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En términos generales, el período abierto entre el fin de la Primera Guerra Mundial (1918) y la crisis de 1930 en la Argentina puede dividirse, en lo relativo al intercambio comercial entre la Argentina y Estados Unidos, en dos fases: una, que va desde 1918 hasta 1920 y la otra, desde esta fecha hasta 1929, año en que se inició la crisis económica mundial.
   
Durante la primera fase del intercambio comercial bilateral, las exportaciones argentinas alternaron alzas con bajas, interrumpiendo el movimiento alcista de los años de la Primera Guerra Mundial. Así, en 1919, los datos del Anuario del Comercio Exterior muestran que las exportaciones dirigidas a Estados Unidos se incrementaron respecto del año anterior y alcanzaron el valor más alto desde 1881, arrojando un monto de 189,2 millones de pesos oro, pero luego declinaron en 1920 y 1921. Este comportamiento también se reveló en términos de participación porcentual. En 1917 Estados Unidos había alcanzado 29,3% del total de las exportaciones argentinas. En 1918 llegó al pico del período 1918-1929, con 20,6%. Luego declinó a 18,4% en 1919 y 14, 8% en 1920.
   
En el caso de las importaciones, entre los años 1918 y 1920 hubo una gran tendencia expansiva. En estos años, la demanda argentina de productos importados de origen norteamericano creció tanto en términos de valor como de participación porcentual, alimentada por la capacidad de compra que otorgaban las divisas provenientes de las exportaciones al mercado europeo. Continuó así en los dos primeros años de posguerra el alza registrada durante la coyuntura bélica. En términos de valor, las importaciones argentinas de origen norteamericano pasaron de un monto de 169,5 millones de pesos oro en 1918 a uno de 232,9 millones en 1919. En 1920 llegaron al máximo valor obtenido desde 1881: 310,4 millones de pesos oro. En cuanto a participación porcentual, saltaron de 33,9% del total en 1918 a 35,5% en 1919, aunque cayeron a 33,2%  en 1920. (1)
   
Esta tendencia alcista en las importaciones provenientes de Estados Unidos entre 1918 y 1920 estaba íntimamente vinculada a la posición de liderazgo de este país lograda tras la coyuntura bélica. Finalizada la guerra, Estados Unidos era, a diferencia de las naciones europeas, un país con un sector industrial intacto y capaz de cubrir las necesidades argentinas. En consecuencia, la Argentina se volvió hacia el mercado norteamericano para adquirir muchos de los bienes que no estuvieron disponibles durante la guerra. Desde 1917 el valor de las importaciones provenientes de Estados Unidos superó al de las británicas, y alcanzó el primer lugar en las demandas argentinas, situación que se mantuvo en general durante la década de 1920, salvo entre los años 1922 a 1924, en los que las importaciones de procedencia británica superaron a las de origen norteamericano.
   
Similar tendencia se dio en el caso de los porcentajes de participación, aunque en este caso se observa que las importaciones norteamericanas superaron a las británicas ya desde 1916. Ello demostraba, entre otras cosas, que la caída de la productividad industrial británica frente a potencias más dinámicas como Estados Unidos era ya irreversible, y que el uso de medios coercitivos utilizados por los británicos durante los años de la guerra, tales como la política de listas negras y embargos, había sido un arma ineficaz. La política de listas negras logró debilitar la presencia alemana en el mercado argentino, pero no la norteamericana. En consecuencia, Estados Unidos ocupó el rol de principal abastecedor de las importaciones argentinas, lugar que había quedado vacante tanto por el retroceso alemán como por la impotencia británica. 
   
En cuanto a la segunda fase del intercambio económico argentino-norteamericano (entre 1920 y 1929), puede dividirse, a su vez, en dos etapas. La primera se extiende de 1920 a 1924 y se caracterizó por la reducción de las importaciones argentinas de origen norteamericano, inducida por la retracción de la demanda europea de productos agropecuarios argentinos como consecuencia de la depresión económica de los años 1920 a 1922. (2) A partir de 1920, las importaciones de procedencia norteamericana se encarecieron en relación con las de otros países debido a la depreciación del peso, a tal punto que los argentinos no pudieron mantener el nivel de importaciones sostenido entre 1918 y 1920. (3)
   
De acuerdo con el Anuario del Comercio Exterior, mientras en 1920 las importaciones de procedencia norteamericana habían alcanzado su pico máximo con un monto de 310,4 millones de pesos oro, en 1921 cayeron a 200,9 millones de pesos oro, y en 1922 a 152,6 millones de pesos oro, para recuperarse levemente en 1923 y 1924. (4) Incluso, entre 1922 y 1924, las importaciones de procedencia británica desplazaron del primer lugar, tanto en valor como en participación porcentual, a las de origen norteamericano. Si se analiza la cuestión por quinquenios, en 1921-1925 el valor promedio de las importaciones argentinas de origen británico superó levemente al de las de origen norteamericano (185,5 millones de pesos oro contra 184,8 millones de pesos oro). Lo mismo ocurrió en términos de participación: en el quinquenio 1921-1925, el Reino Unido contó con un porcentaje promedio de 23,1% del total de las importaciones argentinas, contra 23% de Estados Unidos.  
    Según la misma fuente, entre 1920 y 1922 también declinaron las exportaciones argentinas hacia Estados Unidos. Tras haber alcanzado el pico del período en 1919, con un valor de 189,2 millones de pesos oro, las ventas hacia el mercado norteamericano cayeron de 154,1 millones de pesos oro en 1920 a 59,2 millones de pesos oro en 1921, para recuperarse en 1922 y 1923.
   
En términos de porcentajes de participación, la posición de Estados Unidos como mercado de  colocación de las exportaciones argentinas declinó de 18,4% del total en 1919 a 14,8% en 1920 y 8,8% en 1921. Si se toman los porcentajes promedio por quinquenios, esta tendencia se confirma, ya que las exportaciones argentinas hacia Estados Unidos declinaron de 19,9% de las exportaciones totales en el quinquenio 1914-1918, a 13,6% en el quinquenio 1919-1923. Por cierto, las tarifas proteccionistas norteamericanas de principios de la década de 1920 (the Emergency Tariff Act en 1921 y the Fordney-McCumber Tariff Act de 1922) contribuyeron en buena medida a esta tendencia hacia la baja. (5)
   
En la segunda etapa dentro de esta fase, desde 1924 hasta 1929, la reactivación de Europa como mercado de colocación de las exportaciones agropecuarias argentinas ejerció un efecto relativamente positivo en el intercambio entre la Argentina y Estados Unidos. El Anuario del Comercio Exterior para esos años muestra que, por el lado de las exportaciones argentinas hacia el mercado norteamericano, se registró un incremento respecto de la etapa anterior, aunque el mismo no alcanzó los niveles de los años 1918 a 1920, ni en términos de valor ni de participación porcentual. Este crecimiento moderado fue a su vez producto de las restricciones de la nueva política tarifaria norteamericana aplicada en los primeros años de la década de 1920. Aunque la relativa prosperidad alcanzada por el comercio de exportación argentino con Europa en 1923-1924 suavizó el impacto negativo de estas medidas, dicha prosperidad fue pasajera. (6)
   
A partir de la segunda mitad de la década, el panorama de las exportaciones argentinas se volvió a complicar por el incremento del proteccionismo en los países de Europa Occidental y Estados Unidos. En el caso norteamericano, a la sanción de las tarifas de Emergencia de 1921 y Fordney-McCumber de 1922 se le unieron una serie de medidas sanitarias que fueron percibidas por las autoridades argentinas como medidas proteccionistas y discriminatorias.
   
Estas medidas tuvieron lugar en el año 1926 y generaron una aguda tensión entre los gobiernos de Buenos Aires y Washington. En abril de dicho año, el Departamento de Agricultura norteamericano empezó a exigir la coloración de toda la semilla importada de alfalfa y trébol morado; en mayo prohibió las importaciones de uva -debido al descubrimiento de un embarque de este producto afectado por la “mosca mediterránea”. Finalmente, en septiembre, el Bureau of Animal Industry, agencia dependiente del Departamento de Agricultura, prohibió la importación de carne congelada o enfriada proveniente de regiones infectadas con aftosa, medida que incluía a la Argentina. Para colmo, también se registró una fuerte reducción en las importaciones de carne argentinas por parte de Italia, Francia y Alemania. Estas complicaciones llevaron a la Sociedad Rural Argentina a sostener el lema “Comprar a quien nos compra”, que se transformó en un verdadero alegato a favor de la consolidación de los vínculos con el Reino Unido. (7)  
    Por cierto, los obstáculos tarifarios impuestos por las autoridades norteamericanas impidieron una mayor expansión de las exportaciones argentinas y, consecuentemente, una mayor capacidad para adquirir importaciones de ese país. No obstante, Estados Unidos mantuvo el primer lugar como abastecedor de las importaciones argentinas. Ello se debió a la combinación de dos factores. El primero fue la reactivación de las exportaciones argentinas a Europa en 1923-1924 tras la depresión de 1920-1922, factor que posibilitó un mayor nivel de divisas obtenidas por las ventas de productos agropecuarios y, por esta vía,  un incremento de las importaciones procedentes de Estados Unidos. Un segundo factor estimulante del intercambio entre la Argentina y Estados Unidos fue la apreciación del peso respecto del dólar, que abarató el precio de los productos norteamericanos en relación con el de sus competidores europeos. (8)  
    Fundamentalmente, el liderazgo norteamericano estuvo basado en una mezcla de calidad, precio e inversiones, que aseguró a ciertos rubros industriales norteamericanos un predominio incuestionable. La combinación de estas tres ventajas permitió que los dos rubros de exportación norteamericana más importantes, maquinaria agrícola y automóviles, desplazaran a la competencia británica, en el primer caso, y a la francesa, en el segundo, por estar mejor adaptados a las necesidades argentinas (amplitud topográfica y escasez de mano de obra).
    Otro factor igualmente estimulante para las exportaciones de productos manufacturados norteamericanos fue la escasez de desarrollo industrial argentino hacia fines de la década de 1920. El crecimiento relativo de la industria argentina durante estos años -fruto del proceso de sustitución de importaciones- no amenazó el crecimiento de las importaciones de procedencia norteamericana. Las firmas locales vinculadas a la fabricación de petróleo, cemento, productos de cuero y bienes de caucho pasaron a depender de la maquinaria importada de Estados Unidos.
    Por su parte, la industria textil argentina reemplazó la lenta maquinaria europea por los rápidos modelos norteamericanos. A la vez, el creciente uso del petróleo en la Argentina, el rol ampliado del gobierno en la construcción de ferrocarriles y las demandas de maquinarias modernas por parte del mercado argentino, fueron todas tendencias que, lejos de obstaculizar, favorecieron a los exportadores norteamericanos. Incluso, a pesar de las crecientes importaciones de carbón (provenientes de Gran Bretaña) y de la ascendente producción nacional de petróleo, la Argentina importó una creciente cantidad de petróleo norteamericano. Las importaciones de petróleo natural o en bruto para combustible procedentes de Estados Unidos ascendieron de manera vertiginosa tras el fin de la guerra. Pasaron de 10.450 kilogramos en 1919 a 29.849 kilogramos en 1921 y a 235.365.524 kilogramos en 1923. Volvieron a incrementarse en 1924 y tras una importante caída en 1925, llegaron en 1926 a 344.875.049 kilogramos. (9)
   
La presencia norteamericana incluso se hizo sentir en rubros hasta entonces monopolizados por intereses europeos, tal el caso del comercio de armamentos. A través de un agente de la firma Colt Company que se puso en contacto con una comisión de militares argentinos, los fabricantes norteamericanos reclamaron a las autoridades argentinas la misma consideración dispensada a los fabricantes de otras naciones. (10)  Como ocurriera durante la “diplomacia de los acorazados” entre 1909 y 1912, en la década de 1920 los directivos de astilleros y empresas de barcos de guerra norteamericanos debieron enfrentar la tenaz competencia de sus rivales europeos. Entre 1926 y 1927 ofrecieron un préstamo a las autoridades argentinas para que éstas adquiriesen barcos de guerra, pero el alto de costo de éstos en comparación con el de sus competidores europeos malogró la iniciativa de las empresas norteamericanas. (11)  
    Asimismo, en un rubro de tradicional hegemonía británica como el de los productos manufacturados textiles, los exportadores norteamericanos demostraron una sorprendente habilidad para desafiar a sus competidores. Las crecientes ventas de hilo, mercería y ropa interior norteamericanos, más que compensaron la declinación en las exportaciones de telas. Los fabricantes norteamericanos se dedicaron a investigar intensivamente los mercados externos y desarrollaron dos líneas especiales de mercería, una de seda artificial y otra de lana mezclada con seda. Ninguna nación pudo competir con estos productos norteamericanos en términos de precio y calidad. De hecho, la propia Gran Bretaña fue el principal mercado externo y la Argentina el segundo. Pero las autoridades argentinas reaccionaron, protegiendo su incipiente industria textil a través de aranceles. Los incrementos tarifarios de 1920 y, particularmente, de 1923, capacitaron a los fabricantes argentinos para reemplazar una buena parte de esas importaciones textiles. Estas medidas tarifarias redujeron las exportaciones norteamericanas en el mercado argentino, aunque las mantuvieron por encima del nivel alcanzado en 1913. (12)  
    De este modo, el peso de las importaciones argentinas procedentes de Estados Unidos hizo que la balanza comercial bilateral arrojara saldos negativos para la Argentina durante toda la década de 1920. Entre 1920 y 1929 el valor de las importaciones argentinas provenientes de Estados Unidos como mínimo duplicó al de las exportaciones dirigidas hacia ese mercado.
   
En cuanto a las exportaciones agrícolas y forestales argentinas hacia Estados Unidos en particular, también pueden identificarse dos subperíodos. El primero abarca el lapso 1918-1920, años durante los cuales, como ya se ha mencionado, las exportaciones agrícolas argentinas dirigidas hacia el mercado norteamericano sufrieron alzas o bajas según los rubros. Entre las exportaciones en alza figuraron las de lino, las cuales más que duplicaron su volumen y valor entre 1918 y 1920, pasando de 241.473 a 508.213 toneladas y de 20.873.453 a 56.842.203 pesos oro. Por su parte, las de maíz se cuadruplicaron en esos mismos años, saltando de 39.871 a 157.900 toneladas y de 1.203.814 a 5.894.912 pesos oro. En cuanto a las de trigo, experimentaron un menor crecimiento. Su volumen se incrementó de 28.089 a 45.897 toneladas y su valor de 1.618.678 a 2.863.753 pesos oro. (13)
   
En cambio, el extracto de quebracho, tan importante para la industria del cuero norteamericana desde fines del siglo XIX, fue un rubro en baja, debido a su acumulación en Estados Unidos durante los años de guerra. Sus exportaciones cayeron a prácticamente la mitad de su volumen entre 1918 y 1920, pasando de 61.276 a 32.352 toneladas. En comparación con el volumen, su valor cayó menos: de 6.315.008 pesos oro en 1918 a 5.181.631 pesos oro en 1920. Por cierto, este diferente comportamiento del valor respecto del volumen resulta en sí mismo un indicio de la importancia del extracto de quebracho dentro de las importaciones norteamericanas provenientes de la Argentina. (14)  
    En el segundo subperíodo, esto es, entre 1920 y 1929, las exportaciones agrícolas argentinas se vieron obstaculizadas por una serie de medidas proteccionistas adoptadas por las autoridades norteamericanas. Durante la depresión de los años 1920 a 1922, el Departamento de Agricultura, accediendo a las presiones de los farmers o productores agropecuarios norteamericanos, había enviado a expertos en marketing para analizar en Europa y la Argentina la situación de varios productos primarios que en ese momento competían con los producidos en Estados Unidos. Las conclusiones de estos expertos establecieron que productos argentinos como carne, lana, y semillas de lino, tenían menores costos de producción y transporte que sus similares norteamericanos. Además, sus informes sostenían que la Argentina tenía también la capacidad potencial para producir montos significativos de otros rubros de exportación norteamericana, tales como algodón y frutales. (15)  
    La competencia que representaba la variedad argentina de semilla de lino, de mayor calidad y menor costo de transporte que la norteamericana, fue el mayor dolor de cabeza para los farmers. Este producto, cuyo aceite es utilizado como lubricante para las maquinarias, resultaba un insumo energético clave para las industrias norteamericanas de aquella época. Durante la década de 1920 Estados Unidos sólo produjo cerca de 15% del total mundial de lino, mientras que la Argentina aportó cerca de 50%, convirtiéndose en el principal productor y exportador de este rubro. Entre 1918 y 1930, la Argentina vendió entre 15 y 35% del total de sus exportaciones de semillas de lino a Estados Unidos, y esto representó entre la mitad y las ocho décimas partes del total de las importaciones norteamericanas en este rubro. Durante la década de 1920, el valor de las exportaciones argentinas de semillas de lino a Estados Unidos representó un tercio del valor total exportado a ese país, ocupando una posición dominante en las relaciones comerciales argentino-norteamericanas. (16)
   
A diferencia de la semilla de lino, las ventas de lino a Estados Unidos, que habían experimentado un ascenso entre 1918 y 1920 tanto en términos de volumen como de valor, tuvieron en esta segunda fase dos momentos diferentes, uno, desde 1920 a 1925, con tendencia a la baja (con un pico alcanzado en 1923), y un segundo momento, desde 1926 a 1929, con tendencia al alza, para llegar en ese último año al mayor registro de la década, con 558.090 toneladas. No obstante, las exportaciones de otro subproducto del lino, el aceite de lino, no dejaron de caer a lo largo de la década de 1920: 101.500 kilogramos en 1920 a 17.758 kilogramos en 1922, 5714 kilogramos en 1924, 187 kilogramos en 1926, y de 1927 a 1929 no figura en los registros pues debió ser importado por la Argentina.  Su valor cayó en esos mismos años de 32.645 pesos oro en 1920 a sólo 2094 pesos oro en 1922, 946 pesos oro en 1924 y 30 pesos oro en 1926. (17)
   
Aunque no en la medida en que lo hizo la semilla de lino, el ingreso de maíz en el mercado norteamericano también preocupó a los farmers. Estados Unidos aportaba cerca de 60% del total de la producción maicera mundial, pero la Argentina era el exportador más importante en términos de volumen, vendiendo seis veces más que su competidor. Las exportaciones argentinas de maíz se dirigieron en su mayor parte al mercado europeo, pero también lograron colocarse en el primer lugar en las importaciones norteamericanas de maíz, aunque de manera muy errática, ligada esencialmente a las coyunturas de malas cosechas en Estados Unidos. En consecuencia, las ventas de maíz argentino a Estados Unidos alternaron años de alza (1920, 1923, 1924, 1926, y 1927) con años de baja (1921, 1922, 1925, 1928 y 1929). El pico de la década fue alcanzado en 1920, con un volumen de 157.900 toneladas y un valor de 5.894.912 pesos oro, y su punto más bajo fue en 1922, con sólo 998 toneladas y un valor de 35.670 pesos oro. (18)
   
Mientras tanto, las exportaciones de extracto de quebracho mantuvieron la tendencia hacia la baja manifestada entre 1918 y 1920, aunque de manera menos pronunciada. Cayeron de 32.352 toneladas, con un valor de 5.181.631 pesos oro en 1920, a 25.616 toneladas, con un valor de 2.727.360 pesos oro en 1922. Hacia 1923 se recuperaron e incluso alcanzaron el pico de la década, al llegar a un volumen de 52.872 toneladas y un valor de 4.735.052 pesos oro. El registro más bajo de la década se produjo en 1929 cuando cayeron a 24.787 toneladas. (19)  
    En cuanto al comercio de productos ganaderos, y siguiendo con la misma distinción en etapas antes mencionada, puede observarse que durante los dos primeros años de la posguerra (1918-1920), los precios de las exportaciones ganaderas argentinas en general se mantuvieron estables y en muchos casos incluso se incrementaron ligeramente respecto de los vigentes durante los años de la guerra. Ello se debió a la sostenida demanda de los países europeos que, con sus propios rebaños disminuidos y sus tierras sin cultivar, se vieron forzados a importar grandes cantidades de productos agropecuarios argentinos para satisfacer sus necesidades mínimas.
   
Ahora bien, esta relativa prosperidad del intercambio argentino-europeo entre 1918 y 1920 no se extendió al comercio con Estados Unidos, aunque el panorama varía según los rubros. En el caso de la lana, las tarifas de 1921 y 1922 restringieron las exportaciones al mercado norteamericano. Mientras tanto, en 1918, la Argentina aportó la mitad del total de importaciones norteamericanas de lana; en 1919, representó cerca de un tercio; en 1920, un sexto y entre 1921 y 1929, un décimo. (20) Las exportaciones de lana lavada pasaron de 8291 a 4748 toneladas entre 1918 y 1919, y a 1030 toneladas en 1920. Las de lana sucia cayeron de 69.898  a 52.087 y 29.306 toneladas en esos mismos años. En cambio, el panorama de las exportaciones de cueros fue alentador, como consecuencia de la demanda generada por el desarrollo de la industria del cuero en Estados Unidos. Entre 1918 y 1929, Estados Unidos fue el principal cliente de la Argentina, ya que le compró entre un cuarto y un tercio de su producción anual de cueros y pieles. (21) Las ventas de cueros lanares sucios saltaron de 2780 a 6079 toneladas entre 1918 y 1919, para caer a 1646 toneladas en 1920. Las de cueros lanares pelados, salados y sin salar y cueros vacunos salados también se incrementaron. Pero el ascenso más importante en este rubro se dio en el caso de los cueros vacunos secos, que aumentaron más de diez veces su volumen y valor en 1920 con respecto a 1918. (22)  
    Por su parte, las exportaciones de carne en conserva hacia Estados Unidos declinaron entre 1918 y 1920, pasando de 48.810 toneladas en 1918 a 1.555 toneladas en 1920, llegando a tan sólo 26 toneladas en 1921. En cuanto a las de carne enfriada a dicho mercado, directamente no figuran en las estadísticas oficiales ente 1918 y 1921. En cambio, rubros como bovinos y carneros congelados experimentaron un alza en su volumen, saltando de 697 a 6470 toneladas entre 1918 y 1920 el primer caso, y de 18 a 6038 toneladas el segundo. (23)
   
Los ganaderos norteamericanos temían la posibilidad de que los frigoríficos de su país instalados en la Argentina (Swift, Armour, Wilson y Morris) presionaran al gobierno de Washington para vender su carne, más barata que la norteamericana, en el propio mercado de Estados Unidos. Sin embargo, según la evidencia documental estos temores no se materializaron. Los frigoríficos norteamericanos instalados en la Argentina no ejercieron presión sobre las autoridades de su país para incrementar sus ventas a Estados Unidos durante las décadas de 1920 y 1930. (24) Dieron prioridad a los mercados europeos, y especialmente al británico, pues desde la perspectiva de las firmas norteamericanas eran destinos más lucrativos que el mercado estadounidense. (25)
   
Respecto de la segunda etapa (1920-1929), dentro de las exportaciones ganaderas hacia Estados Unidos resulta conveniente distinguir la situación de la lana de la de los cueros. En el caso de la lana, continuó la tendencia descendente de la fase 1918-1920, agravada por las tarifas de 1921 y 1922, aunque se registraron situaciones diversas según la modalidad del rubro. Las ventas de lana sucia a Estados Unidos no dejaron de declinar a lo largo de la década, desde 29.306 toneladas en 1920 a 28.976 en 1922, 13.584 toneladas en 1924, 15.002 toneladas en 1926 y 10.399 toneladas en 1928. En cambio, las de lana lavada tuvieron alzas y bajas, con su punto más bajo en 1927, cuando alcanzó un volumen de 205 toneladas. (26) Por su parte, las ventas de cueros vacunos secos experimentaron dos momentos diferenciados. Entre 1920 y 1922, experimentaron una tendencia alcista pasando de 4926 a 10.438 toneladas. En cambio, a partir de 1923, alternaron momentos de alzas y bajas. (27) 
   
En el caso de las exportaciones de bovinos y carneros congelados a Estados Unidos, se experimentaron fuertes caídas entre 1920 y 1923, seguramente debido a la incidencia de las tarifas de 1921 y 1922. Las de bovino congelado declinaron de un volumen de 6470 toneladas en 1920 a uno de 167 toneladas en 1921. Se recuperaron levemente en 1922, para volver a caer en 1923. En el caso de las exportaciones de carneros congelados, el volumen de 1922 fue cerca de la mitad del correspondiente a 1920, y en 1923 cayeron aún más. Por su parte, las exportaciones de carne bovina enfriada cayeron de 544 toneladas en 1922 a 94 toneladas en 1923. (28) 
   
Durante la segunda mitad de la década de 1920, las exportaciones argentinas de carne congelada y enfriada fueron interrumpidas debido al embargo decretado por el Bureau of Animal Industry del Departamento de Agricultura en septiembre de 1926 sobre aquellas regiones del mundo productoras de carne congelada o enfriada infectada con aftosa. De acuerdo con las estadísticas oficiales, las ventas de bovino y carnero congelado experimentaron una tendencia hacia la baja. Por su parte, las exportaciones de bovino enfriado cayeron de 544 toneladas en 1922 a 100 en 1924, y de 1925 hasta 1929 directamente no figuran registros, salvo en 1928, año en el que las fuentes señalan un insignificante volumen de 4 toneladas, con un valor de 605 pesos oro. (29)
 
    En cambio, y a diferencia de las carnes congeladas y enfriadas, que sufrieron los efectos del embargo decretado en 1926, las carnes en conserva argentinas, en descenso de 1918 a 1921, ocuparon hacia fines de la década de 1920 un lugar muy importante en el conjunto de importaciones norteamericanas de carne, tanto desde el punto de vista económico como psicológico (a causa del embargo contra las carnes argentinas decretado por las autoridades norteamericanas). (30)  
    Ahora bien, la tercera guerra de las carnes, que estalló en abril de 1925 y finalizó en octubre de 1927, marcó un nuevo avance de los grandes frigoríficos norteamericanos en el control del comercio argentino de carnes, aunque el volumen fuese transportado esencialmente a través de vagones y barcos vinculados a capitales británicos. (31)
   
No obstante, si bien los grandes frigoríficos norteamericanos como Swift y Armour fortalecieron su presencia en la Argentina a expensas de sus competidores británicos, esta ventaja no fue capitalizada por las autoridades de Washington, que, con el embargo a las carnes importadas infectadas con aftosa en septiembre de 1926, contribuyeron a reducir la esfera de influencia norteamericana en el comercio de carnes argentinas y a fortalecer los tradicionales vínculos de los ganaderos argentinos con el Reino Unido. En otras palabras, el embargo decretado por el gobierno republicano de Calvin Coolidge respondió a los intereses de los productores de ganado norteamericanos y dio la espalda a los de los frigoríficos norteamericanos instalados en la Argentina que procuraban exportar carne a Estados Unidos. (32)
   
Por otro lado, un aspecto menos conocido del comercio entre la Argentina y Estados Unidos fue el vinculado con los esfuerzos norteamericanos por vender ganado de pura raza a los estancieros argentinos, un rubro tradicionalmente monopolizado por los británicos en general -y holandeses en el caso particular de las vacas lecheras-. A pesar de estos intentos, en ningún momento de la década de 1920 los planteles norteamericanos pudieron desplazar de su liderazgo al ganado en pie de pura raza de origen británico. Los estancieros argentinos generalmente prefirieron las razas británicas Shorthorn y Hereford, probablemente debido a que su carne era más aprovechable y magra que la del ganado norteamericano.
   
Asimismo, tampoco los norteamericanos lograron quebrar el predominio de Holanda en la venta de vacas lecheras de pura raza a la Argentina. Intentaron aprovechar las falencias de la industria láctea argentina en los años de la posguerra, que no estaba ni bien organizada ni contaba con un buen stock de vacas lecheras. Pero no pudieron quebrar el predominio de las razas lecheras holandesas. Mientras los norteamericanos exportaron a la Argentina una cantidad promedio de tan sólo 10 cabezas de ganado de pura raza por año a lo largo de la década de 1920, los europeos vendieron más de 100 por año. Los norteamericanos no lograron vender animales de pura raza en cantidad importante al mercado argentino, debido, además, a las dificultades y altos costos de embarque del ganado vivo de Estados Unidos hacia la Argentina. (33) 
   
Más allá de este rubro específico, cabe aclarar que en términos generales la persistencia de barreras protectoras y de embargos sanitarios decretados contra los productos ganaderos argentinos fueron dos obstáculos importantes en las relaciones económicas argentino-norteamericanas en la década de 1920.  
    Las altas tarifas aduaneras impuestas por las autoridades norteamericanas a las exportaciones argentinas eran una respuesta al impacto negativo de la depresión mundial de los años 1920 a 1922 sobre el agro norteamericano. Tras el fin de la Primera Guerra Mundial, tanto los ganaderos argentinos como sus pares estadounidenses esperaban que el mercado europeo mantuviera la demanda registrada durante la coyuntura bélica, pero este común optimismo se vio visiblemente quebrado cuando en junio de 1920 la fuerte caída en los precios mundiales de los productos primarios dejó en una posición altamente vulnerable a los ganaderos de ambos países. Las naciones europeas, agotadas por el esfuerzo de guerra, priorizaron la necesidad de reconstruir sus economías, y redujeron importaciones. La caída de la demanda europea puso en la cuerda floja a muchos ganaderos y hombres de negocios. Estos, tentados por los buenos precios de los tiempos de guerra, habían invertido en planteles y tierras para engorde e incluso se habían endeudado, esperando recuperar su inversión con el mantenimiento de las exportaciones de carne al nivel de las de la Primera Guerra. Pero estas expectativas no se cumplieron, y se dieron casos de bancarrota de productores agropecuarios tanto en la Argentina como en Estados Unidos. (34)
   
La crisis alcanzó su punto más álgido en Estados Unidos durante el invierno de 1920-1921, cuando los farmers exigieron al gobierno la colocación de altas tarifas para proteger sus productos contra los inconvenientes del alza en los costos, la baja de los precios internos y la competencia de los productos importados. Los reclamos de los farmers fueron escuchados por el gobierno republicano de Warren G. Harding. Tanto el primer mandatario como su vicepresidente Calvin Coolidge y su secretario de Agricultura Henry C. Wallace favorecieron una fuerte protección a los farmers. De este modo, surgieron  los aranceles de 1921 -conocidos como the Emergency Tariff Act- y de 1922 -conocidos como Fordney-McCumber Tariff-, que fueron perjudiciales para los intereses exportadores argentinos, ya que restablecieron los aranceles en todas las posibles variantes de carnes importadas (bovina, ovina, y porcina congelada, en conserva, preparada y procesada), productos que la tarifa Underwood-Simmons de 1913 había colocado en la lista libre de impuestos. 
    La Tarifa de Emergencia se hizo efectiva a partir del 27 de mayo de 1921, y estableció tasas prohibitivas sobre casi todos los productos agrícolas y ganaderos exportados por la Argentina, entre ellos el trigo, el maíz, las carnes, el extracto de quebracho, la semilla de lino y casi todas las lanas. Solamente, los cueros, las pieles y la lana para alfombras permanecieron en la lista de productos libres de derechos.  La aplicación de los nuevos derechos tarifarios de 1921 afectó a productos que en 1920 representaban 16% de las exportaciones totales de la Argentina. (35)
   
Por su parte, la Tarifa Fordney-McCumber de 1922 fue sancionada como ley en septiembre de dicho año y aplicó impuestos aún más altos que los vigentes bajo la Tarifa de Emergencia de 1921 a la mayoría de los productos agropecuarios importados, incluso sobre rubros que Estados Unidos exportaba en mayor volumen de lo que importaba, tales como algodón, trigo, maíz, y carne de cerdo. Los derechos sobre la lana eran reintegrados si los importadores probaban que ésta era utilizada para la fabricación de alfombras. Los cueros y las pieles fueron los únicos rubros importantes de exportación argentinos que no sufrieron arancel. (36)
   
En consecuencia, según las mismas fuentes, entre 1920 y 1924 los porcentajes de participación de Estados Unidos en el total de las exportaciones argentinas sufrieron una fuerte declinación, pasando de 14,8% a 7,1% (con una leve recuperación en los años 1922 y 1923). Pero con el fin de no caer en una visión excesivamente reduccionista, vale advertir que resulta difícil evaluar el impacto de las tarifas de 1921 y 1922 sobre las exportaciones argentinas a Estados Unidos porque, además de las tarifas aduaneras, la caída de la demanda norteamericana y los bajos precios también contribuyeron a la declinación del intercambio bilateral.
   
Por ejemplo, rubros de exportación argentinos que estaban libres de arancel como los cueros y las pieles también cayeron en su valor. Las exportaciones de cueros lanares sucios cayeron de 1646 toneladas en 1920 a sólo 93 toneladas en 1921, y aunque se recuperaron en 1922, volvieron a caer en 1923, cuando llegaron a 785 toneladas, o sea, menos de la mitad del volumen de 1920. Con los cueros salados la tendencia fue similar: su volumen cayó de 40.911 a 29.250 toneladas entre 1920 y 1921, aunque se recuperaron en los dos años siguientes. (37)  
    Más allá de su impacto real en las exportaciones argentinas, lo cierto es que las tarifas de 1921 y 1922 generaron un fuerte impacto psicológico entre los productores agropecuarios argentinos. Fue un baldazo de agua fría para estos sectores, entusiasmados con la idea de expandir sus ventas hacia un mercado que, al tener productos primarios con precios más altos que los argentinos, parecía abrir enormes posibilidades. Hacia 1927, Luis Duhau, presidente de la Sociedad Rural Argentina, sostuvo que el aumento de las exportaciones de carne hacia Estados Unidos no sólo beneficiaría los intereses exportadores argentinos, sino que también lo haría con los norteamericanos, aportando productos agropecuarios con precios más bajos y permitiendo un incremento de las ventas de productos manufacturados de Estados Unidos como consecuencia del aumento de la capacidad de compra argentina. (38)
   
Estos argumentos no sólo fueron constantemente repetidos por los representantes del gobierno y los medios de prensa argentinos. También tuvieron eco en los empresarios y exportadores norteamericanos que, al igual que los productores agropecuarios argentinos, percibían estas altas tarifas como perjudiciales para sus lucrativas actividades. La tarifa de 1921 fue dictada por el Congreso norteamericano dominado por elementos del Partido Republicano, y sellaba el compromiso del gobierno de proteger de la crisis económica a los farmers del Oeste y Medio Oeste norteamericano. Este compromiso perjudicaba los intereses de los empresarios y comerciantes del Norte y Este quienes, a diferencia de los farmers, buscaban bajar la protección de los productos agropecuarios norteamericanos para permitir el ingreso de los argentinos, particularmente de la lana y la semilla de lino, esenciales para importantes industrias del Norte. A su vez, con el incremento de las exportaciones agropecuarias de la Argentina hacia Estados Unidos, los intereses empresariales y comerciales del Norte y Este norteamericano se aseguraban que los argentinos tuvieran el nivel de divisas necesario para adquirir bienes industriales provenientes de Estados Unidos. (39)  
    Más aún, la desilusión que sintieron los productores agropecuarios argentinos con la sanción de las tarifas de 1921 y 1922 alimentó un sentimiento de resentimiento u hostilidad hacia Estados Unidos, que se incrementó con las medidas adoptadas por las autoridades norteamericanas en 1926. En abril de dicho año, el Departamento de Agricultura prohibió la importación de alfalfa argentina, pues no era apta para crecer en el Oeste norteamericano, región sometida a crudos inviernos. En mayo del mismo año, a raíz del descubrimiento de un envío de uva blanca infectado por la “mosca mediterránea” proveniente de la Argentina, el Bureau of Plant Quarantine del Departamento de Agricultura prohibió subsiguientes importaciones. Y en septiembre, el Bureau of Animal Industry, agencia dependiente del Departamento de Agricultura, cerró la importación de carne fresca o congelada procedente de zonas del mundo contaminadas por la fiebre aftosa. Estas medidas afectaron a la Argentina, cuyas autoridades no realizaban un efectivo control sanitario sobre las exportaciones de estos productos. (40)  
    En realidad, las medidas norteamericanas estaban justificadas por razones sanitarias y avaladas por un avanzado conocimiento científico, pero en la Argentina la reglamentación norteamericana sonó a discriminatoria. Es cierto que la decisión de prohibir el ingreso de las carnes argentinas favorecía los intereses de los ganaderos norteamericanos. Sin embargo, a diferencia de lo que en ese momento sostuvieron el gobierno y los ganaderos argentinos, la extrema actitud de Washington no respondió sólo a una actitud proteccionista, sino que también estuvo respaldada en argumentos científicos.
   
Cabe aclarar que el resentimiento que generó el embargo en los argentinos no fue sólo producto de la miopía con que éstos percibieron el problema de la aftosa. Por cierto, la hábil actitud británica ayudó mucho a nutrir esta falsa percepción. En contraste con la brusca e impolítica -aunque legítima- actitud norteamericana, la diplomacia británica trató el tema de la aftosa con mucho mayor tacto. Las autoridades británicas, como sus colegas norteamericanas, eran conscientes de que las carnes argentinas estaban infectadas con aftosa. Pero decidieron mantener abierto el mercado, con el objetivo de asegurar un suministro barato a los consumidores ingleses. Esta actitud, leída erróneamente por el gobierno argentino y los miembros de la Sociedad Rural como un signo de la buena voluntad británica, en realidad constituyó un valioso instrumento de presión por parte de Londres.
   
En otras palabras, la diplomacia británica utilizó en forma permanente la amenaza del cierre del mercado a las carnes con el fin de obtener no sólo la adopción de controles sanitarios por parte de las autoridades y ganaderos argentinos sin necesidad de recurrir a la extrema actitud norteamericana, sino también concesiones económicas y comerciales, como lo demostraron en forma elocuente el frustrado tratado Oyhanarte-D'Abernon de 1929 y el polémico tratado Roca-Runciman de 1933. (41)  
    Las autoridades argentinas se negaron entonces a ver la realidad. El alto grado de contagio del virus que provoca la aftosa y la tardía aparición de síntomas en el animal infectado justificaban por cierto los drásticos métodos sanitarios adoptados en Estados Unidos -que incluyeron la cuarentena, desinfección e incluso matanza de animales. Pero el embargo y las propuestas de control sanitario ofrecidas por Estados Unidos atacaban un producto que era símbolo del orgullo y la prosperidad de la élite argentina, y ayudaban por ello a exacerbar en este sector un sentimiento de encono hacia Estados Unidos.
   
Una tendencia similar ocurrió en el caso de las exportaciones de granos argentinas. El Congreso norteamericano, muy presionado por los farmers, demostró poca comprensión de las necesidades de reciprocidad comercial por parte de la Argentina, como demostraron claramente las discusiones parlamentarias en torno al aumento de las tasas sobre las semillas de lino y maíz importadas. Los productores agrícolas argentinos, como por ese entonces aportaban el grueso de ambos productos al mercado norteamericano, se sintieron, ante las medidas restrictivas del gobierno norteamericano, víctimas de las mismas. Pero esta decepción, provocada por las medidas tarifarias y no tarifarias norteamericanas entre 1921 y 1926, no impidió que las autoridades y productores agropecuarios argentinos apostaran a la posibilidad de colocar exportaciones argentinas en el mercado norteamericano. Mantuvieron esa esperanza a lo largo de los años 20 y la sostuvieron sobre la idea de que la economía norteamericana pronto alcanzaría los límites propios de una producción agrícola eficiente, forzando al gobierno de Washington a reducir sus tarifas en productos provenientes del mercado argentino tales como maíz, semillas de lino y carne refrigerada. Acorde con esta percepción, el presidente de la Sociedad Rural Argentina sostuvo, luego de la visita a Estados Unidos en 1927, que el gobierno argentino garantizaría las condiciones sanitarias para solucionar el problema de la aftosa, y que la opinión pública norteamericana estaría a favor de una flexibilización de las tarifas vigentes. (42)
   
Otro factor que fortalecía esta idea era el temor de los ganaderos argentinos a que el gobierno británico adoptara la prédica del Movimiento de Preferencia Imperial y priorizara las vinculaciones con sus ex colonias como Canadá, Nueva Zelandia y Australia, en detrimento de las exportaciones agropecuarias argentinas, tendencia que se concretaría en la década siguiente tras la Conferencia de Ottawa en 1932. La inseguridad que ofrecía el mercado británico hizo que las autoridades y productores argentinos se aferrasen aún más a la esperanza de colocar su producción en el mercado norteamericano, autoconvenciéndose de que podrían llegar a un satisfactorio acuerdo con Washington.
   
Este acuerdo no parecía tan descabellado, si se tiene en cuenta que los sectores industriales norteamericanos eran partidarios de la reducción de las tarifas sobre ciertos productos argentinos claves para la industria norteamericana, como la lana, los cueros y el aceite de semilla de lino. Para estos sectores, de la prosperidad de las exportaciones argentinas hacia Estados Unidos dependía una mayor capacidad de compra de productos industriales norteamericanos.
   
Otro factor que se sumó a los anteriores para alimentar la esperanza de un incremento del intercambio comercial bilateral fueron las promesas de revisión tarifaria efectuadas por el Presidente Herbert Hoover durante su visita a la Argentina en 1928, que entusiasmaron incluso a personajes provenientes del sector empresarial, como Alejandro Bunge. (43)
   
Finalmente, otro obstáculo importante en el intercambio bilateral, íntimamente vinculado con las medidas arancelarias y de carácter sanitario adoptadas por las autoridades norteamericanas, fue la devaluación del peso respecto del dólar. La balanza comercial negativa de la Argentina con Estados Unidos, combinada con los pagos por servicios financieros, generó una presión tan poderosa sobre el peso, que la divisa local descendió su cotización respecto del dólar en la última mitad de 1920. La depreciación del peso, a su vez, hizo a los productos norteamericanos tan caros, que resultó difícil y en algunos casos casi imposible, venderlos en el mercado argentino. Esta devaluación cambiaria provocó que los bienes norteamericanos fueran desplazados por los europeos. Ante esta desfavorable situación, los exportadores norteamericanos se vieron obligados a reexportar o revender, con un 40 a 50% de pérdida, los bienes acumulados en las aduanas argentinas. (44)
   
Así, la depreciación del peso argentino en términos del dólar fue una de las principales causas de la drástica caída de las importaciones provenientes de Estados Unidos, tanto en términos de valor como de porcentaje de participación, entre 1920 y 1922. El Anuario del Comercio Exterior muestra que en estos años el valor de las importaciones de origen norteamericano declinó de 310,4 millones de pesos oro en 1920 a 200, 9 millones en 1921 y 152,6 millones de pesos oro en el año siguiente. En términos porcentuales, la caída fue de 33,2% en 1920 a 26,8% en 1921 y 22,1% en 1922.
   
Se pueden suministrar algunos ejemplos de la influencia negativa del tipo de cambio para los intereses norteamericanos. La firma Curtiss Airplane and Motor Corporation, una próspera empresa de fabricación y escuela de aviones establecida en Buenos Aires, vio peligrar sus ventas de aeroplanos hacia noviembre de 1920 debido al encarecimiento del dólar con respecto al peso y las divisas europeas. Pero la depreciación del peso tuvo su mayor impacto sobre el comercio de textiles. La competencia proveniente de las firmas textiles británicas y europeas obligaba a los fabricantes norteamericanos a operar con márgenes muy estrechos de ganancia. El colapso del nivel general de precios en 1921 dejó muy mal parados tanto a los fabricantes norteamericanos, que no querían sufrir mayores pérdidas, como a los importadores textiles argentinos, que no estaban dispuestos a efectuar sus compras a precios más altos que los originalmente acordados.
   
En este momento crítico, la firma American Drygoods Agents' Association propuso la creación de una corporación de debentures en Nueva York para solucionar la crisis. Esta corporación tomaría los textiles colocados en las aduanas argentinas, los vendería e invertiría el dinero obtenido en valores argentinos. Sobre la base de estas inversiones, emitiría su propio papel a los dueños originales de los textiles. Cuando las condiciones mejoraran, la corporación liquidaría sus tenencias. La Asociación publicitó este proyecto como un medio de ayudar a la estabilización del cambio, poner moneda en circulación y promover la inversión. La propuesta nunca contó con apoyo suficiente para ser implementada. Los textiles que estaban en las aduanas fueron reembarcados hacia Estados Unidos o sometidos a la subasta pública. (45)
   
La desventaja del dólar respecto del peso se revirtió a partir de abril de 1925. El peso alcanzó y luego excedió la paridad con la divisa norteamericana en 1927, y se mantuvo fuerte hasta la crisis mundial de 1929, momento en que volvió a depreciarse. A la apreciación del peso se sumó la estabilización de las monedas europeas a través de acuerdos internacionales y del restablecimiento del patrón oro. Como consecuencia del influjo de ambos factores, los intereses exportadores europeos perdieron la ventaja en el tipo de cambio que durante la primera mitad de la década les había permitido competir exitosamente con sus pares norteamericanos. (46)  
    Por último, en cuanto a las inversiones norteamericanas en la Argentina durante el período en consideración, se observa que el comportamiento de los inversores atravesó tres etapas claramente diferenciadas. En una primera etapa, que abarcó los cinco años inmediatamente posteriores al fin de la guerra, las inversiones norteamericanas se dirigieron hacia más de veinte compañías, demostrando un comportamiento más diversificado que el británico. Estuvieron representadas en sectores de diversa índole: petróleo, frigoríficos, cemento, construcción, textiles, bienes eléctricos y químicos, seguros, distribución de películas, bancos y publicaciones, entre muchos otros. En muchos casos estas inversiones actuaron en sociedad con capitales de los más diversos orígenes: con los británicos en publicaciones, con los argentinos en explotaciones agropecuarias y petróleo, con los franceses y alemanes en comunicaciones, y con los italianos en seguros. (47)
   
En una segunda etapa, iniciada al promediar la década de 1920, aunque se expandieron las inversiones en empresas productivas -muy especialmente en ramas como petróleo, vehículos y maquinarias-, los capitales de Estados Unidos se dirigieron en su mayor parte hacia la compra de títulos gubernamentales y la concesión de créditos de corto plazo al gobierno argentino. Un nuevo ciclo de préstamos se inició tras el alza en los mercados mundiales de 1923-1924, en el que el gobierno nacional recibió créditos por un monto cercano a los 290 millones de dólares, pero donde también se registraron préstamos a gobiernos provinciales y municipales por 75 millones de dólares. Las bancas de Nueva York y Boston prestaron dinero a los gobiernos nacional, provincial y municipal de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Tucumán, con el fin de cubrir operaciones de reembolso, financiar escuelas y mejorar las calles, carreteras e instalaciones sanitarias. Por cierto, el carácter excepcionalmente próspero de las relaciones financieras entre la Argentina y Estados Unidos entre 1924 y 1928 terminó estimulando el incremento en unos 185 millones de dólares de las inversiones privadas directas de Estados Unidos en la Argentina. Los grupos empresarios norteamericanos, limitados a principios de siglo a la industria de la carne, se convirtieron en prestamistas activos del gobierno argentino e inversores en la industria local. (48)
   
En tercer lugar, durante los años 1928 y 1929 se dio una tercera etapa de las inversiones norteamericanas en la Argentina. Mientras la concesión de préstamos de corto plazo por parte de los bancos norteamericanos a las autoridades argentinas y las inversiones en títulos de deuda pública perdían interés relativo por el rápido incremento de las tasas de interés, la caída de los precios de las materias primas y la depreciación del peso, la euforia económica imperante en Estados Unidos en los años inmediatamente previos al crash de 1929, llevó a los inversores norteamericanos a canalizar su capital en los servicios públicos de Buenos Aires y las provincias.  
    Respecto de los rubros en los que se registraron las inversiones estadounidenses sobresale, en primer lugar, el sector de servicios públicos. Entre las inversiones efectuadas en el mismo, se destacaron las efectuadas por la International Telephone and Telegraph Corporation y la American and Foreign Power Company, cuyo monto invertido estuvo cerca de 160.000.000 de dólares en este rubro en el bienio 1928-1929. (49) Por su parte, la empresa Central and South American Telegraph Company obtuvo permiso para extender sus líneas desde la Argentina a Uruguay en 1918, las que comenzaron a operar al año siguiente. (50)  
    En efecto, esta concesión otorgada por las autoridades argentinas a la Central and South American Telegraph Company alarmó a la firma telegráfica británica Western Telegraph Co., que exigió la anulación de dicha concesión. (51)  La firma norteamericana le ganó la pulseada a su rival británica. La Central and South American Telegraph Co., que cambió su nombre por el de All America Cables, Inc., no sólo mantuvo la concesión para colocar uno o más cables entre Buenos Aires y Montevideo, sino que también obtuvo del gobierno argentino la renovación de la ansiada y hasta ese momento negada concesión firmada en 1885: el establecimiento de una línea de cable telegráfico directo entre Buenos Aires y Brasil, concesión otorgada en noviembre de 1921. (52)  
    Dentro del rubro de servicios públicos, la velocidad con que operaron las compañías norteamericanas de energía eléctrica fue aún más impresionante que la de las telefónicas. En 1929, la Electric Bond and Share Company adquirió el control de la Atlas Light and Power Company of London, la firma británica eléctrica más importante en la Argentina. Esta compra, sin embargo, fue sólo una entre muchas. Entre mediados de 1928 y noviembre de 1929, las firmas norteamericanas Electric Bond Share Company y South American Company of Public Services añadieron 140 estaciones de energía eléctrica a las 40 que habían adquirido. (53)
   
Esta presencia norteamericana en los servicios públicos preocupó a los comerciantes y fabricantes británicos, que temieron perder su tradicional hegemonía en este sector. Cuando la Electric Bond and Share Company compró extensas propiedades inglesas en 1929, la comunidad británica en Buenos Aires se alarmó. Esta alarma se transformó en pánico cuando se extendieron los rumores de los intentos norteamericanos por comprar el Buenos Aires and Pacific Railway. La preocupación causada por estos rumores entre los británicos fue, por cierto, justificada. Los intereses comerciales británicos no habían evidenciado preocupación con respecto a la primera oleada de inversiones norteamericanas de la década de 1920, porque éstas se concentraron fuertemente sobre los títulos gubernamentales. Pero cuando las compañías norteamericanas compraron los servicios de comunicaciones y energía, estas adquisiciones representaron en la visión de los intereses comerciales británicos, una amenaza para las exportaciones inglesas.
   
No obstante, las compañías norteamericanas no estaban todavía decididas a provocar cambios tan rápidos en los patrones comerciales. En muchos casos lograron el control de los servicios públicos no a través del desplazamiento de la inversión británica, sino por medio del incremento del capital invertido en dichos servicios. Por ejemplo, la International Telephone and Telegraph Company obtuvo el control de la Compañía Telefónica Argentina duplicando el capital y prometiendo suministrar inversiones adicionales y habilidad técnica para expandir las operaciones. En otro caso -el de la transferencia de la propiedad de Atlas Light and Power Company of London a una firma norteamericana- se estipuló que la ex empresa británica continuara comprando su equipamiento en el Reino Unido por un período determinado. En consecuencia, los fabricantes británicos retuvieron momentáneamente su liderazgo en el sector de servicios públicos a pesar del avance de las inversiones norteamericanas. (54)
   
En cuanto al sector petrolero, puede decirse que éste adquirió particular relevancia en el conjunto de las inversiones norteamericanas efectuadas en la Argentina. Ello se debió a dos razones. La primera fue la atención otorgada por el Departamento de Estado a este rubro, que era concebido como estratégico debido a la competencia mundial por su control. Desde por lo menos 1919 se registraron instrucciones del Departamento de Estado a la embajada norteamericana en Buenos Aires que instaban a que ésta respaldase los proyectos norteamericanos de inversión en áreas petroleras argentinas e informase a Washington sobre las actividades de ingleses, franceses y alemanes respecto de la explotación de dichas áreas. La segunda, porque es en el tema del petróleo donde se advierte de manera mucho más nítida que en ningún otro rubro de la inversión norteamericana la actitud “anti-norteamericana” del gobierno y de los sectores nacionalistas argentinos, para quienes el control de este recurso también poseía una enorme importancia estratégica e incluso constituía un símbolo de la “soberanía” nacional.
   
Esta actitud de enemistad hacia las actividades de las empresas petroleras norteamericanas en la Argentina, fue una actitud más “anti-norteamericana” que “nacionalista”, pues tuvo como blanco preferido de sus ataques a la Standard Oil y no a las petroleras británicas, y estaba muy vinculada a la molestia de las autoridades y ganaderos argentinos por las medidas sanitarias del gobierno norteamericano adoptadas durante la década de 1920. Esta actitud también se evidenció en casos como los de las compañías frigoríficas norteamericanas, la inversión directa en la construcción de ferrocarriles y la amenaza a los bancos norteamericanos. Pero fue en la política petrolera donde esta actitud más anti-norteamericana que nacionalista se expresó de manera más enfática. (55)
   
Así fue que lo largo de la década de 1920 los funcionarios de Washington pusieron especial atención respecto de las reservas petrolíferas argentinas. La Bolivia-Argentine Petroleum Exploration Company, presumiblemente una fachada de la Standard Oil de New Jersey, pareció correr con ventaja en un principio. Sin embargo, los funcionarios de la embajada norteamericana en Buenos Aires advirtieron a su gobierno que para que la empresa tuviera posibilidades de éxito debía demostrar que no tenía vínculos con la Jersey Standard, a causa de la imagen negativa que tenía esa empresa en la Argentina. Finalmente ante la falta de apoyo del Departamento de Estado y el retiro de sus operadores financieros, la Bolivia-Argentine clausuró sus oficinas y los contratos que había obtenido con los gobiernos de Buenos Aires y Jujuy nunca fueron ratificados por las correspondientes legislaturas. (56)
   
Por su parte, la poderosa Standard Oil de New Jersey abrió una oficina en Buenos Aires y comenzó a obtener concesiones de petróleo en los territorios de Neuquén y Chubut y en la provincia de Salta. Luego de invertir en la adquisición de 10.000 hectáreas en Challacó, Neuquén, en 1922, la compañía estableció formalmente la Standard Oil Company of Argentina, S.A. Esta era propiedad de la Jersey Standard pero independiente de la WICO, la otra gran empresa de la misma casa matriz. La Standard de la Argentina comenzó sus perforaciones en 1922 y realizó su primer hallazgo en 1924. (57)
   
Cuando Yrigoyen terminó su mandato, aparecieron signos de corrupción en la política petrolera de su gobierno. Una investigación realizada por la cámara de Diputados y dada a publicidad en 1923 comprobó muchos de los cargos que se habían hecho desde que estallara el escándalo el año anterior. A su vez, los tribunales federales encontraron evidencias de que el Ministro de Hacienda de Yrigoyen había conspirado con la WICO para evadir las normas de importación y defraudar al fisco. Finalmente, y luego de llegar su caso hasta la Corte Suprema, las compañías fueron absueltas bajo el argumento de que ellas habían seguido las instrucciones del Ministro de Hacienda. El sucesor de Yrigoyen, Carlos de Alvear, respaldó una política petrolera mucho más agresiva, tendiente a restringir las operaciones de las compañías petroleras extranjeras y a revitalizar la compañía estatal YPF. (58)  
    Cabe señalar que también se registraron algunas importantes inversiones norteamericanas en otros rubros, aunque no de la misma magnitud. Por ejemplo, a diferencia de sus colegas petroleras, las compañías de hierro y acero norteamericanas no tuvieron una estrategia de penetración tan agresiva en el mercado argentino. Incluso a principios de 1923 la firma norteamericana Consolidated Steel Company no aprovechó una oferta para controlar la Compañía Argentina de Hierro y Acero, firma que dominaba en ese entonces 40% del comercio argentino en productos de hierro y acero. Cuando la empresa norteamericana rechazó esta oferta, la planta fue vendida a un sindicato europeo dominado por intereses británicos. (59)  
    A diferencia de las inversiones en el sector petrolero o en el de servicios públicos, los frigoríficos norteamericanos ya instalados en la Argentina no realizaron inversiones apreciables para expandirse, especialmente luego de 1924. Gracias a la tercera guerra de carnes contra sus competidores británicos entre 1925 y 1927, pudieron incrementar sus cuotas de exportación. Armour fue la única firma que se expandió, pero lo hizo sin incrementar el gasto de inversión. En 1928 adquirió el control de The River Plate British and Continental, que estaba operando con pérdida. (60)  
    Las inversiones financieras norteamericanas tuvieron una especial importancia entre 1924 y 1928, período en el que se dirigieron a la compra de títulos públicos. El gobierno nacional y los provinciales y municipales acumularon una importante deuda, y los bancos norteamericanos instalados en la Argentina expandieron sus actividades. Tal el caso del First National Bank of Boston, que estableció en este período una segunda sucursal en Buenos Aires y otra en Avellaneda. (61)  
    En realidad, la Segunda Conferencia Financiera Panamericana constituyó la primera oportunidad para los Estados Unidos de explotar a través del manejo diplomático el liderazgo financiero que el país había obtenido durante la guerra. El traspaso del centro financiero mundial de Londres a Nueva York y la consecuente capacidad de esta plaza para el otorgamiento de créditos había elevado el nivel de la fuerza hemisférica norteamericana. Los planes para la conferencia realizados por los departamentos de Estado y del Tesoro durante 1919 y 1920 se centraron en el predominio financiero de Estados Unidos. La preocupación de Estados Unidos era cómo iban los países latinoamericanos a hacer frente a sus obligaciones financieras. En el caso de la Argentina se tenían en cuenta los créditos que su gobierno había acordado a los gobiernos de Gran Bretaña, Italia y Francia para financiar la venta de granos. Finalmente se decidió que los bancos neoyorquinos podrían acudir en ayuda del gobierno argentino. (62)
   
En clara sintonía con estos serios condicionamientos financieros, los objetivos de los representantes argentinos en las conferencias panamericanas de la década de 1920 variaron considerablemente de los de décadas anteriores. Abandonaron su pretensión de competir con Estados Unidos por el liderazgo regional, y procuraron obtener créditos de los bancos norteamericanos a través de una política conciliatoria con los objetivos panamericanos de Washington. El objetivo principal de la delegación argentina en la Segunda Conferencia Financiera fue el de obtener de Washington la concreción del plan propuesto por el Ministro de Hacienda argentino, Domingo E. Salaberry, respecto de la apertura de una sucursal del Banco de la Nación en Estados Unidos. Pero el plan estuvo mal concebido y sufrió el bombardeo de la prensa argentina, la que calificó al ministro Salaberry de incompetente. Además, y como ocurrió con los planes específicos presentados en la conferencia por la mayoría de las naciones, el proyecto de Salaberry quedó en la nada. (63)  
    En síntesis, los desarrollos reseñados hasta aquí, junto con los que se analizarán en el próximo capítulo, fueron sentando las bases para la consolidación, en la segunda postguerra, del rol activo y protagónico por parte de Estados Unidos en tanto socio económico de la Argentina y de otros países latinoamericanos. 

  1. Según D.R. Sweet, op. cit., pp. 72 y 73 (Table 3), el comercio total bilateral alcanzó un valor de 421.503.000 dólares, un registro que no logró ser superado hasta 1947.

  2. Ver al respecto V.L. Phelps, op. cit., pp. 43-46. 

  3. La depreciación del peso en relación con el dólar, que encareció las importaciones norteamericanas, tuvo su impacto mayor en el rubro textil. Los fabricantes norteamericanos, debido a la severa competencia de las firmas textiles británicas y otras europeas, operaban con márgenes muy estrechos de ganancias que otorgaban poco espacio para la flexibilidad de precios. 

  4. En términos de participación porcentual sobre el total de importaciones argentinas, la caída de las importaciones de procedencia norteamericana fue de 33,2% en 1920 a 26,8% en 1921 y 22,1% en 1922.

  5. H.F. Peterson, op. cit., vol. II, p. 66.

  6. Ferrer Jr. ubica en 1923 el inicio de la reactivación económica argentina y Phelps lo hace en 1924, aunque menciona los años 1923 y 1924 como prósperos. Ver al respecto los trabajos de J. Ferrer Jr., op. cit., p. 150-151 y V.L. Phelps, op. cit., pp. 46-48. 

  7. H.F. Peterson, op. cit., vol. II, p. 67; Raúl García Heras, “Argentina, Gran Bretaña y Estados Unidos”, Documento de Trabajo Nº 2, Fundación para el Estudio de los Problemas Argentinos, Buenos Aires, 1978,  pp. 6-7.

  8. D.R. Sweet, op. cit., p. 113; J. Ferrer Jr., op. cit., pp. 150-151, y V.L. Phelps, op. cit., p. 185. 

  9. J. Ferrer Jr., op. cit., pp. 153-154 y pp. 176-177. Ver también El comercio exterior...en el trienio 1918-1920, op. cit., p. 185; República Argentina, Dirección General de Estadística, Anuario del Comercio Exterior de la República Argentina años 1921, 1922 y 1923, volumen I, Buenos Aires, Kraft, 1924, p. 196; República Argentina, Dirección General de Estadística, Anuario del Comercio Exterior de la República Argentina año 1926 y noticia sumaria del período 1910-1926, Buenos Aires, Peuser, 1927, pp. 195 y 583.

  10. Respecto de este tema, consultar FRUS, 1926, Volume I, Argentina. Request to the Argentine Government that American Arms Manufacturers be given the same consideration as those of other nations, 835.24/20 a, Telegram, The Secretary of State to the Ambassador in Belgium (Phillips), (Paraphrase), Washington, March 1, 1926, p. 561; 835.24/20 b, Telegram, The Secretary of State to the Ambassador in Argentina (Jay), (Paraphrase), Washington, March 1, 1926, p. 561; 835.24/21, Telegram, The Ambassador in Argentina (Jay) to the Secretary of State, (Paraphrase), Buenos Aires, March 4, 1926, p. 562; 835.24/22, Telegram, The Ambassador in Belgium (Phillips) to the Secretary of State, (Paraphrase), Brussels, March 5, 1926, pp. 562-563.

  11. Ver al respecto FRUS, 1927, Volume I, Argentina. Efforts to secure for American firms equal consideration with other foreign companies in bids for Argentine naval construction, 835.34/405, Telegram, The Ambassador in Argentina (Jay) to the Secretary of State, Buenos Aires, May 21, 1926, p. 424; 835.34/405, Telegram, The Secretary of State to the Ambassador in Argentina (Jay), Washington, September 9, 1926, p. 424; 835.34/409, Telegram, The Ambassador in Argentina (Jay) to the Secretary of State, Buenos Aires, September 11, 1926, p. 425; 835.34/409: Telegram, The Secretary of State to the Ambassador in Argentina (Jay), (Paraphrase), Washington, October 18, 1926, pp. 425-426; 835.34/412, Telegram, The Ambassador in Argentina (Jay) to the Secretary of State, (Paraphrase), Buenos Aires, October 19, 1926, p. 426; 835.34/413: Telegram, The Ambassador in Argentina (Jay) to the Secretary of State, (Paraphrase), Buenos Aires, October 19, 1926, pp. 426-427; 835.51/564: Memorandum by the Economic Adviser (Young) of a Conversation With Mr. Hugh Knowlton of the International Acceptance Bank, Washington, January 7, 1927, pp. 427-428; 835.51/567, Memorandum by the Assistant Secretary of State (White) of a Telephone Conversation With Mr. Hugn Knowlton of the International Acceptance Bank, Washington, January 14, 1927, p.428; 835.34/421, Telegram, The Acting Secretary of State to the Chargé in Argentina (Cable), Washington, March 1, 1927, p. 429; 835.34/422, Telegram, The Acting Secretary of State to the Chargé in Argentina (Cable), (Paraphrase), Washington, March 9, 1927, pp. 429-430; 835.34/423, Telegram, The Chargé in Argentina (Cable) to the Secretary of State, (Paraphrase), Buenos Aires, March 10, 1927, p. 430; 835.34/428, The Chargé in Argentina (Cable) to the Secretary of State, Nº 261, Buenos Aires, April 7, 1927, pp. 430-431; 835.34/426, Telegram, The Chargé in Argentina (Cable) to the Secretary of State, (Paraphrase), Buenos Aires, April 15, 1927, p. 432; 835.34/428, The Secretary of State to the Ambassador in France (Herrick), Nº 2322, Washington, June 14, 1927, pp. 432-433; 835.34/428, Telegram, The Secretary of State to the Chargé in Argentina (Cable), Washington, July 28, 1927, p. 433; 835.34/451, Telegram, The Chargé in Argentina (Cable) to the Secretary of State, Buenos Aires, August 9, 1927, pp. 433-434; 835.34/428, Telegram, The Secretary of State to the Chargé in Argentina (Cable), (Paraphrase), Washington, August 18, 1927, p.434; 835.34/461, The Ambassador in Argentina (Bliss) to the Secretary of State, Nº 37, Buenos Aires, October 17, 1927, pp. 434-436. 

  12. Ibid.

  13. Para exportaciones de lino, maíz  y trigo ver El comercio exterior... en el trienio 1918-1920, op. cit., pp. 648 y 654; Anuario...1921, 1922 y 1923, op. cit., volumen II, pp. 675 y 681.

  14. Ver datos sobre exportaciones de extracto de quebracho en El comercio exterior... en el trienio 1918-1920, op. cit., p. 666.

  15. Gladys L. Baker, Wayne D. Rassmussen, Vivian Wiser and Jane Porter, Century of Service: The First One Hundred Years of the United States Department of Agriculture, Washington, Government Printing Office (United States), 1963, pp. 88-94 y 134-135; U.S. Department of Agriculture, Yearbook, 1922, Washington, Government Printing Office, 1923, p. 18; Leon M. Estabrook, Agricultural  Survey of South America: Argentina and Paraguay, U.S. Department of Agriculture Bulletin Nº 1409, Washington, Government Printing Office (United States), 1926, pp. 2 y 4; George B. L. Arner, “The Cattle Situation in Argentina”, Bureau of Agricultural Economics,  F.S. Report 29 (April 1923, (revised) April 1924, mimeographed); U.S. Tariff Commission, Flaxseed. Report of the United States Tariff Commission to the President of the United States, Washington, Government Printing Office, 1929, pp. 36-37 y 45-47; U.S. Department of Agriculture, Yearbook, 1926, Washington, Government Printing Office, 1927, pp. 365-366; U.S. Department of Agriculture, Yearbook, 1930, Washington, Government Printing Office, 1931, p. 295, fuentes citadas en D.R. Sweet, op. cit., pp. 43 y 46.

  16. Ver estos porcentajes en ibid., pp. 45-46.

  17. Sobre exportaciones de lino y aceite de lino, ver El comercio exterior... en el trienio 1918-1920, op. cit., pp. 648 y 655, respectivamente; Anuario...1921, 1922 y 1923, op. cit., volumen II, pp 675 y 683, respectivamente; República Argentina, Dirección General de Estadística de la Nación, Anuario del Comercio Exterior de la República Argentina año 1924 y noticia sumaria del período 1910-1924, Buenos Aires, Peuser, 1925, p. 542; Anuario...1926, op. cit., pp. 510, 517 y 623. No figuran registros de exportaciones argentinas de aceite de lino a Estados Unidos para los años 1928 y 1929, aunque sí las exportaciones de lino. Ver República Argentina, Dirección General de Estadística de la Nación, Anuario del Comercio Exterior de la República Argentina años 1928 y 1929 y noticia sumaria del período 1910-1929, Buenos Aires, Peuser, 1931, pp. 596 y 781.

  18. Datos en D.R. Sweet, op. cit., p. 48. Ver datos sobre exportaciones de maíz en El comercio exterior... en el trienio 1918-1920, op. cit., p. 648; Anuario... 1921, 1922 y 1923, op. cit., volumen II, p. 675; Anuario... 1924, op. cit., pp. 534 y 615; Anuario...1926, op. cit., pp. 511 y 623; Anuario...1928 y 1929, op. cit., pp. 596 y 781. 

  19. Sobre exportaciones de extracto de quebracho, ver El comercio exterior... en el trienio 1918-1920, op. cit., p. 666; Anuario... 1921, 1922 y 1923, op. cit., volumen II, p. 693; Anuario... 1928-1929, op. cit., p. 612.

  20. J. Ferrer, op. cit., p. 126 y D.R. Sweet, op. cit., p. 54.

  21. Cabe recordar que en 1919 la industria del cuero norteamericana ocupaba el tercer lugar de importancia dentro del sector industrial en Estados Unidos en términos del valor de su producción. D.R. Sweet, op. cit., pp. 55 y 57-58.

  22. Respecto de las exportaciones de lana lavada y sucia, ver El comercio exterior... en el trienio 1918-1920, op. cit., pp. 627 y 628; de cueros lanares sucios y cueros lanares pelados, salados y sin salar, en ibid., p. 624; de cueros vacunos salados y cueros vacunos secos, en ibid., p. 625.

  23. Sobre exportaciones de bovinos y carneros congelados y carne en conserva, ver El comercio exterior... en el trienio 1918-1920, op. cit., pp. 620, 621 y 631, respectivamente. No figuran exportaciones de bovino enfriado a Estados Unidos entre los años 1918 y 1921. 

  24. De acuerdo con Sweet, las evidencias provenientes del Departamento de Estado, del Departamento de Agricultura, o de agencias equivalentes (Bureau of Agricultural Economics, Office of Foreign Agricultural Relations) no demuestran que los frigoríficos norteamericanos instalados en la Argentina hayan presionado a las autoridades de Washington para obtener ventajas de comercialización de la carne argentina en el mercado norteamericano. D.R. Sweet, op. cit., p. 67. Peter Smith, en su libro Carne y política en la Argentina, sostiene que tampoco existe evidencia de una presión diplomática en los conflictos entre los frigoríficos norteamericanos y las autoridades de Buenos Aires, aunque da un caso aislado en 1923 cuando el Departamento de Estado autorizó a su embajador en Buenos Aires a “informar al Ministro de Relaciones Exteriores (de la Argentina) que este gobierno alienta la esperanza de que no se emprenda ninguna acción ... que tienda seriamente a afectar el capital norteamericano” en frigoríficos. National Archives, Correspondence of the American Legation / Embassy, Buenos Aires, fuente citada en P.H. Smith, op. cit., p. 95. Pero más allá de esta declaración, Sweet y Smith están de acuerdo en afirmar que no existe evidencia documental respecto de que los frigoríficos hayan presionado al Departamento de Estado o al de Agricultura para expandir sus ventas al mercado norteamericano u obtener respaldo en sus conflictos con el gobierno argentino. Como ejemplo de la desconfianza o recelo de los ganaderos norteamericanos hacia los frigoríficos norteamericanos instalados en la Argentina, Sweet cita U.S., Congress, Senate, Committee on Finance, Hearings on the Proposed Tariff Act of 1921 (HR 7456), Schedule 7, IV, 2695-96, en D.R. Sweet, op. cit., p. 67.

  25. D.R. Sweet, op. cit., pp. 67-68.

  26. Para detalles sobre exportaciones de lana lavada y sucia, ver El comercio exterior... en el trienio 1918-1920, op. cit., pp. 627 y 628; Anuario...1921, 1922 y 1923, op. cit., volumen II, pp. 653 y 654, respectivamente; Anuario...1924, op. cit., pp. 510 y 615; Anuario...1926, op. cit., pp. 486, 487 y 623; Anuario...1928 y 1929, op. cit., pp. 582, 583 y 780.

  27. Sobre exportaciones de cueros vacunos secos, ver El comercio exterior... en el trienio 1918-1920, op. cit., p. 625; Anuario... 1921, 1922 y 1923, op. cit., volumen II, p. 651, respectivamente; Anuario... 1924, pp. 508 y 615 ; Anuario...1926, op. cit., pp. 484 y  622; Anuario...1928 y 1929, op. cit., pp. 577 y 780. 

  28. En cuanto a las exportaciones de bovino y carnero congelado y de bovino enfriado, ver El comercio exterior... en el trienio 1918-1920, op. cit., pp. 620 y 621; y Anuario...1921, 1922 y 1923, op. cit., volumen II, pp. 646-647, respectivamente.

  29. Sobre exportaciones de bovino y carnero congelado y de bovino enfriado, ver Anuario... 1924, op. cit., pp. 503 y 615; Anuario...año 1926, op. cit., pp. 479 y 622; Anuario...1928 y 1929, op. cit., pp. 570, 571 y 780. 

  30. D.R. Sweet, op. cit., p. 69 y H.F. Peterson, op. cit., vol. II, p. 67.

  31. De acuerdo con Horacio Giberti, en la segunda guerra de las carnes, los porcentajes de participación obtenidos por los frigoríficos norteamericanos e ingleses fueron respectivamente de 58,50% y 29,64%; con la culminación de la tercera guerra de las carnes, los norteamericanos elevaron su cuota a 69,901% y los británicos la rebajaron a 20,099%. Consultar al respecto H. Giberti, op. cit., pp. 200-201. Vale advertir que los porcentajes de Ortiz y Smith difieren de los de Giberti. Ortiz señala para 1927 un porcentaje de 60,901% de los embarques de carnes para el grupo de frigoríficos norteamericanos y de 29,099% para el británico, convalidando, aunque no con las mismas cifras de Giberti, las tendencias de ascenso de la participación de los frigoríficos norteamericanos (de 58,5% en 1915 a 60,901% en 1927) y retracción de los británicos (de 29,64% en 1915 a 29,099% en 1927) en el comercio argentino de carnes. En cambio, Smith, si bien arranca de los mismos porcentajes de Ortiz y Giberti para el fin de la segunda guerra de las carnes en 1915 (58,5% para los norteamericanos y 29,64% para los británicos), señala para el fin de la tercera guerra en 1927, los porcentajes de 54,9% para los norteamericanos y de 35,1% para los británicos en 1927. Estos porcentajes de Smith, menores que los presentados por Giberti y Ortiz, contradicen la tendencia señalada por los dos últimos, pues no habría un avance norteamericano al precio de la retracción de los frigoríficos británicos y argentinos. Mas bien, las cifras de Smith señalan que el fin de la tercera guerra de las carnes en 1927 representó el triunfo de los grandes frigoríficos (los norteamericanos Swift y Armour y el británico Vestey) a expensas de las pequeñas firmas (argentinas y extranjeras, como el caso de las británicas English & Dutch, que debió cerrar sus puertas y The River Plate, British & Continental, que disminuyó sus embarques a casi cero. Ver al respecto R.M. Ortiz, op. cit., tomo II, pp. 27-29 y P.H. Smith, op. cit., pp. 73 y 112. 

  32. P.H. Smith, op. cit., p. 117.

  33. The Producer, vol. II, Nº 1 (June 1920), 32 y Nº 5, (October 1920), 27; Record Group 166, Office of Foreign Agricultural Relations, file “Argentina-Livestock- 1918-1929”, extracto del “Annual Report on Commerce and Industries for 1921”, por W. Henry Robertson, cónsul general, Buenos Aires, octubre 12, 1922; loc. cit., “U.S. Exports of Cattle to Argentina Increasing”, por Brice M. Mace, Trade Commissioner, abril 1926; file “Argentina-Dairy Products-1918-1929”, “A Brief Review of the Dairy Industry”, by D.S. Bullock, Livestock Commissioner, (1921); loc. cit., “The Dairy Industry in Argentina”, by Harvey S. Gerry, Vice Consul, Buenos Aires, March 4, 1926, fuentes citadas en D.R. Sweet,  op. cit., pp. 84-85.

  34. Ver, respecto del impacto de la depresión europea de los años 1920 a 1922 en las economías argentina y norteamericana, los trabajos de P.H. Smith, op. cit., pp. 85-86 y D.R. Sweet, op. cit., pp. 74-75.

  35. U.S., Statutes at Large, XLII, 9, cit. en D.R. Sweet, op. cit., p. 78; H.F. Peterson, op. cit., vol. II, p. 66.

  36. U.S., Statutes at Large, XLII, Part 1, (April 1921-March 1923); Emergency Tariff Act, May 27, 1921, and Tariff Act of 1922 (Fordney-McCumber Tariff), September 21, 1922, 858; Murray R. Benedict, Farm Policies of the United States, 1790-1950, New York, The Twentieth Century Fund, 1953, pp. 183-185; James Shideler, Farm Crisis 1919-1923, Berkeley and Los Angeles, University of California Press, 1957, pp. 183-185, fuentes citadas en D.R. Sweet, op. cit., p. 78.

  37. Consultar exportaciones de cueros lanares sucios y vacunos salados en El comercio exterior... en el trienio 1918-1920, op. cit., pp. 624 y 625; y Anuario...1921, 1922 y 1923, op. cit., volumen II, pp. 650-651, respectivamente. 

  38. Declaraciones de Luis Duhau, presidente de la Sociedad Rural Argentina, reproducidas en el periódico neoyorquino The New York Times, May 5, 1927, p. 5, cit. en D.R. Sweet, op. cit., p. 39.

  39. D.R. Sweet, op. cit., pp. 39-40. También H.F. Peterson, op. cit., vol. II, pp. 66-67.

  40. La Argentina no había tenido aftosa en sus planteles ganaderos hasta las décadas de 1860 y 1870, cuando el virus llegó probablemente acompañando ganado en pie proveniente de Europa. Como las autoridades no adoptaron ninguna medida para frenar el avance del contagio, el virus se expandió durante los años de la Primera Guerra Mundial. A los animales infectados se los ponía en cuarentena en vez de sacrificarlos y algunos de ellos eran enviados a los frigoríficos para ser vendidos al exterior. Para un examen detallado de este tema, consultar D.R. Sweet, op. cit., pp. 87-94 y 136-137. También H.F. Peterson, op. cit., vol. II, p. 67.

  41. Respecto de las diferentes actitudes de las autoridades norteamericanas y británicas frente al problema de la aftosa en las carnes argentinas, consultar los trabajos de Arturo O´Connell, “La fiebre aftosa, el embargo sanitario norteamericano contra las importaciones de carne y el triángulo Argentina-Gran Bretaña-Estados Unidos en el período entre las dos guerras mundiales”, en revista Desarrollo Económico, volumen 26, Nº 101, Buenos Aires, abril-junio de 1986, especialmente pp. 20, 32, y 48-49; R. García Heras, op. cit., pp. 6, 7, 32 y 33; C.E. Solberg, op. cit., pp. 175-176 y H.F. Peterson, op. cit., vol. II, p. 69.

  42. Dispatch Nº 75 of November 16, 1927, from Bliss. National Archives, Record Group 59, DF635.1111/5, cit. en J. Ferrer Jr., op. cit., p. 198.

  43. Dispatch 497 of March 14, 1929, from White. National Archives, Record Group 59, DF 611.353/17; Dispatch 75 of November 16, 1927, from Bliss, National Archives, Record Group 59, DF 635.1111/5; y Alejandro E. Bunge, La economía argentina, 4 vols., Buenos Aires, 1928-30, I, 188, fuentes citadas en J. Ferrer Jr., op. cit., pp. 198-199.

  44. Ibid., pp. 130-131. 

  45. Dispatch Nº 2235 of June 20, 1921, from Robertson. National Archives, Record Group 59 DF635.1112/30; Memorandum of October 5, 1921, by Philip S. Smith of the Bureau of Foreign and Domestic Commerce to the Director. National Archives, Record Group 151, Indexed File Nº 601.2-Argentina, fuentes citadas en ibid., pp. 133-134.

  46. Ibid., pp. 178-179.

  47. Ibid., p. 171.

  48. Entre 1924 y 1933 se instalaron 23 sucursales de empresas industriales norteamericanas en la Argentina. D. Rock, op. cit., p. 257; V. Vázquez Presedo, Crisis y retraso..., op. cit., pp. 154-155 y H.F. Peterson, op. cit., vol. II, p. 64. 

  49. H.F. Peterson, op. cit., vol. II, p. 64. 

  50. En 1885 la compañía norteamericana Central & South American Telegraph Company, que contó con el auxilio del ministro en Buenos Aires general Osborn, obtuvo una concesión del gobierno argentino para colocar un cable telegráfico que uniese la costa de Brasil con Buenos Aires, concesión ésta que fue posteriormente anulada por las autoridades argentinas. En agosto de 1918, éstas concedieron a la firma telegráfica norteamericana la posibilidad de colocar cables entre Buenos Aires y Montevideo. Ver al respecto FRUS, 1918, Argentina. Cable-Landing Concessions granted by Argentina to the Central & South American Telegraph Co. (an American company), File Nº 835.73/66, The President of the Central & South Telegraph Co. (James A. Scrymser) to the Secretary of State, (Memorandum-Extracts), New York, September 23, 1916, pp.35-36; (Enclosure-Translation), Cable concession issued by the Department of the Interior of Argentina to the Central & South American Telegraph Co., (concesión firmada por Julio Argentino Roca y Benjamín Paz), Buenos Aires, June 22, 1885, pp. 36-37; The Secretary of State to the Chargé in Argentina (De Billier), (Telegram-Extract), Washington, September 28, 1916, p. 37; File Nº 835.73/69, The Chargé in Argentina (De Billier) to the Secretary of State, (Telegram), Buenos Aires, October 6, 1916, p. 37; File Nº 835.73/70, The Chargé in Argentina (De Billier) to the Secretary of State, (Extract), Nº 288, Buenos Aires, October 9, 1916, pp. 37-38; File Nº 835.73/71, The Ambassador in Argentina (Stimson) to the Secretary of State, Nº 324, Buenos Aires, February 9, 1917, pp. 38-39; File Nº 835.73/72, The Vice President of the Central & South American Telegraph Co. (John L. Merrill) to the Secretary of State, New York, March 23, 1918, pp. 39-40; File Nº 835.73/71, The Secretary of State to the Ambassador in Argentina (Stimson), (Telegram), Washington, March 29, 1918, p. 41; File Nº 835.73/63, The Secretary of State to the Ambassador in Argentina (Stimson), (Telegram), Washington, March 29, 1918, p. 41; File Nº 885.73/73, The Ambassador in Argentina (Stimson) to the Secretary of State, (Telegram), Buenos Aires, April 2, 1918, pp. 41-42; File Nº 835.73/75, The Ambassador in Argentina (Stimson) to the Secretary of State, (Telegram), Buenos Aires, April 9, 1918, p. 42; File Nº 835.73/77, The Ambassador in Argentina (Stimson) to the Secretary of State, (Telegram), Buenos Aires, April 10, 1918, p. 43; File Nº 835.73/78, The Ambassador in Argentina (Stimson) to the Secretary of State, (Telegram), Buenos Aires, April 12, 1918, p. 43; File Nº 835.73/81, The Chargé in Argentina (Robbins) to the Secretary of State, (Telegram), Buenos Aires, August 10, 1918, p. 43; y File Nº 835.73/83, The Ambassador in Argentina (Stimson) to the Secretary of State, (Telegram), Buenos Aires, October 28, 1918, p. 44; y FRUS, 1919, Volume I, Concession to the Central & South American Telegraph Co. for a cable connecting Buenos Aires and Montevideo; Protests by the Western Telegraph Co.; Autorization to open Service, December 18, 1919. (Enclosure-Translation): Decree of December 18, 1919, Authorizing the Operation of the Cable of the Central & South American Telegraph Co. From Buenos Aires to Montevideo, articles 1 to 4, firmados por Irigoyen (sic) y R. Gómez, pp. 182-183.

  51. Ver, respecto de las protestas de la firma británica Western Telegraph Co. contra la concesión otorgada a la compañía norteamericana Central & South American Telegraph Co. para la construcción de un cable telegráfico entre Buenos Aires y Montevideo, los documentos citados en FRUS, 1919, Volume I, Concession to the Central & South American Telegraph Co. for a Cable Connecting Buenos Aires and Montevideo; Protests by the Western Telegraph Co.; Authorization to Open Service, December 18, 1919, 835.73/75: Telegram, The Ambassador in Argentina (Stimson) to the Acting Secretary of State, Buenos Aires, December 10, 1918, p. 172; 835.73 /85: Telegram, The Acting Secretary of State to the Ambassador in Argentina (Stimson), Washington, January 14, 1919, p. 173; 835.73/88: Telegram, The Ambassador in Argentina (Stimson) to the Acting Secretary of State, Buenos Aires, January 18, 1919, p. 173; 835.73/96: Telegram, The Ambassador in Argentina (Stimson) to the Acting Secretary of State, Buenos Aires, April 16, 1919, p. 174; 835.73/99: Telegram, The Chargé in Argentina (Welles) to the Acting Secretary of State, Buenos Aires, July 22, 1919, p. 174; 835.73/103: Telegram, The Chargé in Argentina (Welles) to the Secretary of State, Buenos Aires, August 23, 1919, pp. 174-175; 835.73/107, Report of the Consul General  at Buenos Aires (Robertson), Buenos Aires, August 30, 1919, p. 175; Executive Decree of July 21, 1919, regarding Concession for Cable from Buenos Aires to Montevideo, Buenos Aires, July 21, 1919, pp. 175-178; 835.73/111, The President of the Central & South American Telegraph Co. (Merrill) to the Secretary of State, New York, December 5, 1919, pp. 178-180; 835.73/108: Telegram, The Ambassador in Argentina (Stimson) to the Secretary of State, Buenos Aires, December 16, 1919, p. 181; 835.73/113, The Ambassador in Argentina (Stimson) to the Secretary of State, Nº 1040, Buenos Aires, January 19, 1920, pp. 181-182; Enclosure-Translation: Executive Decree of December 18, 1919, Authorizing the Operation of the Cable of the Central & South American Telegraph Co. from Buenos Aires to Montevideo, pp. 182-183, y 835.73/112: Telegram, The Ambassador in Argentina (Stimson) to the Secretary of State ad interim, Buenos Aires, February 21, 1920, p. 183. 

  52. Respecto de la concesión de una línea de cable directo desde Buenos Aires a Brasil a la compañía norteamericana All America Cables (ex Central and South American Telegraph Company) en noviembre de 1921, ver los documentos citados en FRUS, 1921, Volume I, Argentina, Confirmation to the All America Cables, Incorporated, of the concession of 1885 for a direct cable from Buenos Aires to Brazil, 835.73/123, The Secretary of State to the Chargé in Argentina (White), Nº 639, Washington, May 5, 1921, pp. 263-264; 835.73/132, The Chargé in Argentina (White) to the Secretary of State, Nº 1796, Buenos Aires, December 29, 1921, pp. 264-265; (Enclosure-Translation): Draft Executive Decree of November 16, 1921, Recognizing the Validity of the Decree of June 22, 1885, p. 265. 

  53. Dispatch Nº 91 of May 29, 1929, from Messersmith, National Archives, Record Group 59, DF635.4117/37, cit. en J. Ferrer Jr., op. cit., p. 213.

  54. Ibid., p. 214.

  55. Las políticas petroleras de los gobiernos argentinos entre 1916 y 1930 están tratadas en varios trabajos: el citado libro de C.E. Solberg, Petróleo y nacionalismo en la Argentina, op. cit.; el trabajo de Carlos  A. Mayo, Osvaldo Andino y Fernando García Molina, La diplomacia del petróleo (1916-1930), Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1983, pp. 10-174; la tesis doctoral de James Buchanan, Politics and Petroleum Development in Argentina, 1916-1930, también citada, pp. 1-309, y el artículo de Marcos Kaplan, “Política del petróleo en la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen (1916-1922)”, en Desarrollo Económico, volumen 12, Nº 45, Buenos Aires, abril-junio de 1972, pp. 3-24. 

  56. C.E. Solberg, op. cit., pp. 102-106; H.F. Peterson, op. cit., vol. II, p. 62 y J. Ferrer Jr., op. cit., pp. 168.

  57. C.E. Solberg, op. cit., pp. 107-108.

  58. Ibid., pp. 118-122.

  59. J. Ferrer Jr., op. cit., pp. 169-170. 

  60. Ibid., pp. 205-206.

  61. Ibid., p. 205.

  62. D.M.K. Sheinin, op. cit., pp. 237-239.

  63. Nº 1876, Hacherly to Secretary of State, 30 August 1920, 810.51a /276; Nº 1005, Stimson to Secretary of State, 28 November 1919, 810.51a /205, General Records of the Department of State, Record Group 59, National Archives; “Argentine Public Opinion: The American Representatives at the Financial Conference”, Buenos Aires Herald, 28 January 1920; “Argentine Public Opinion: Prophets Abroad”, Buenos Aires Herald, 1 February 1920, fuentes citadas en D.M.K. Sheinin, op. cit., pp. 240-241.

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