres, February 13, 1891, p. 8. Ver también Legación de los Estados Unidos. Correspondencia cambiada con motivo del impuesto á las Compañías Extranjeras de Seguros de Vida (Traducción), Buenos Aires, Enero 10 de 1891; (Traducción), Legación de los Estados Unidos, Buenos Aires, Enero 30 de 1891; y Ministerio de Relaciones Exteriores, Buenos Aires, Febrero 13 de 1891, en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria...1891, op. cit., pp. 199-206.  

  70. Ver la nota del ministro norteamericano en Buenos Aires John R.G. Pitkin al secretario de Estado norteamericano James G. Blaine, la del Ministro de Relaciones Exteriores argentino Eduardo Costa al ministro Pitkin y el decreto presidencial firmado por Carlos Pellegrini y Vicente Fidel López, documentos citados en FRUS, 1891, Mr. Pitkin to Mr. Blaine, Nº 102, Legation of the United States, Buenos Ayres, February 26, 1891, p. 7; Inclosure 1 in Nº 102 (translation) Señor Costa to Mr. Pitkin, Argentine Republic, Ministry of Foreign Affairs, Buenos Ayres, February 13, 1891, p. 8; and Inclosure 2 in Nº 102, from The Buenos Ayres Standard, February 25, 1891, Decree of the President (Decreto del presidente, firmado por Carlos Pellegrini y Vicente Fidel López), p. 8.

  71. Respecto de la resolución del conflicto en torno al proyectado impuesto sobre las compañías de seguros norteamericanas radicadas en la Argentina, ver FRUS, 1891, Inclosure 1 in Nº 137, translation, Executive decree, Buenos Ayres, May 2, 1891, firmado por Vicente F. López, p. 11; Inclosure 2 in Nº 137, Mr. Watson to Mr. Pitkin, Buenos Ayres, June 6, 1891, p. 12.

  72. El préstamo que el gobierno argentino solicitó en París en enero de 1909 fue trabado por la intervención del gobierno francés, que clausuró la Bolsa de Valores parisina para cuestiones argentinas en represalia por la negativa de las autoridades de Buenos Aires a cerrar un contrato de armas con una empresa francesa el año anterior. Los tests efectuados a los cañones franceses demostraban que éstos contemplaban las prescripciones reglamentarias. Sin embargo, el gobierno argentino prefirió contratar a una empresa alemana.  Con el cierre de la Bolsa de Valores de París para cuestiones vinculadas con la Argentina, el gobierno francés evitaba que la Argentina utilizara dinero francés para pagar la artillería alemana. Ver J. Ferrer Jr., op. cit., pp. 38-39.

  73. Ibid., pp. 39-40.

  74. Louis Víctor Sommi, Los capitales yanquis en la Argentina, Buenos Aires, 1949, pp. 195-206, cit. en ibid., p. 40.

  75. Ibid., p. 40.

  76. Ibid., p. 94. Ver también H.F. Peterson, op. cit., vol. I, pp. 276-277.

  77. J. Ferrer Jr., op. cit., pp. 74-75.

  78. Ver lista de empresas norteamericanas radicadas en la Argentina, citada en Mario Rapoport, “El triángulo argentino: las relaciones económicas con Estados Unidos y Gran Bretaña, 1914-1943”, en Mario Rapoport (compilador), Economía e historia. Contribuciones a la historia económica argentina, Buenos Aires, Tesis, 1988, pp. 270-271.

  79. Great Britain. Parliament. House of Commons, Accounts and Papers, London, (1914), LXXXIX, 22-24, cit. en J. Ferrer Jr., op. cit., p. 42.

  80. Ver figura 16 sobre origen y evolución de los grupos frigoríficos en la Argentina, citada por Horacio C.E. Giberti, Historia económica de la ganadería argentina, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 198. Ver también Simon G. Hanson, Argentine Meat and the British Market: Chapters in the History of the Argentine Meat Industry, California, Stanford University Press, 1938, p. 149. Para 1910, La Plata Cold Storage tenía invertido un capital de 1.990.000 pesos oro, siendo la segunda inversión en términos de importancia luego de la firma River Plate Fresh Meat Co. (con un capital de 2.250.000 pesos oro). Consultar al respecto Guillermo A. Schwenke, “Estimación del monto de capitales extranjeros colocados en valores, empresas, etc., en la República Argentina”, Buenos Aires, 1910, p. 4.

  81. Los porcentajes de participación de las firmas Swift, Morris y Armour en The National Packing Company eran, respectivamente, del 46,70%, 13,19% y 40,11%. En 1912 la compañía The National Packing Co. fue liquidada (en Estados Unidos había sido disuelta por una acción antitrust) y Swift vendió sus acciones de La Blanca, que pasó a partir de entonces a ser propiedad de Armour y Morris. Peter H. Smith, Carne y política en la Argentina, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 66, nota 12; D.R. Sweet, op. cit., p. 15; S.G. Hanson, op.cit., pp. 143-144 y 149 y H. Giberti, op. cit.,  pp. 198 y 200. 

  82. P.H. Smith, op. cit., p. 64, y D. Rock, op. cit., p. 228. Ver también Orlando Williams Alzaga, “La ganadería argentina (1862-1930)”, en Academia Nacional de la Historia, Historia argentina contemporánea 1862-1930, vol. III: Historia económica, Buenos Aires, El Ateneo, 1966, p. 435.

  83. Letter of November 18, 1909, from Henry Lane Wilson to Henry M. Hoyt, Department of State, National Archives, Record Group 59, NF16677/7. Dispatch Nº 47 of June 17, 1909, from Bartleman, National Archives, Record Group 59, NF 20735, fuentes citadas en J. Ferrer Jr., op. cit., pp. 44-45. Ver también referencias a esta poco efectiva estrategia de los frigoríficos británicos de buscar el respaldo de los ganaderos argentinos en su lucha contra la competencia de las firmas norteamericanas en el trabajo de P.H. Smith, op. cit., pp. 64-67; asimismo J. Ferrer Jr., op. cit., p. 45, y R.M. Ortiz, op. cit., tomo II, pp. 22-23 y 27-28.

  84. P.H. Smith, op. cit., p. 67.

  85. En el debate de carnes de 1913, se citaron precios comunes de 200 pesos por cabeza cuando hasta ese momento el precio máximo registrado era de 112. R.M. Ortiz, op.cit., II, p. 22.

  86. D.H. Sweet, op. cit., p. 15. Estos porcentajes coinciden con los otorgados por H. Giberti, op. cit., p. 200; P.H. Smith, op. cit., p. 66, y R. M. Ortiz, op. cit., II, p. 23.

  87. P.H. Smith, op. cit., p. 66.

  88. Las cuotas de participación de los frigoríficos argentinos (11,86%), británicos (29,64%) y norteamericanos (58,5%) citados en D.R. Sweet, op. cit., pp. 15-16, coinciden con las otorgadas por H. Giberti, op. cit., p. 200; y  R.M. Ortiz, op. cit., II, p. 27.

  89. Organizada en 1905, la Compañía Nacional de Petróleos Limitada (CNP) construyó una pequeña refinería para producir kerosene y gasolina en la localidad de Campana, ubicada cerca de Buenos Aires. Esta refinería estuvo protegida por una barrera tarifaria. Carl Solberg, Petróleo y nacionalismo en la Argentina, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 25.

  90. Ver ibid., pp. 25 y 42-44.

  91. H.F. Peterson, op. cit., vol. I, p. 344. 

  92. Dispatch Nº 38 of July 29, 1909, from Sherrill, National Archives, Record Group 59, NF1070/75, citado en J. Ferrer Jr., op. cit., pp. 58-59.

  93. Dispatch Nº 94 of September 20, 1909, from Sherrill, National Archives, Record Group 59, NF 1070/102; Telegram of October 5, 1909, from Sherrill to Secretary of State, NA RG 59, NF1070/88, and Telegram of October 8, 1909, from Sherrill to Secretary of State, NA RG 59, NF 1070/96, fuentes citadas en J. Ferrer Jr., op. cit., pp. 60-61.

  94. Ibid., p. 62.

  95. Memorándum de la División of Latin American Affairs al Secretario de Estado, 22 de enero de 1910, National Archives, Department of State, Num. File, vol. 140, Case 1070/161, Nº 175; Sherrill al secretario de Estado, 21 de enero de 1910, dos telegramas, números 169, 170; Senate Documents, Nº 3, 62 Congress, 1 ses., p. 3, fuentes citadas en H.F. Peterson, op. cit., vol. I, p. 346; Dispatch Nº 227, January 23, 1910, from Sherrill, National Archives, Record Group 59, DF835.34/185, citado en J. Ferrer Jr., op. cit., 65-66. 

  96. Sherril señaló en su informe los esfuerzos personales del presidente Taft para eliminar las tarifas sobre los cueros argentinos (tarifa Payne-Aldriff de 1909) como el factor determinante de la negociación. Ver Dispatch Nº 227 of January 23, 1910, from Sherrill, NA, RG 59, DF835.34/185, cit. en J. Ferrer Jr., op. cit., p. 66. McGann, por su parte, sostiene que fue la presión ejercida por los intereses provenientes de las industrias del calzado y del cuero de Massachusetts la responsable de que se colocaran los cueros en la lista libre de derechos. Ver McGann, op. cit., p. 261, fuente citada en D.R. Sweet, op. cit., p. 17. 

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