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Capítulo 51: Las relaciones económicas con Estados Unidos en el período 1930-1943

La Depresión mundial de 1929 dejó su impronta en la economía exportadora argentina. Ya antes del colapso de la Bolsa en Wall Street habían aparecido síntomas de decaimiento de la prosperidad económica que caracterizó al gobierno de Marcelo T. de Alvear (1922-1928). Por consiguiente, los años del segundo gobierno de Hipólito Yrigoyen (1928-1930) estuvieron signados por un reemplazo del crecimiento, la especulación y la sobre-expansión por la deflación, el retraimiento en las operaciones y el déficit en la balanza de pagos. Hacia 1929 la declinación de las exportaciones, combinada con una reducida afluencia de nuevos capitales y las fuertes exportaciones de oro, abultaron la deuda nacional y desorganizaron el tesoro público. Asimismo, el peso cayó en los mercados cambiarios, aumentó la desocupación y dejaron de pagarse sueldos y salarios.
   
Esta tendencia negativa continuó durante 1930, año en el que los precios mundiales de los productos agrícolas y ganaderos comenzaron a bajar en forma desastrosa y las exportaciones argentinas cayeron al más bajo nivel anual desde la Primera Guerra Mundial. (1) El valor de las exportaciones argentinas hacia Estados Unidos cayó desde 93.558.000 pesos oro en 1929 a 59.448.000 pesos oro en 1930, llegando a su punto más bajo en 1932, con un valor de 19.265.000 pesos oro. Durante el resto de la década el valor de las exportaciones aumentó, llegando a un pico en 1937, con un valor de 129.741.000 pesos oro. (2)  
    Durante la década de 1930 el comercio anual bilateral no se aproximó a las importantes sumas de los años 1927-1929; sólo en 1937, a causa de la sequía de la zona norteamericana del maíz, dicho intercambio excedió las cifras del período 1921-1926. Si se exceptúan los años comprendidos entre 1935 y 1937, en que los cereales argentinos cubrieron el déficit de producción de los sembrados norteamericanos, la Argentina exportó mucho menos al mercado norteamericano de lo que importó, generando déficits en su balanza comercial con Estados Unidos. En 1932, 1934  y 1938 el valor de las importaciones duplicó al de las exportaciones. Salvo los citados años de 1935 a 1937, se produjeron recurrentes déficits en la balanza comercial para la Argentina hasta 1941, momento en que esta tendencia se revirtió. (3)
   
Otro dato relevante del comercio argentino-norteamericano durante la década de 1930 fue la pérdida de la posición que Estados Unidos había conquistado a partir de los años de la Primera Guerra como principal abastecedor de productos manufacturados para el mercado argentino a expensas de Gran Bretaña. Luego de haber abastecido aproximadamente un cuarto del total de las importaciones anuales argentinas entre 1925 y 1929, su participación se redujo a la mitad entre 1934 y 1938, mientras que la parte de Inglaterra ascendió hasta retomar el primer lugar en las importaciones argentinas a partir de 1931. (4)  
    Uno de los obstáculos en las relaciones comerciales argentino-norteamericanas fue la continuidad del problema de las tarifas aduaneras. Este tema había sido un elemento de fricción entre la administración republicana norteamericana y el segundo gobierno de Hipólito Yrigoyen. A la serie de medidas sanitarias adoptadas por el Departamento de Agricultura norteamericano en 1926 durante la gestión de Alvear sobre la alfalfa, fruta y carne congelada y enfriada argentinas, (5) se añadieron otras de corte proteccionista como la aprobación de la Ley de Aduanas Smoot-Hawley en junio de 1930. Esta ley eliminó los cueros de la lista de artículos exentos de impuestos y aumentó los gravámenes que pesaban sobre la carne, la semilla de lino, el maíz y la lana, factores que complicaron la ya deteriorada posición interna del gobierno de Yrigoyen. (6) En el caso de las exportaciones argentinas de alfalfa, la tarifa Smoot-Hawley de 1930 (8 centavos por libra de alfalfa) duplicó el gravamen respecto de la tarifa vigente en 1922 (4 centavos por libra), y ello provocó la virtual desaparición de las exportaciones de alfalfa argentina hacia el mercado norteamericano en la década de 1930. (7)
   
Los efectos de las tarifas de 1930, combinados con los provocados por las tarifas de la década de 1920, fueron tales que en 1940, un año antes de que la Argentina y Estados Unidos firmaran su acuerdo comercial, entre las 2/3  y las 3/4 partes de las importaciones norteamericanas provenientes de la Argentina estaban aranceladas. (8)  El incremento de los derechos aduaneros dispuesto por las tarifas Hawley-Smoot jugó por cierto un rol crucial en la reducción de las exportaciones argentinas al mercado norteamericano en la década de 1930. Esta tendencia negativa se puede comprobar examinando sólo algunos de los rubros de exportación más importantes de la Argentina hacia Estados Unidos.
   
En términos de volumen, las exportaciones argentinas de trigo hacia el mercado norteamericano cayeron de 3668 toneladas en 1930 a tan sólo 731 toneladas en 1932. Las de maíz, de 35.938 toneladas a 3684 toneladas en los mismos años. Las de lino, de 284.597 toneladas a 181.589 toneladas. En términos de valor, las exportaciones argentinas de trigo hacia Estados Unidos cayeron de 127.086 pesos oro en 1930 a 22.060 pesos oro en 1932. Las de maíz declinaron de 819.679 pesos oro a 72.743 pesos oro. Por su parte, las exportaciones de lino registraron en 1930 un valor de 23.629.749 pesos oro frente a los 42.397.650 pesos oro del año anterior. En 1931 cayeron a 15.787.108 pesos oro, y al año siguiente a casi la mitad, 7.354.023 pesos oro. (9)
   
A su vez, según la misma fuente, el valor de las exportaciones de cueros vacunos salados cayó de 17.426.149 pesos oro en 1929 a 11.223.321 pesos oro en 1930, 6.384.754 en 1931 y 3.295.826 pesos oro en 1932. Los cueros lanares registraron la misma tendencia descendente: los cueros lanares pelados cayeron de 1.541.390 pesos oro en 1930 a 687.586 pesos oro en 1932, y los cueros lanares sucios pasaron de un valor de 94.072 pesos oro en 1930 a uno de 52.517 pesos oro en 1932. Asimismo, la exportación de carne conservada pasó de un volumen de 13.011 toneladas en 1930 a 4.816 toneladas en 1932, lo que significó pasar de un valor de 3.367.361 pesos oro a 509.168 pesos oro en los mencionados años.  
    Aunque el grueso de las controversias comerciales entre la Argentina y Estados Unidos se centró en la cuestión de la aftosa en la carne, el principal rubro de exportación argentino en términos de su importancia en el mercado norteamericano fue la semilla de lino, que constituyó entre 25 y 40% del comercio argentino con Estados Unidos en las décadas de 1920 y 1930. (10)  
    Los medios de prensa argentinos reaccionaron con fuerte hostilidad a las drásticas medidas proteccionistas adoptadas por las autoridades norteamericanas en las décadas de 1920 y 1930, percibiéndolas como económicamente discriminatorias e ignorando sus razones sanitarias. Incluso la Sociedad Rural amenazó con posibles represalias al cónsul general norteamericano. (11) Este creciente descontento, exacerbado además por los efectos de la crisis mundial de 1929, fue uno de los factores que abonaron el terreno para la intervención militar, que se concretó en septiembre de 1930, derrocando al presidente Yrigoyen.
   
El gobierno del general José Félix Uriburu (1930-1932) adoptó una serie de medidas arancelarias que, procurando revertir la aguda declinación del comercio exterior argentino, resultaron funcionales con el sentimiento antinorteamericano imperante en la opinión pública y los medios de prensa. En febrero de 1931, el gobierno decretó extensos aumentos de tarifas a una variedad de exportaciones norteamericanas. (12) 
   
El intercambio bilateral, afectado en gran medida por las mutuas barreras arancelarias, llegó a su punto más bajo en 1932, cuando su valor representó apenas la séptima parte del alcanzado en 1929, siendo además el más bajo registrado desde 1908. Estados Unidos, que había participado en las importaciones argentinas con un promedio porcentual de 20% durante la década de 1920, llegó en 1932 a un porcentaje de apenas 13,5%. Por el lado de la Argentina, mientras en 1930 proveía 32% de las importaciones norteamericanas de cueros y pieles, su participación cayó a 11% en 1932. En el caso de las semillas de lino, la participación argentina cayó de 25% en 1930 a 11% en 1932 y en el de las lanas, de 10% a 4% para los mismos años. El comercio bilateral comenzó a reactivarse en 1933 y ascendió en forma irregular hasta 1940. Excepto para los años 1935-1937, en los que se registraron importantes cantidades de maíz argentino importadas por el mercado norteamericano para suplir la merma en la producción de este último por sequía, la Argentina no tuvo superávits comerciales con Estados Unidos hasta 1941. De 1941 a 1945 la tendencia se revirtió. (13)
 
    Ahora bien, el problema comercial más serio entre los dos países en términos de sus efectos negativos sobre la relación bilateral fue la controversia desatada respecto de la aftosa en la carne argentina. Las autoridades y medios de prensa argentinos interpretaron la prohibición sanitaria en la carne como una medida discriminatoria motivada por los intereses económicos de los productores o farmers norteamericanos.
   
Sweet sostiene que un profundo examen de los aspectos económicos de este problema revela que, al menos inicialmente, las exportaciones argentinas de carne a Estados Unidos tuvieron poca importancia para ambas partes. En 1926, un año antes de la imposición de la prohibición sanitaria, la Argentina embarcó hacia Estados Unidos sólo 1.488.089 libras de carne, frente a un volumen total de 16.213.430 correspondiente a las importaciones norteamericanas de carne en aquel año. El aporte argentino equivalía a menos de 1% de las exportaciones argentinas de carne refrigerada en 1926. (14) 
   
Además, el motivo del Bureau of Animal Industry de enviar la orden de embargo sanitario a la Argentina en septiembre de 1926, medida incorporada como Sección 306 (a) de la Ley Hawley-Smoot de 1930, no tuvo un carácter discriminatorio como sostenían el gobierno, los ganaderos y los medios de prensa argentinos. Obedeció a razones básicamente sanitarias, destinadas a proteger el ganado norteamericano de la aftosa proveniente, entre otras regiones, de la región pampeana, principal región productora de ganado en la Argentina. La concentración de los medios de prensa, revistas especializadas y autoridades argentinas en las razones económicas de la prohibición sanitaria norteamericana fue resultado del fracaso del Bureau of Animal Industry y del Departamento de Agricultura en su conjunto de explicar adecuadamente y aclarar las razones sanitarias que llevaban a tan drástica medida, lo cual afectó el orgullo de los productores y del gobierno argentinos. (15) 
   
Tanto O'Connell como Sweet sostienen las razones sanitarias de base científica para la aplicación del embargo, aunque éste a su vez favoreciese también los intereses proteccionistas de los farmers. Ambos autores señalan la dificultad de controlar la infección, como consecuencia de: a) el carácter altamente contagioso de la aftosa; b) la brevedad del período de inmunidad posterior a la infección (sólo dura unos pocos meses, tras los cuales el mismo ejemplar puede volver a contraer la enfermedad) y c) la extraordinaria supervivencia del virus aun fuera del animal enfermo. (16) Asimismo, Sweet y O'Connell coinciden en señalar que los gobiernos británico y norteamericano tomaron actitudes diferentes en cuanto a adoptar o no medidas sanitarias contra la carne importada, vinculadas a su grado de dependencia de este producto. El gobierno británico, fuertemente dependiente del suministro de carnes argentinas, se negó a poner en práctica el embargo que adoptaron las autoridades norteamericanas. Ello se debió al temor del gobierno británico a los efectos de un embargo de carnes sobre el costo de vida de los sectores populares. En cambio, las autoridades norteamericanas, temerosas de los efectos de la aftosa importada sobre sus planteles, cortó por lo sano y adoptó el embargo sanitario. Además, Estados Unidos no dependía de la carne argentina en la medida que lo hacía Gran Bretaña.
   
La diferencia de actitudes de los gobiernos británico y norteamericano respecto de la cuestión de la aftosa impulsó una actitud crecientemente filo-británica y anti-norteamericana en la opinión pública y los ganaderos de la Argentina, (17) que se reflejó a su vez en el comportamiento abiertamente confrontacionista que adoptaron en las décadas de 1930 y 1940 algunos sectores de la clase política argentina hacia los intentos panamericanistas norteamericanos.
   
Por otra parte, uno de los más serios puntos de divergencia en la agenda comercial entre la Argentina y Estados Unidos fue la aplicación de la sección 306 parágrafo (a) de la Tarifa Hawley-Smoot del 18 de junio de 1930, que prohibía la importación de carne refrigerada de cualquier país que tuviese brotes de aftosa, tal como era el caso de Argentina. Esta disposición reemplazó la Orden 298 del Bureau of Animal Industry (BAI) del Departamento de Agricultura del 17 de septiembre de 1926, que prohibía la importación de carne refrigerada proveniente de cualquier región que tuviese aftosa.
   
Las autoridades argentinas insistieron en que la nueva restricción, al abarcar países y no regiones, discriminaba injustamente contra sus carnes refrigeradas, sobre todo en perjuicio de las provenientes de la Patagonia, región que, a diferencia de la pampeana, no tenía ganado infectado con aftosa. Así, mientras el Departamento de Agricultura norteamericano (por decisión sobre todo de su Bureau of Animal Industry) interpretó región como un concepto que incluía al país entero, las autoridades argentinas y el Departamento de Estado norteamericano favorecieron la interpretación de región como concepto diferenciado de país, con lo cual exoneraban del alcance de la Sección 306 a la región patagónica. (18)  
    El primer intento del gobierno argentino por revocar los negativos efectos de la sección 306 de la Tarifa Hawley-Smoot de 1930 fue protagonizado por el embajador argentino en Londres Manuel Malbrán, quien envió un memorándum al secretario de Estado norteamericano Henry Stimson en junio de 1931. El memorándum sostenía que la palabra país en esta sección debía ser interpretada en un sentido geográfico, más que político, en relación a la región del sur argentino conocida con el nombre de Patagonia, por lo cual solicitaba al gobierno norteamericano que volviese a aplicar el concepto de región que tenía la Orden 298 del Bureau of Animal Industry de septiembre de 1926. Esta última interpretación capacitaba a los ganaderos argentinos a exportar carne ovina congelada proveniente de la región patagónica a Estados Unidos. (19)  
    Pero las autoridades argentinas complicaron la controversia sobre la carne al utilizar el término Patagonia en forma muy poco clara. La mayoría de la gente, incluyendo a las autoridades argentinas y norteamericanas, usualmente utilizaban el término para referirse sólo a los territorios de Tierra del Fuego, Santa Cruz y algunas veces Chubut, pero no a la región entera, que se extiende al sur del Río Colorado hasta Tierra del Fuego. El uso preciso del término Patagonia fue un factor relevante en la controversia, ya que mientras el sur de la región patagónica -es decir, Tierra del Fuego y Santa Cruz- estaba aislado de la región pampeana y, por ende, de la posibilidad de contagio de la aftosa, la parte norte de dicha región -Neuquén y Río Negro-, limítrofe con la región pampeana, tenía brotes de aftosa admitidos por las propias autoridades argentinas.
   
Así, aunque el memorándum del 18 de junio de 1931 enviado por el embajador Malbrán al secretario de Estado norteamericano Henry Stimson mencionaba el término Patagonia, en realidad se estaba refiriendo sólo a los territorios de Santa Cruz y Tierra del Fuego, como lugares de procesamiento de carne ovina congelada libres de aftosa. El memo concluía con el ofrecimiento de la firma de un certificado sanitario suplementario por parte de las autoridades argentinas que, acompañando las exportaciones de carne ovina provenientes de Tierra del Fuego y Santa Cruz, pudiera atestiguar las excelentes condiciones sanitarias de ésta. Este certificado sanitario sería del mismo tipo que el acordado por las autoridades argentinas y norteamericanas en 1927 pero que no había sido utilizado. (20) 
   
Es importante tener en cuenta que, entre 1931 y 1933, los territorios de Santa Cruz y Tierra del Fuego aportaron cerca de 20% del total de las exportaciones de ovinos, principalmente destinados al mercado británico. Los porcentajes fueron de 14,3% en 1931; 21,3% en 1932 y 18,9% en 1933. Debido a la limitada capacidad de producción en Santa Cruz y Tierra del Fuego (así como del resto de la región patagónica), la Argentina no pudo desarrollar un mercado beneficioso para sus ovinos en Estados Unidos. Aunque las autoridades argentinas procuraron de las estadounidenses la aprobación para exportar sólo carne ovina congelada, de todos modos la pequeña industria ganadera de Santa Cruz y Tierra del Fuego restringía las posibilidades exportadoras. 
   
Si bien el consejero legal del Departamento de Estado norteamericano Flournoy rechazó el pedido argentino, sostuvo que el Departamento de Agricultura de Estados Unidos o el fiscal general elaborarían una resolución final respecto de la definición del término "país". El embajador argentino en Washington, Felipe Espil, no se dio por vencido y envió al Departamento de Agricultura norteamericano un informe donde los funcionarios sanitarios argentinos atestiguaban que Santa Cruz y Tierra del Fuego estaban libres de aftas. (21)
 
    El pedido argentino contó con el respaldo del secretario de Estado norteamericano Henry Stimson, quien en una carta de octubre de 1931 dirigida al secretario de Agricultura Hyde sostuvo que el término "país" no necesariamente se refería a la extensión íntegra de un "Estado" en el sentido político y que el pedido del embajador argentino debía recibir una consideración favorable. (22)
   
No obstante, el reclamo de Espil chocó con la oposición del Departamento de Agricultura. Hyde sostuvo que la Sección 306 (a) prohibía en forma absoluta la importación de carnes enfriadas y congeladas de cualquier parte de un país que estuviese infectado por aftosa. Sostuvo también que la palabra "país" no permitía una interpretación geográfica. El secretario de Agricultura señaló, además, que por más eficiente que fuera la regulación sanitaria efectuada por las autoridades argentinas, la aftosa podría escapar a la inspección. La razón más importante del rechazo de los miembros del Bureau of Animal Industry del Departamento de Agricultura norteamericano a la propuesta argentina fue su temor a que otros países imitaran el ejemplo argentino y procuraran excepciones a la aplicación de la polémica sección 306. La opción de acceder al pedido argentino hubiera embarcado a los funcionarios del Bureau en la complicada tarea de detectar la aftosa en las carnes importadas; en este sentido, la exclusión total hacía más fácil y efectivo el esfuerzo de regulación sanitaria. (23)
   
La prensa argentina dio su opinión acerca de la actitud norteamericana. La Prensa atacó en forma continua la prohibición de las carnes argentinas, cuestionando las premisas científicas en las cuales estaba basada y asegurando que esta medida estaba motivada más en razones económicas que sanitarias. Por otro lado, La Nación reconoció que las autoridades sanitarias norteamericanas consideraban  la aftosa como un serio problema y remarcó que en oportunidades anteriores los brotes de la enfermedad en Estados Unidos habían sido resueltos a través de la matanza de todos los animales sospechosos de tener el virus. (24)  
    Consciente de las críticas al embargo norteamericano, la embajada de Estados Unidos en la Argentina solicitó a las autoridades norteamericanas un informe explicativo acerca de las razones científicas del embargo sobre las carnes refrigeradas argentinas. Sin embargo, no existe evidencia de que las autoridades de la Casa Blanca hayan respondido a este pedido del embajador norteamericano. Este factor, sumado a la presión ejercida en contra de la posición norteamericana por parte de medios locales como el influyente La Prensa, contribuyó a convencer a los argentinos de que la posición norteamericana no era científicamente válida. (25) 
   
Por otro lado, la posición del Bureau of Animal Industry respecto de que el término "país" de la Sección 306 fuese estrictamente interpretado no pudo sostenerse en ocasión de la IV Conferencia Comercial Panamericana celebrada en Washington en octubre de 1931. En dicha conferencia, la delegación argentina presentó un memorándum preparado por la Cámara de Comercio de Buenos Aires cuyo contenido responsabilizaba a las “altas barreras aduaneras” norteamericanas del estancamiento del comercio internacional, y sostenía que Estados Unidos estaba empezando a sentir los efectos de la depresión económica mundial provocada por estas barreras. La propuesta de la delegación argentina, respaldada por las delegaciones de Brasil, Chile y Uruguay, sostenía que la prohibición sanitaria debía caer sólo sobre las carnes procedentes de las regiones afectadas por la aftosa y no englobar al conjunto del país. Esta propuesta fue finalmente aceptada al aprobarse una resolución que exigía una interpretación “regional” en la aplicación de las restricciones sanitarias. (26)
   
En noviembre de 1931, el embajador Espil insistió con un nuevo memorándum a las autoridades norteamericanas en que las carnes ovinas congeladas provenientes de Santa Cruz y Tierra del Fuego debían ser admitidas por Estados Unidos pues estaban libres de aftosa, remitiendo como prueba de su aserto un informe de las autoridades sanitarias argentinas. Aseguraba además que las medidas sanitarias adoptadas prevenían la exportación de aftosa y citaba los testimonios parlamentarios durante las sesiones en que se había debatido la Ley de Tarifas de 1930 para probar que el embargo no estaba basado en razones científicas sino económicas. También argumentaba que las cláusulas del Tratado Sanitario firmado entre Estados Unidos y México en 1928 y ratificado en 1930 reconocían el concepto de "zonas" infectadas, e1 que podía ser aplicado al caso de la Argentina. Finalmente, sugería la opción de que las autoridades sanitarias norteamericanas visitaran Santa Cruz y Tierra del Fuego con el fin de comprobar que la mencionada región patagónica estaba libre de aftosa. 
   
Los funcionarios del Bureau of Animal Industry del Departamento de Agricultura y del Departamento de Estado norteamericanos discutieron las propuestas del memorándum argentino, y aunque exploraron posibles alternativas, no arribaron a un acuerdo. Mientras el Departamento de Estado sugirió que el Bureau of Animal Industry enviara un funcionario para inspeccionar las estancias de ovejas y frigoríficos en Santa Cruz y Tierra del Fuego y así comprobar la existencia o no de aftosa, el Departamento de Agricultura prefirió posponer una respuesta. (27)  
    Procurando obtener la aprobación del doctor Mohler, experto del Bureau of Animal Industry, respecto de los métodos sanitarios utilizados para combatir la aftosa, el gobierno argentino lo invitó a una conferencia sobre refrigeración que tuvo lugar en agosto de 1932 en Buenos Aires. Las autoridades argentinas planeaban ofrecer a Mohler una recorrida por las estancias y frigoríficos, incluyendo los de Santa Cruz y Tierra del Fuego. No obstante Mohler rechazó la invitación, pues no consideraba que su visita pudiera resolver la controversia acerca de la prohibición norteamericana. Por el contrario, sostuvo que la misma pondría mayor énfasis a dicha controversia, lo cual sólo lograría empeorar las relaciones entre la Argentina y Estados Unidos. (28) De este modo, fracasaron los primeros esfuerzos provenientes tanto de las autoridades del gobierno argentino como del Departamento de Estado por persuadir al Bureau of Animal Industry del Departamento de Agricultura para admitir la carne de la región patagónica.  
    A pesar de este inconveniente, la llegada del demócrata Franklin Delano Roosevelt a la presidencia de Estados Unidos en 1933 hizo renacer las esperanzas de las autoridades de Buenos Aires de cerrar un tratado comercial con Washington. El embajador argentino en la capital norteamericana, Felipe A. Espil, reabrió la cuestión de la carne en una nota enviada al Departamento de Estado el 22 de junio de dicho año. En esta ocasión, el Departamento de Estado, el secretario de Agricultura Henry Wallace y su secretario asistente Tugwell apoyaron la admisión de la carne patagónica, pero chocaron con la firme oposición del Bureau of Animal Industry y del asesor legal del Departamento de Agricultura, con cuya interpretación coincidió además el fiscal general. (29) 
   
De esta manera, los intentos argentinos por cambiar la sección 306 (a) de la Tarifa Smoot-Hawley fracasaron. También la posibilidad de cerrar un tratado comercial con Estados Unidos. Ambos factores, sumados al error de las autoridades norteamericanas de no explicar y publicitar claramente que la aftosa era una enfermedad de rápida propagación y cuyo período de incubación escapaba a los controles sanitarios, contribuyeron a aumentar el resentimiento del gobierno y los medios de prensa argentinos hacia Estados Unidos y, sobre todo, ayudó a que desde la Argentina se percibiera erróneamente el embargo como una medida primordialmente discriminatoria en términos comerciales. (30)
   
La cuestión de la Patagonia como un área libre de aftosa puso al Bureau of Animal Industry en un dilema. Si bien las autoridades de éste admitieron que la carne ovina refrigerada proveniente de los territorios de Santa Cruz y Tierra del Fuego estaba libre de la enfermedad y su producción podía ser exportada sin que el ganado norteamericano corriese peligro de contagio, pesó el temor de la posibilidad  remota de que la aftosa ingresara por error. Además, las posibilidades de introducir aftosa en la Patagonia aumentarían si los estancieros, con el fin de cubrir una demanda en aumento, reforzaban sus planteles con ganado proveniente del área pampeana -área que sí estaba infectada por aftosa- sin tomar las suficientes medidas de precaución. (31)
   
Por su parte, el Departamento de Estado norteamericano era partidario de aceptar la propuesta argentina de importar carne ovina proveniente de Tierra del Fuego y Santa Cruz. Esta concesión, de haberse concretado, habría tenido la ventaja de aliviar la carga de las quejas de los gobiernos argentinos acerca de la motivación económica de la prohibición norteamericana y, a la vez, habría reforzado los argumentos sanitarios de la prohibición y posibilitado mantener las restricciones contra aquellas regiones del mundo que tenían el virus. (32)
    Pero los  farmers ejercieron una poderosa presión a través del Bureau of Animal Industry, con el fin de bloquear esta estrategia aperturista del Presidente y del Departamento de Estado. Mientras tanto, los funcionarios del Departamento de Estado encararon la difícil tarea de tratar de mantener relaciones amistosas con la Argentina en un momento en que ambas naciones, con economías competitivas, adoptaron políticas económicas conflictivas para enfrentar los efectos de la Gran Depresión y la crisis de 1929.
   
Las dificultades económicas que enfrentaron los farmers durante las críticas décadas de 1920 y 1930, sumadas a su fuerza política y sus apoyos en el Congreso y el Departamento de Agricultura, frustraron los esfuerzos de la administración Roosevelt de extender su Política del Buen Vecino a la Argentina. Abortaron también las expectativas de los gobiernos de Justo y Ortiz de cerrar un tratado comercial con Washington que permitiese acallar la oposición interna a Estados Unidos y las simpatías internas por el Eje a partir del estallido de la Segunda Guerra. Hasta fines de 1939 no se pudo negociar un tratado comercial con Estados Unidos debido a la oposición de los farmers y sus apoyos políticos. En enero de 1940 fracasó un intento de negociación, que se renovó en 1941.
   
Finalmente, los gobiernos de la Argentina y Estados Unidos cerraron un tratado comercial en octubre del último año. Pero como el problema sanitario siguió sin resolverse, el tratado comercial resultó un logro demasiado pobre para el grupo aliadófilo que circundaba al presidente Roberto Ortiz, cercado internamente y finalmente jaqueado por los sectores neutralistas.
   
El fracaso de los gobiernos de Uriburu, Justo y Ortiz en cerrar un tratado comercial con Estados Unidos y resolver el problema sanitario en torno de la carne fue un factor que, sumado al descontento interno por el Pacto Roca-Runciman con Inglaterra y al crecimiento de la industria argentina durante los años de la Depresión económica, aceleró la búsqueda de un modelo de economía cerrada y estatista, libre de la interferencia del capital extranjero. Esta tendencia se plasmó en la década de 1940 con el primer gobierno peronista. 

  1. Unión Panamericana, Argentina, Foreign Trade Series, Nº 87, 1931, p. 1, cit. por Harold F. Peterson, La Argentina y los Estados Unidos, Volumen II, 1914-1960, Buenos Aires, Hyspamérica, 1985, p. 73. 

  2. República Argentina, Dirección General de Estadística de la Nación, Anuarios del Comercio Exterior, años 1927 a 1939, citados por Vicente Vázquez Presedo, Estadísticas históricas argentinas II (comparadas), segunda parte 1914-1939, Buenos Aires, Macchi, 1976, pp. 224-225.

  3. Según el Anuario del Comercio Exterior, que presenta los valores de exportaciones e importaciones argentinas hacia y desde Estados Unidos en pesos moneda nacional, en 1932 el valor de las exportaciones argentinas con destino al mercado norteamericano fue de 43.859.000 pesos moneda nacional, el de las importaciones más que duplicó el de las exportaciones, arrojando una cifra de 112.656.000 pesos moneda nacional. En 1934, el valor de las exportaciones argentinas, de 78.838.000 pesos moneda nacional, fue superado por el de las importaciones, de 145.812.000 pesos moneda nacional. Y en 1938 el valor de las exportaciones argentinas hacia Estados Unidos fue de 118.553.000 pesos moneda nacional, mientras que el de las importaciones de origen norteamericano fue de 254.685.000 pesos moneda nacional. Dado el mayor peso de las importaciones sobre las exportaciones, la balanza comercial fue permanentemente deficitaria, salvo en los años 1935 a 1937. Ver al respecto República Argentina, Dirección General de Estadística de la Nación, Anuarios del Comercio Exterior correspondientes a los años 1940 y 1942, que presentan cuadros retrospectivos del comercio exterior argentino entre 1910 y 1940 y entre 1910 y 1942, Buenos Aires, 1941 y 1943. Por su parte, Harold Peterson, que maneja valores en miles de dólares, señala la misma tendencia del comercio exterior: balanzas comerciales deficitarias para la Argentina a lo largo de la década del 30 hasta 1941, con las excepciones de los años 1935 a 1937. H. Peterson, II, op. cit., pp. 74 y 83; Raúl García Heras, “Argentina, Gran Bretaña y Estados Unidos, 1928-1930”, Fundación para el estudio de los problemas argentinos, Buenos Aires, 1978, p. 17, quien cita a Peterson.

  4. Virgil Salera, Exchange Control and the Argentine Market, Nueva York, 1941, pp. 240-241, cit. por H. Peterson, II, op. cit., pp. 74-75. Consultar también R. García Heras, op. cit., p. 17, quien cita a Peterson; y  Donald Boyd Easum, The British-Argentine-United States Triangle: A Case Study in International Relations, Ph.D. dissertation, Princeton University, 1953, p. 80. 

  5. En 1926, el Bureau of Animal Industry (BAI) o División de la Industria Animal del Departamento de Agricultura norteamericano adoptó una serie de medidas restrictivas sobre cuestiones sanitarias que afectaron los intereses comerciales argentinos y fueron percibidas desde Buenos Aires como medidas abiertamente discriminatorias. Estas medidas fueron, en abril de 1926, la exigencia del Departamento de Agricultura, impulsada por el American Farm Bureau Federation, respecto de la coloración de toda la semilla importada de alfalfa y trébol morado; en mayo del mismo año, la prohibición, por parte del Bureau of Plant Quarantine, de las importaciones de uva argentina a raíz del descubrimiento de un envío de uva blanca afectado por la “mosca mediterránea”; y en septiembre, la prohibición de importar carne fresca o congelada de regiones afectadas por la aftosa , medida esta última que afectó a la Argentina. Ver respecto de estas medidas Dana Royden Sweet, A History of United States- Argentine Commercial Relations, 1918-1933: A Study of Competitive Farm Economies, Ph.D. dissertation, Syracuse University, 1972, pp. 88-94; y H. Peterson, II, op. cit., p. 67.

  6. H. Peterson, II, op. cit., p. 75; R. García Heras, op. cit., p. 17.

  7. D. R. Sweet, op. cit., p. 90.

  8. D.B. Easum, op. cit., p. 162. 

  9. Ver República Argentina, Dirección General de Estadística de la Nación, Anuarios del Comercio Exterior de la República Argentina, correspondientes a los años 1930 a 1932, Buenos Aires, 1930 a 1933.

  10. D.R. Sweet, op. cit., p. 259.

  11. J. C. White, encargado de negocios interino en la Argentina, al Secretario de Estado, 26 de junio, y Messermith al Secretario de Estado, 3 de julio de 1930, National Archives (NA), Department of State (DS), 611.003/2224, 2286, cit. por H. Peterson, op. cit., II, p. 75.

  12. A. M. Warren, cónsul en Buenos Aires, al Secretario de Estado, 5 de marzo de 1931, RSC, Department of State, 635.113 / 17, cit. en ibid., II, p. 76.

  13. D.R. Sweet, op. cit., p. 193 y 195. 

  14. Ibid., pp. 259-260.

  15. Ibid., pp. 262-263.

  16. Arturo A. O'Connell, "La fiebre aftosa, el embargo sanitario norteamericano contra las importaciones de carne y el triángulo Argentina-Gran Bretaña-Estados Unidos en el período entre las dos guerras mundiales", Desarrollo Económico, volumen 26, Nº 101, Buenos Aires, abril-junio 1986, p. 26. 

  17. Ibid., p. 49 y D.R. Sweet, op. cit., p. 263.

  18. D.R. Sweet, op. cit., pp. 216 y 217.

  19. Memorándum del embajador argentino Manuel Malbrán al secretario de Estado norteamericano Henry Stimson, 18 de junio de 1931, en Record Group 59, Department of State, File Nº 3556/78, citado en ibid., pp. 231-232. 

  20. Ibid., pp. 232-235.

  21. Record Group 16, United States Department of Agriculture, file "Meat-Meat Imports" letter, Secretary of Agriculture (Hyde) to Secretary of State (Stimson), November 7, 1931, cit. en ibid., pp. 235-236. 

  22. Record Group 59, Department of State, file Nº 611.3556/84, Letter, Secretary of State (Stimson) to Secretary of Agriculture (Hyde), October 8, 1931, cit. en ibid., pp. 236-237. 

  23. Record Group 17, Bureau of Animal Industry, file Nº 528.5 - Argentina, memorandum, Dr. Mohler, Chief of BAI to Secretary of Agriculture Hyde, October 15, 1931, cit. en ibid., pp. 238-239.

  24. La Prensa, 6 de octubre, 15 y 16 de noviembre de 1931; La Nación, 11 de octubre de 1931, fuentes citadas en ibid., pp. 239-240.

  25. Record Group 59, Department of State, file Nº 611.3556/86, Chargé White to Secretary of State, Despatch 1385, October 14, 1931, cit. en ibid., p. 240. 

  26. La Nación, 6 de octubre de 1931, p.1; editorial “Las carnes argentinas en los Estados Unidos”, La Nación, 11 de octubre de 1931, p. 6; La Nación, 14 de octubre de 1941, p. 2; también La Prensa, 6 de octubre de 1931, y New York Times, October 6, 1931, p. 4, citados por D.R. Sweet, op. cit., p. 240.

  27. Editorial “Las carnes argentinas en los Estados Unidos”, La Nación, 14 de noviembre de 1931, p. 6; Record Group 59, Department of State, file Nº 611.3556/91, copy of “Note to the Department of State (from the Argentine Embassy)”, November 11, 1931; Record Group 59, Department of State, file Nº 611.3556/98, memorandum of conference among Dr. Mohler and Dr. Pope (Bureau of Animal Industry), Mr. Sherman (from the Solicitor’s Office in the United States Department of Agriculture), Edwin Wilson, Orme Wilson and Mr. Flournoy of the State Department, December 16, 1931, los dos últimos citados por D.R. Sweet, op. cit., pp. 240-242.

  28. Record Group 16, United States Department of Agriculture, file "Meat-Meat Inspection", personal memorandum from Dr. Mohler to Secretary of Agriculture (Hyde), January 28, 1932; Record Group 166, Office of Foreign Agriculture Relations, file "Argentina-Inter-American Agreements", Special Report Nº 32 by Charles Luedtke, Assistant Agricultural Commissioner, Buenos Aires, September 28, 1931; Record Group 59, Department of  State, file Nº 611.3556/98, December 16, 1931, fuentes citadas en ibid., pp. 243-244.

  29. Ibid., pp. 248-251.

  30. Ibid., pp. 252-253.

  31. Ibid., p. 266.

  32. Ibid., pp. 266-267.

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